28 de junio de 2015

DEMOCRACIA DE PACOTILLA



A mis improbables o bien  generosos lectores les tendrá sin cuidado esta pequeña confesión, pero a pesar de ello decido hacerla por aquello que suelen decir: hablar de algo significa expulsarlo fuera de uno mismo, y por lo tanto, liberarse, si daña o molesta.
He llegado a una conclusión en estos últimos días de revuelo político nacional y local. Parece que para los españoles la Democracia significaba únicamente derrotar a Franco. Con tal de que el dictador desapareciese, lo que habría de venir daba igual, y en consecuencia después, cada uno a sus labores, sin reflexionar demasiado, como es nuestra costumbre. Y partidos, ideología, sistemas…etc, formarían una especie de adorno o cobertura que debía funcionar siempre que los nuestros (y aquí  cada cual ponía nombres, pero para ambos eran “los nuestros”) tuviesen poder y mando.
 Cuando esta democracia a la que, perdonen, me atrevo a llamar de pacotilla dado el panorama actual, presenta fallos estructurales, llámese corrupción asociada a crisis, falta de empleo, pérdida del bienestar y otras minucias, y asoma la patita el lobo en forma de protestas y nuevas opciones, la cosa cambia y sale a relucir el cainísmo habitual, la grosería y ausencia de respeto. Los que se dicen “demócratas” se convierten en adversarios y el país en una carpa de boxeo. 
Nos falta elegancia para aceptar derrotas y generosidad constructiva, incluso humildad, para asumir victorias no conseguidas por grandes logros. Nos falta capacidad de comprender que no siempre “los nuestros” van a gobernar, que incluso la antigua alternancia puede verse complicada por nuevas opciones dentro de los límites constitucionales. Y dentro de todo eso, que legalmente existen los llamado “pactos” que pueden dar giros inesperados en el mapa de las elecciones.
La auténtica Democracia sería aquella en la que quienes se van no lo hagan ofendidos y con ganas de revancha, sino ayudando a los que llegan en el difícil maremágnum burocrático, explicando proyectos con posibilidades de realización, mostrando trasparencia en las finanzas dejadas y en definitiva, pensando más en el colectivo –pueblo o ciudad– que en los sillones que abandonan.
En cuanto a los que llegan, ídem de ídem. Deberían ser conscientes de que no han ganado batalla alguna, por lo tanto no son émulos del Cid, y que el concepto que tengamos de ellos dependerá de cómo sea su actuación y no de sus dotes personales.
Solo si lo hicieran de ese modo adquirirían ante los ciudadanos respeto y confianza. Aceptaríamos como verdad de quienes se van o llegan que el interés que muestran en ganar las elecciones no está conformado por apetencia de poder, de egolatría o lo que es peor, de codicia. Que cada uno de los elegidos pretende mejorar en lo que pueda y desde su ámbito, el pueblo o ciudad que lo votó.
Mi escepticismo es brutal, lo sé, he perdido por completo la fe en los políticos; pero aún siendo consciente de ello, no tengo hoy esperanza de estar equivocada. Me basta con mirar en el entorno en que vivo, palpar el ambiente y sacar conclusiones. Puedo decir lo mismo si lo traspaso a un nivel nacional.
Veinticuatro horas después de la elección de alcaldes y presidentes autonómicos los recién llegados y los que se “exilian” han entrado en críticas feroces en sus correspondientes orillas. Ninguna opción a los nuevos de demostrar si sus deseos de cambio son eficaces o no. Ningún reconocimiento a quienes estuvieron años intentando sacar a flote una ciudad denostada y llena de deudas.
A eso le llamo falta total de elegancia política, y si me aprietan, humana. Falta de memoria histórica, también porque parece increíble que gustemos todavía de etiquetas que debían resultar anacrónicas: rojos y nacionales. Derechas e izquierdas. Buenos y malos.
A unos y otros me atrevo a decirles que encender aunque sean pequeñas mechas de antagonismos totales acaba por lo común en incendio general. A los voceros de fechas y gestos dramáticos haría falta ponerles un bozal con llave incluida.
Seremos –o creemos ser– más graciosos que ingleses y alemanes. Más alegres, quizás, más espontáneos. Pero en Democracia tenemos mucho que aprender de ellos. Para que algún día la nuestra no sea como parece ser hoy, de pacotilla.
                                                                                                
Ana María Mata 
Historiadora y novelista

3 comentarios:

Jose Maria dijo...

Interesante reflexión en un momento clave de la historia de este país. Y si sirve de algo aportaré un punto de vista que sostengo desde hace poco, desde que mi mujer (británica, con la ventaja que da ver nuestro país en perspectiva) me convenció de que unos de los principales problemas de España es la inmadurez democrática de sus habitantes. En Europa van ya muchas décadas (y siglos) de democracia y en España estamos empezando, pero hay una señal alarmante en tanto enfrentamiento, esto no ocurre en otros países de Europa, ni siquiera en Portugal (por poner un ejemplo equiparable). Parece que aquí los 40 años de transición no han servido para madurar, para respetar las opiniones contrarias. Y eso es peligroso.
Para terminar diré que hace poco en una breve reunión con el hispanista y experto en Lorca Ian Gibson (otro extranjero, irlandés, con la ventaja de ver las cosas desde fuera), dijo claramente que la democracia española no saldría del hoyo en el que se encuentra, no maduraría, hasta que la derecha de este país no condenara los crímenes del franquismo, la dictadura, y asumiera plenamente (como las derechas europeas) las reglas de juego del sistema democrático.
Estoy de acuerdo con Gibson, y para entender esta opinión claramente solo hace falta ver como ha reaccionado la ex alcaldesa de Marbella a la pérdida del poder: me lo han robado, sin mí Marbella se hunde y esperaré cuatro años para recuperar lo que me pertenece.
Esto no ocurre en otros países de nuestro entorno, tenemos un problema, y grave, a mi me crea desesperanza, no sé qué país estamos creando, en que país van a vivir mis hijas.

ENRIQUE SANCHEZ GONZALEZ dijo...

Lo cierto es que es muy simple, unos se van y otros vienen, pero los que vienen no tienen que decir que los que se van son neogilistas ni los que vienen no aceptar que los que se van les expliquen los temas pendientes.

Es lastimoso que ninguno de los que ha venido haya aceptado de los que se van explicaciones sobre cómo quedan los temas pendientes.

Que el que viene tenga que empezar de cero sin un traspaso ordenado es ridículo.

Estamos siempre en las dos Españas.

29/6/15

Enrique Sánchez

ENRIQUE SANCHEZ GONZALEZ dijo...

Lo cierto es que es muy simple, unos se van y otros vienen, pero los que vienen no tienen que decir que los que se van son neogilistas ni los que vienen no aceptar que los que se van les expliquen los temas pendientes.

Es lastimoso que ninguno de los que ha venido haya aceptado de los que se van explicaciones sobre cómo quedan los temas pendientes.

Que el que viene tenga que empezar de cero sin un traspaso ordenado es ridículo.

Estamos siempre en las dos Españas.

29/6/15

Enrique Sánchez