Lo escribió Serrat, que parecía presagiar la
llegada de este horror. De esta tragedia humana. De esta vergüenza que nos
descalifica como seres humanos semejantes, aunque al parecer no deseamos serlo.
De esta responsabilidad de la que abjuramos en nombre de otros que a su vez la
empujan hasta el vacío.

Hay un argumento, pueril, pero al parecer
efectivo para lavar conciencias, que se llama “efecto llamada”. Otro, más real
que es atribuir a la actividad de las mafias el alto número de inmigrantes que
prefieren perderlo todo –incluida la vida– si le aseguran un lugar en cualquier
embarcación.
Estoy con Hector Barbotta, nuestro
corresponsal del diario SUR, en que ambos argumentos “solo pueden servir para
aquellos que hayan abdicado de la obligación intelectual de intentar comprender
por qué suceden las cosas”. Se trata de recordar a Europa que una vez saqueamos
el continente de origen y esclavizamos a sus habitantes, para abandonarlos
después en la más absoluta confusión. Que Occidente ha aprobado invasiones
allí, generando guerras de las que ahora escapan sus víctimas. Que igualmente
países de nuestro lado son socios comerciales de dictadores que tienen
sometidos a sus súbditos. Y que han construido barreras de aranceles para que
los productos de aquel continente no puedan entrar en Europa.
Nos decimos que no podemos hacer nada y
seguimos tomando una fresca cerveza mientras apagamos el televisor que nos
muestra escenas de la tragedia. Europa entera y Estados Unidos intentar
minimizar el horror con la excusa de no interferir en políticas internas,
olvidando las muchas ocasiones en que la intervención fue un hecho, aunque los
motivos fuesen diferentes.
La hipocresía política alcanza su record en
la cuestión de los inmigrantes. No queremos ser llamados racistas, a pesar de
que eso es precisamente lo que somos. Consideramos en nuestro fuero más oculto
que ellos no son como nosotros, y llegamos a la barbaridad de aceptar 800 ó 900
muertos como algo habitual, y por tanto rozando lo normal en “aquella gente”.
¿Nos hemos preguntado alguna vez que pasaría
hoy, si en lugar de ser de raza negra, los cadáveres y desaparecidos fuesen
blancos y occidentales? Si la caída
desgraciada de un avión en Europa sume a todas sus naciones en llantos,
lamentaciones, búsqueda de las causas, alarma general, dolor profundo…¿por qué
la muerte repetida de seres humanos de otro continente se convierte pronto en
laxitud y olvido?
Los tan cacareados Derechos Humanos deben
serlo solo para una parte del planeta, y me río de todas las declaraciones
grandilocuentes que a partir de ellos se hagan en cualquier foro público. El
mundo no tiene interés en solucionar el problema africano. Verdadero interés.
Si lo hubiese, los múltiples despachos de Naciones Unidas, cuyo gasto en
mantenimiento es incalculable se dedicarían con interés primordial a buscar
alguna efectiva solución, como por ejemplo el destinar una gran partida en
buscar cultivos de algún tipo especial que puedan realizarse en esas tierras,
crear pequeñas industrias, e incluso pelear contra los sátrapas que los someten
y roban el dinero y las ayudas que llegan.
Y por último, una nueva pregunta: ¿Se
imaginan que pasaría si uno de nuestros tan necesarios turistas al intentar
avanzar nadando, se encontrase de golpe rodeado de unos cuantos cadáveres de
esos que el mar esconde y vomita cuando las mareas lo impulsan…?
Seguramente habría entonces quien tomara
cartas en el asunto.
Ana María Mata
Historiadora y novelista