9 de junio de 2016

LOS CARAMELOS DE JEAN COCTEAU



Ha llegado la hora de oponer a un pasado reciente y ominoso, otro anterior cuya historia no debemos olvidar quienes tuvimos la suerte de vivirlo y hasta de participar aunque fuese en papeles totalmente secundarios.
La reivindicación de la Marbella anterior a los 90, además de muestra de gratitud hacia los interesantes personajes que nos eligieron, ha de servirnos para recuperar la dignidad que unos años sombríos estuvo a punto de hacernos perder.
 Jean Cocteau es el primero de los rescatados y objeto de estudio dentro de las actividades que la Universidad de la Unesco en Málaga propone realizar con el proyecto “Marbella capital Cocteau”, en homenaje recordatorio al genial escritor, poeta, dramaturgo, cineasta y pintor que allá en los años 60 nos conoció y acabó definiéndonos como Paraíso Terrenal.
Ana de Pombo y Pepe Carleton fueron sus anfitriones. Los tres se conocieron en París, en la época de la Bohemia ilustrada francesa, cuando Ana trabajaba junto a Coco Chanel y Cocteau era el niño mimado de la intelectualidad, autor de “Les Enfants Terribles”, de “Edipo Rey”, ”Orfeo” y muchas otras, entre ellas una biografía de Picasso, su gran  amigo. El actor Jean Marais fue su pareja hasta el final, dentro de una compleja situación sentimental en tiempos en los que la homosexualidad era tema tabú. Lo nombró su principal heredero.
Tal vez debido a ese tema  en España no era lo suficientemente conocido fuera de los ambientes intelectuales, y su llegada a Marbella el mismo año en que el Presidente francés le había concedido el título de “Príncipe de las letras” pasó desapercibido y le otorgó a él la libertad de moverse como un nuevo turista.
Nuestro país andaba aún bajo la opaca neblina cultural de un franquismo alargado en exceso. Me atrevo a decir que aparte de sus amigos, ninguno de quienes vivíamos en Marbella sabíamos de él. Mi pequeña historia tiene que ver con ello. La de mi padre, único librero entonces, también.
Quiero relatarla como la viví. El conocimiento posterior solo ha añadido brillo a unas imágenes ya de por sí agradables. Las que pudo retener una adolescente inmersa en la vida de su pueblo.
Pepe Carleton era ya, en esos años, buen cliente de la librería. De los pocos que leía libros y los encargaba si no los teníamos. Amable, sonriente siempre, elegante y buen conversador, recuerdo sus historias de Tánger como una novela que él contaba por entregas. Se notaba que había vivido bastante a pesar de su juventud. Ana de Pombo, su amiga, fue la mujer que levantó más comentarios sobre su aspecto desde los tiempos de Dª Elvira. Ambas tenían algo en común. Su afrancesamiento, sus largas faldas negras, la pintura excesiva de sus rostros…su ligero aire altivo, y en el caso de Ana sus grandes sombreros. No era mujer como las españolas de entonces. Llamaba la atención, y algo se rumoreaba de su pasado en París. Había perdido un hijo, había sido bailarina y trabajaba con Coco Chanel.

Nos acostumbramos a verla caminar de su casa a  la Maroma, salón de té que abrió en la esquina de Enrique del Castillo con la carretera. De allí a la Iglesia, donde tenía reclinatorio con su nombre bordado.
Ana conquistó a Cocteau para su causa marbellí. Logró traerlo, en principio de visita, instalándolo en su casa, y más tarde él volvió voluntariamente.
Recuerdo la mañana en que Pepe Carleton nos dijo en la librería que esa tarde iba a traer a un hombre singular, muy importante en Francia, y gran artista. Quería ver los libros y comprar prensa. Mi padre, nervioso como era, nos alertó de la atención que deberíamos prestarle.
Hacía calor y el esperado visitante mostraba sus pálidas y delgadas piernas con un pantalón que después llamaríamos bermudas. Alpargatas de cáñamo, y una muy alegre y floreada camisa de fondo rosa. Imposible en un hombre pasar inadvertido con tal atuendo en la Marbella de 1959 o 60.
Sonriente, muy educado ante la presentación de Carleton, tomó más de seis periódicos de distintos idiomas y preguntó por libros franceses. No los había por entonces, solo guías turísticas. Aconsejó a mi padre que trajese la colección “Livre de pôche” y encargó varios títulos.
A partir de ese día Cocteau nos visitaba de vez en cuando y recuerdo su afición a García Lorca, Unamuno y Valle-Inclan.
Unos días más tarde mi padre dijo que como atención al “novelista francés” deberíamos llevarle la prensa diaria a La Maroma. Fui la encargada de hacerlo, aunque no solo él, sino la afluencia de personajes allí reunidos me coartaba bastante. Entre otros, estaban Edgar Neville, Mingote, Antonio el bailarín y Ana de Pombo. Cuando Cocteau se percató de mi presencia con el montón de periódicos finamente atados con cordel por mi progenitor, se acercó y acariciando mi barbilla puso en mis manos unos caramelos que tomó de una bonita caja. “Mercí beaucoup, mon cherí, vous êtes tres gentil”.
Volví un día tras otro, y siempre me recibía él, del que entonces solo conocía lo dicho por Carleton. Nunca pensé lo que significaba su importancia literaria, lo mucho que en el futuro el personaje iba a ser esencial en nuestra lista de visitantes veraniegos.
Cocteau fue unos de nuestros mejores clientes extranjeros. Quizá el de más variada tipología de géneros literarios: teatro, cine, pintura, arte en general. Muchos otros vinieron por él.
Aquel verano, antes de marcharse se acercó a despedirse. No esperábamos el detalle y me emocioné cuando besó mis mejillas y pronunció su “Au Revoir, cherí, vous êtes charmant”.
Guardo con nostalgia y afecto las cariñosas palabras de quien mucho más tarde supe su gran importancia artística. Ya destacaban entonces su mirada intensa, su elegante trato y hasta el glamour distinto que su persona rezumaba.
Bienvenido sea el proyecto “Marbella capital Cocteau”. Me sumo a la iniciativa y mando un beso platónico a la figura de aquel artista, el francés de mis caramelos, que nos dignificó con su presencia.

Ana María  Mata
Historiadora y novelista         

1 comentario:

AMUM dijo...

Que suerte haberle conocido,Ana. Qué suerte conocerte, para compartir aunque solo sea un poco, aquella convivencia. Gracias