14 de junio de 2017

FUERTE OLOR A PODRIDO

Se habla de ella generalmente para ensalzarla. Paradigma turístico, ensoñación vacacional y lugar deseado por quienes, sin conocerla, sueñan con ella como objeto de deseo. Emblemática entre sus colegas del litoral. Quizá por ello, también algo envidiada. Bello nombre. Excelente fachada anunciadora. Enigmática y a veces altanera…; imaginan ya a quien me refiero. Su nombre: Marbella. De profesión, su fama.
Nadie puede negarme que lo escrito arriba corresponda con más o menos exactitud a la ciudad nombrada, al lugar donde algunos hemos nacido y otros han decidido vivir. A un rincón del mundo que desde sus comienzos brilló con luz distinta, con algo diferenciador y relumbrante. Una constelación de personajes afamados, de títulos nobiliarios, de estrellas rutilantes se dieron cita en sus primeros años –llamados de glamour- para hacerla tan visionada como interesante.
No pudo la codicia de corruptos ni la estupidez de gerifaltes vergonzantes apagar la luz que proyectaba, aunque la oscurecieran momentáneamente. Tampoco la lejanía de mandatarios que decidieron abandonarla a su suerte sin invertir en ella. Ni la globalización social que hacía aumentar el turismo de gentío y de masas. Ha emergido una y otra vez, emisora de sí misma, ave fenix de todas las batallas.
Hoy me toca reflexionar sobre su destino. Acerca de una realidad que al parecer no hemos querido ver aún teniéndola delante de los ojos. A su contrafigura. A la otra cara de una moneda que sin duda está devaluando su momento actual. A un perfil que desearíamos no le perteneciera, pero por desgracia es tan suyo como el que nos muestra sus bondades. Porque ocurre que su interior alberga un fuerte olor a podrido. Tan fuerte que los sentidos expelen su contenido como la víbora su veneno. Fétido, vomitivo, mortal. No caben posturas de avestruz. Llamemos a las cosas por su nombre.
Puerto Banús, pudo ser nuestra insignia y contraseña en su momento. Le hemos dejado funcionar a su bola y se nos ha escapado de las manos. En las suyas enarbola cuchillos ardientes. Capitanea rincones concretos (calle del Infierno, es su nombre) donde drogas y navajas van unidas, prostitución y sexo, alcohol y cerebros enloquecidos, dinero y mafia en porcentajes superlativos.
Todo es posible en noches donde la visión se borra y el estupefaciente se adueña de jóvenes sin control. Crímenes por omisión e incluso por acción directa cuando los parámetros se pierden. Peleas entre personas a las que si se les arrimase una cerilla serían pasto del fuego, borrachos jóvenes y viejos sin más medida que la fuerza de sus puños enfermos.
Una ciudad amenazada por sus noches de terror. Por cuanto pueda suceder y sucede entre sus esquinas, detrás de barcos con grifos de oro y desconocidos pasaportes, a la sombra de los más caros modistos y de tiendas con Rolex de brillantes incrustados.
Calles en las que jóvenes inseguros creen hallar lo que no son capaces de buscar por si mismos. Donde la droga reina y se alimenta de neuronas equivocadas, de células que acabarán multiplicando su malignidad.
Un núcleo de locura que no queremos reconocer, pero que forma parte de lo más oscuro de nuestra ciudad, sin que nada parezca domeñarlo, ni nadie encontrar solución.
Escribo para que se sepa y soportemos cada cual la vergüenza de los actos que de allí procedan: autoridades, policías, jueces, padres…todos cuantos nos hemos sentido orgullosos de la ciudad y hemos puesto un vendaje en la mirada.
Un punto negro no debe enturbiar toda la belleza. Pero puede oscurecerla tanto que al final sea solo cieno o humo aquello de lo que queremos presumir.

                                                                                                    
Ana  María  Mata 
(Historiadora y Novelista)

6 de junio de 2017

EL BAÚL DE LA INOCENCIA

(Publicado en Diario SUR el 5 de junio de 2017)

Cada mañana la veo con su pequeño en brazos camino de la guardería El Pinar por una acera angosta y poco o nada adaptada para el carrito que empuja con la mano libre. Me cruzo con ellos cada mañana y, desde que observo su presencia al fondo de la calle, me generan un abanico de sentimientos positivos que me alegran el comienzo del día: Agrado de verlos aparecer a lo lejos un día más; afecto por la manera en que la madre interactúa con su pequeño, mostrándole lo que se van encontrando a su paso; admiración por la ternura con la que le habla y le abraza, y optimismo al ver que sigue habiendo personas que saben dónde está lo importante de la vida.
Todo ocurre en escasos segundos que son los que tardo en cruzarme con ellos pues yo lo hago desde mi coche (sí, he dicho en coche muy a mí pesar) mientras llevo a los míos –más mayorcitos– a sus respectivos colegios. Realmente no sé lo que le va contando a su hijo, es más, tampoco sé si es niño o niña, pero sí que me da tiempo a ver el brillo en sus ojos y la expresión de felicidad que me regalan cada mañana. Deberíamos ser capaces de retener esos pequeños momentos con los que convivimos cada día ya que dentro del mundo estresado en el que vivimos son como pequeños botes salvavidas repartidos por el océano tempestuoso en el que naufraga la sociedad.
Qué puede esperar esa madre para su hijo de un mundo donde la crueldad está a la vuelta de la esquina, donde se sigue deseando la muerte del que tiene tendencias religiosas diferentes, donde los atentados terroristas nos sacuden a diario, con gran repercusión mediática cuando es en Occidente pero con espeluznante asiduidad en los países de Oriente. Un mundo gobernado por mandatarios que todo lo ven desde el prisma del poder absoluto, donde priman los intereses propios basados fundamentalmente en el control económico y militar, demostrándose mutuamente su potencial armamentístico por si fuera necesario apretar el botón tras una amenaza por ellos mismos provocada (¿o negociada?). Intransigencia, egocentrismo, narcisismo patriótico,... Todo pende de un hilo para hacernos saltar por los aires.
Pero esta madre sigue abrazando a su hijo cada día ajena al descalabro mundial –¿o tal vez es una manera inconsciente de protección maternal ante las noticias que le han asaltado un día más desde los medios de comunicación mientras desayunaba?– y la veo señalando hacia el bosque de pinos del Vigil de Quiñones que acaban de cruzar, cómo le muestra el colorido intenso de las madreselvas y buganvillas que cubren los muros de las casas junto a la que pasan o le hace escuchar el sonido de los mirlos y palomas que aletean entre las sombras. Una especie de “mindfulness” casual que ayudará a que ese personajillo crezca educado desde la familia sobre los valores del respeto, la gratitud y el amor, así como en otros tantos que nos dejamos olvidados en el baúl de la inocencia.
Llegados a la etapa estival en la que nos saturaremos de visitantes –para bien o para mal–, y donde tendremos que convivir con el “estrés del turista”, se pondrá a prueba la paciencia de más de uno. Los que vivimos en esta ciudad tenemos la posibilidad de buscar esas balsas salvadoras entre los múltiples rincones que conforman nuestro entorno. Un paseo junto al mar y se produce la desconexión inmediata. ¿Lo has puesto en práctica en alguna ocasión?

Arturo Reque Mata
Arquitecto y columnista de Diario SUR Marbella