18 de marzo de 2013

LAS NIÑAS DEL ESPARTO


(Artículo publicado en el diario SUR el 14 de marzo de 2013)
Aunque en Marbella a principio de los años cincuenta la mayoría de su gente vivía con pasmosa tranquilidad el paso del tiempo, con sus veranos de playa y algún que otro veraneante aislado, sus inviernos de mesa de camilla y cocina de carbón, junto a la extravagante presencia de un solitario que decía ser marqués y se llamaba Don Ricardo.  Aunque nadie (y menos mujer alguna) imaginara futuro diferente al de trabajar en el campo o el mar o instalar un pequeño ultramarino. A pesar de que la mujer solo trabajase limpiando minuciosamente su hogar, y unas cuantas, por escasas pesetas el de otros, todos aceptaban esa vida como la única posible y quizás en la modorra repetida de otros pueblos veíamos el reflejo de lo que no era más que la dura época de postguerra.
La resignación instalada como norma general la rompió de golpe un hombre voluminoso, controvertido, visionario pero eficaz que además de todo lo anterior, era cura. Su nombre ha quedado unido a cuanto vino después y a la expectación que comenzando por el gobierno franquista supuso el nombre de Marbella desde entonces: Don Rodrigo, de apellido Bocanegra, recién destinado a este lugar, tuvo claro que no habría feligreses, ni Misas, Comuniones y demás ritos, mientras la escasez fuese casi paralela con el hambre.
Y pensó, extrañamente para aquellos tiempos, en la mujer. Su enigmática personalidad, a medias entre la simpatía y la altivez, le condujo a una amistad con los grandes del momento, entre ellos el General González-Badía y el ministro José Antonio Girón. El primero era jefe de la casa militar del caudillo y el segundo ministro de trabajo. La donación de Girón de 500.000 pesetas decidió utilizarla como primer objetivo en crear una pequeña fábrica de esparto. Recordó la existente en Guadix, y hasta allí se fue para ponerse al corriente de ese trabajo. Después de peripecias múltiples y un estudio de rentabilidad laboral, surgió lo que sería llamado Patronato Social  Ntra. Sra. del Carmen. Instalado el material y talleres en la desmontada Iglesia del Santo Cristo, creó más tarde un local frente a la Iglesia parroquial, cercano a la calle del Viento.
Hasta aquí la brevísima historia de lo que llamaríamos familiarmente “El Esparto” y en ella ocupan un lugar prominente las mujeres (muy jóvenes en su mayoría) que encontraron  en él un trabajo, solución a sus problemas económicos y alegría de sentirse de golpe en igualdad salarial a los varones, junto a la libertad y el gozo de realizar algo distinto y nuevo que muy pronto alcanzaría fama en todo el país.
Esas mujeres, igual que quien escribe, hoy peinan las canas suficientes para recordar con todo detalle como el esparto ( que venía de Alcantarilla, en Murcia) al trabajarlo se iba transformando entre sus dedos en objetos tan variados como alfombras, canastos, burritos de adorno, bolsos, salacots…que después se venderían como rosquillas en el kiosco que el mismo Don Rodrigo levantó al borde de la carretera, frente al muy solicitado Hotel Salduba. 
Las “Niñas del Esparto” se hicieron famosas en el resto de España aunque quizás ellas fuesen ajenas a lo mucho que eran celebradas. Los rostros familiares de muchas con las que compartí colegio en Dª Carola y las monjas, permanecen en mi mente como el de unas mujeres decididas, valientes, que aprendieron un oficio desconocido y fueron las primeras en nuestro pueblo en trabajar con un salario digno. Me gustaría recordar junto a ellas a catequistas como Anita Lima, Antoñita Montero, Maruja Espada, Antoñita Morilla, Antonia Cantos y muchas que no caben por falta de espacio. Y de golpe, veo como si de ayer se tratase a Sor Ana María, la monja regordeta, de pómulos sonrosados y franca sonrisa que el cura llamó desde el colegio de arriba para acompañarlas en trabajos, rezo de rosarios y canciones.
A todas ellas mi más entrañable felicitación por el homenaje que en el Día de la Mujer Trabajadora, el Municipio les ha concedido. Uno de los más acertados, porque ellas son testimonio vivo de una Marbella que empezaba su andadura peculiar y hoy es para nosotros muy, muy añorada.

Ana María Mata
Historiadora y novelista

1 comentario:

garbiñe dijo...

Un ejemplo mas de que ninguna obra es pequeña.