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23 de julio de 2014

NOTICIAS DESDE EL DESASTRE



  En estos días se cumplen los noventa y tres años del Desastre de Annual, uno de los peores episodios de la historia de nuestro país, y donde se perdió casi una generación entera de jóvenes españoles en territorio rifeño durante la campaña de Marruecos de 1921.

  Ocurre que tal día como hoy, hace casi un siglo, había un hijo de Marbella llamado Antonio Ballesteros García haciendo el servicio militar en el Ejército español que estaba en Marruecos, como tantísimos otros jóvenes de Marbella y España entera, que mal dirigidos por el general Fernández Silvestre, buscaban derrotar al caudillo rifeño Abd el-Krim, que lideraba un movimiento rebelde que se había levantado contra la administración franco-española y que buscaba la independencia de su tierra frente al colonialismo europeo que ocupaba la región que, tras el tratado de Algeciras,  se habían repartido Francia y España con el beneplácito del resto de potencias europeas.

  Pues bien, estando nuestro marbellero protagonista encuadrado en el regimiento África Nº1, marchó camino a la zona de Annual, donde por los graves errores de mando y estrategia del general Fernández Silvestre, los rifeños infringieron a España una tremenda y espantosa derrota que acabó en una masacre que traumatizó al país entero desde el momento en el que empezaron a llegar noticias a todos los pueblos y ciudades de la piel de toro. El desastre se había gestado.

  A Marbella las noticias sobre el desastre llegaron por la tarde del mismo 21 de julio de ese año, cuando la gente se distraía de las calores del verano marbellero viendo una función de teatro en el local de cine de don José Otal, que estaba situado junto a La Alameda, frente a la pila de los peces (lo que hoy es el edificio Sacio) y llegó con una diligencia desde Málaga hasta la posta que había junto a la cafetería de La Jaula. En cuanto se corrió la noticia, el teatro se fue quedando vacio poco a poco hasta que los actores se quedaron solos y suspendieron la función. Estos se quedaron extrañados y preguntaron lo que estaba pasando para que se fuera todo el mundo.

  Y lo que pasaba era que todas las familias de Marbella tenían hijos y familiares haciendo el servicio militar en Marruecos luchando contra las cabilas de Abd el-Krim, por lo que el temor era más que lógico. Todos querían saber sobre la situación en el protectorado marroquí y tener más noticias sobre la suerte corrida por sus seres queridos frente a los rifeños. Muchas mujeres mayores fueron a la basílica de La Encarnación a rezar temiéndose lo peor.


Volviendo a Marruecos, exactamente a la posición de Dar-Driuss, donde estaba combatiendo en ese instante el Regimiento África Nº1, comandado por el general Navarro, y donde nuestro protagonista Antonio Ballesteros García, tras varias horas de lucha frente a los feroces y combativos rifeño y sufriendo fiebre por el paludismo, se quedó dormido de puro cansancio en su trinchera, el enemigo le pasó por encima dándolo por muerto cuando rebasó su posición, hasta que cayó prisionero de los rifeños el general Navarro y se tocó la señal de retirada general  con las cornetas.

Aunque por estar dormido por el agotamiento y solo en su pozo de tirador, Antonio podría no haber escuchado el toque de corneta,  dijo con posterioridad que fue como si alguien le despertara de golpe, y en ese momento echó a correr junto a los restos de su unidad, perdiendo su cantimplora mientras los de caballería del Regimiento Alcántara se inmolaban cubriendo la retirada de sus compañeros frente a las imparables oleadas de cabilas rifeñas que invadían todo el valle de Anual.

  Al no estar en condiciones de ir a pié por los efectos del paludismo que padecía en esos momentos, lo subieron a una ambulancia que iba camino de Melilla cuando se unió a los restos de su unidad, y que también llevaban malherido al hijo del general Navarro, con el que compartió espacio en la ambulancia. Contaba Antonio que al principio los automóviles sanitarios, que llevaban grandes cruces rojas sobre fondo blanco para indicar que no eran vehículos de combate, iban escoltados por algunas unidades de caballería, pero el miedo hizo que los conductores aceleraran sus ambulancias y dejaran atrás a los caballos, que no podían seguir ese ritmo, con lo que las ambulancias y camiones con los soldados evacuados quedaron expuestos a los disparos de los certeros francotiradores rifeños apostados por todo el camino hasta llegar a la ciudad de Melilla, que vivía en esos momentos una situación de pánico total.

  Hace unos pocos años, ya en la actualidad, mi abuela Ana Ballesteros García, que murió con 106 años hace cuatro, nos contaba a mi hermana y a mi cuando se daba la ocasión, que su madre, Teresa García Lara, relataba que en una mala noche de tormenta y lluvia del año 1914, más o menos, apareció en la puerta de la Huerta de Los Cristales un viajero aterido de frío y hambre al que sin conocer de nada le dieron cobijo en casa. A la mañana siguiente, mejorado el tiempo, el hombre, ya recuperado de las fatigas de su viaje,  partió tras desayunar llevando unas pocas provisiones entregadas por mis bisabuelos para el camino y agradeciendo el cobijo que le habían proporcionado su familia, dijo que no olvidaría la hospitalidad recibida y siguió con su viaje.

  Cuando mi abuela, siendo una jovencita en 1921, fue con su madre a Melilla buscando a Antonio, nada más bajar del barco conocido como “El Melillero”, una voz en el puerto gritó el nombre de su madre. ¡Teresa, Teresa, aquí! Se trataba de un hombre que vestía el uniforme de Jefe de la Policía Local de Melilla. Al principio mi bisabuela no lo reconoció hasta que el hombre se acercó y se identificó. Por una casualidad del destino resultaba que ese hombre era el que años antes mi familia le abrió las puertas de su casa para cogerlo en una mala noche y que se protegiera de la tormenta durante su viaje su viaje. ¡Curioso lo que a veces nos depara el destino!

  Tras preguntar el motivo por el que estaban en Melilla en unos momentos en el que todo el mundo lo que quería era salir de allí, ya que el enemigo rifeño estaba a las puertas, Mi bisabuela Teresa le contó que fueron buscando el paradero de su hijo Antonio. El jefe de la Policía de Melilla se puso inmediatamente a ayudarlas, pues se sentía este hombre en deuda con la familia de Marbella. Y fue una ayuda que vino muy bien, pues gracias a su cargo de Jefe  de la Policía de Melilla encontraron con pocas y rápidas gestiones a Antonio en un hospital, donde se estaba curando de sus fiebres del paludismo, que lo tenían en un estado muy grave. Tras sanar, el jefe de la Policía, tras alojar en su propia casa a mi bisabuela y a mi abuela hasta que Antonio sanó, ayudó a éste para que durante el resto de su periodo de servicio militar estuviera como ayudante en una oficina del Ejército de Tierra en Melilla, por lo que se pudo ahorrar los posteriores combates que vendrían tras la siguiente campaña, ya con el desembarco de Alhucemas, destinada a recuperar el control perdido del protectorado español en Marruecos y el Rif a manos de Abd el-Krim.

  Contaba mi abuela Ana, relacionado con esta historia, que mientras hacía la mili su hermano Antonio en territorio de Marruecos, mi bisabuela no paraba de llorar. Una mujer que pasaba por la Huerta de Los Cristales en la Semana Santa de ese mismo año de 1921 le preguntó los motivos de su desconsuelo. Mi bisabuela Teresa le respondió que lloraba porque tenía un hijo en la guerra y que no tenía noticias suyas. Esta mujer le dijo que rezara una oración especial que le enseñó en ese instante con mucho misterio y secretismo, y con la condición de que solo se podía transmitir en ese día concreto que era Viernes Santo. Cuando esa mujer se fue no la volvieron a ver nunca más, y lo curioso es que nadie la conocía en Marbella cuando mi bisabuela, meses después, dio su descripción buscándola para darle las gracias porque, según pensaba ella, esa oración había funcionado. Cosas de la superstición o la fe ante la desesperación, supongo.

  No voy a contar hoy lo que decía esa oración (y que mi familia aún recuerda y conserva como legado que aún se transmite oralmente), pero básicamente pedía que la Virgen María echara su manto a modo de capa protectora sobre el sujeto al que iba destinada la oración. Fuera como fuese, mi tío-abuelo Antonio, cuando su posición fue rebasada por los enemigos rifeños, estos no le vieron o lo dieron por muerto, por lo que se podría pensar que, efectivamente una capa protectora había hecho invisible a Antonio Ballesteros frente a sus enemigos, y que esto evitó su captura o su más que probable muerte en tierras rifeñas.

  Es muy posible que otras familias de Marbella tengan otras anécdotas que contar sobre el desastre de Anual y que sea parte de su propio recuerdo familiar que se transmite de generación en generación. Seguramente no todos los protagonistas corrieron la misma suerte, pues el desastre, como indica su nombre, supuso una dura prueba para muchas familias marbelleras y españolas que perdieron a algún ser querido en la Campaña de Marruecos de 1921, pues como antes indicamos, rara era la familia de esa época que no tenía a alguno de los suyos haciendo la mili en el protectorado norteafricano. 1921 fue un año que marcó profundamente la historia de España.

  No obstante, al cumplirse hoy el 93º aniversario del Desastre de Annual, merecía la pena recordar el hecho como efeméride y desde el punto de vista que vivió en esos tristes y duros momentos una familia de Marbella. Ojalá este país nuestro no vuelva a conocer nunca jamás una guerra como esa y que consigamos convivir en paz y armonía con los países y pueblos vecinos, con los que tenemos más cosas en común que nos unen que elementos que nos separen.

Juan Cristóbal Ortiz Parra
Marbella 21 de julio de 2014

6 de marzo de 2013

RECORDANDO AL CAPITÁN FRANCISCO DE CUELLAR



Hará ya un par de años, un compañero de la asociación “Marbella ByCivic Movilidad Sostenible” nos contó en una reunión de ciclistas su intención de realizar un viaje a Irlanda para recorrer su costa norte en bicicleta en busca de la historia de un posible antepasado. La verdad es que el tema nos llamó la atención, pero no lográbamos entender la participación que este antepasado suyo pudo tener  en la historia naval española.

Efectivamente, nuestro amigo Paco Portero Cuellar, todo un ciclista de primera categoría y policía local de nuestra ciudad, se embarcó con dos compañeros de aventuras más y sus bicicletas rumbo a tierras irlandesas para realizar el “Malin to Mizen” en busca de las andanzas que realizó un antiguo naufrago de la mal llamada “Armada Invencible”, que tras numerosas aventuras y peripecias, dignas de una película de Hollywood sobre James Bond, se acabaría convirtiendo en toda una leyenda en tierras irlandesas, si bien en su España natal, y aún hoy en día, resulta un completo desconocido. Nos referimos al capitán de la Armada española D. Francisco de Cuellar.

Francisco de Cuellar era el comandante del galeón San Pedro, del escuadrón de Levante de la Flota española que envió el rey Felipe II en 1588 para luchar contra la Inglaterra de Isabel I. La idea era  apoyar la rebelión de los irlandeses contra los dominadores ingleses y quitar la monarquía protestante de los Estuardo que tanto daño estaba haciendo, con el mecenazgo a la piratería con Frances Drake a la cabeza, al comercio atlántico español entre Las Indias y la metrópolis, así como a las posesiones ultramarinas de la corona de los Austrias españoles.
Sin embargo la Armada española, tras el combate de Las Gravelinas, tuvo que correr en la mar un furioso temporal que diezmó la Flota, al hacerla naufragar en buena parte en las costas de Irlanda.  A partir de este momento empieza la aventura del Capitán Francisco de Cuellar, que tuvo que luchar por su supervivencia en un entorno enemigo y hostil, ya que los irlandeses, por miedo a las represalias de la reina inglesa, mataron a todos los náufragos españoles que caían en sus manos.  

Y es que, en cierto modo, los españoles en la playa fueron un regalo para los pobres irlandeses, por lo que antes de darles caza como salvajes para matarlos (no había prisioneros) robaban, maltrataban, desnudaban y le hacían auténticas perrerías a nuestros compatriotas (nada que ver con nuestro hospitalario comportamiento con los náufragos británicos tras la batalla de Trafalgar en 1805). 

Con este entorno en mente, nuestro protagonista se pasó siete meses huyendo de sus captores en Irlanda, escapándose de la muerte en varias ocasiones mientras encontraba restos de otros españoles ahorcados y maltratados por los británicos por todas partes, malviviendo como podía y escondiéndose de sus perseguidores en los bosques y edificios abandonados de la región. En un momento dado se hizo pasar por brujo druida que leía el futuro a las gentes de los pueblos de la región a cambio de alimentos o enseres, lo que supuso una buena dosis de audacia y sangre fría. Cuando se encuentra en mejor forma encuentra a un noble que se resiste al dominio inglés y se pone a su servicio defendiendo el castillo de Mac Clancy contra fuerzas inglesas muy superiores a las que vence, por lo que el noble irlandés le llega a ofrecer incluso la mano de su propia hija como recompensa, cosa que nuestro intrépido marino rechaza con amabilidad.

Más tarde tiene la suerte de ponerse en contacto con el obispo católico de Dearry, que le lleva hasta la amistosa Escocia, y desde allí consigue, gracias al duque de Parma, embarcar hasta los territorios españoles en los Paises Bajos, si bien aquí los holandeses también atacaron su barco para tratar de hundirlo. 

 Ya a salvo en tierra firme, le escribe al rey Felipe II una carta relatándole sus aventuras en tierras irlandesas, lo que le valió el reconocimiento real. Esta carta permaneció luego olvidada hasta que en 1984 el marino Fernández Duro la recupera del archivo de la Academia de la Historia y la da a conocer en un texto de tipo científico que en España no tuvo mucha repercusión. Sin embargo en Irlanda pronto se convirtió en objeto de interés y actualmente, quizás a modo de desagravio histórico, están tratando de recuperar el paso del marino Francisco de Cuellar por Irlanda.

A nuestro protagonista se le pierde finalmente el rastro en Madrid, cuando en 1606 espera nuevo destino para volver a servir a España en la mar.   

D. Francisco de Cuellar
Merece la pena destacar que el aventurero vasco Mikel Silvestre fue también a Irlanda el año pasado para investigar sobre las peripecias del capitán Francisco de Cuellar tras el naufragio de su nave, tratando de recuperar su figura para la historia de nuestro país en un libro dedicado al desastre de la Armada Invencible y la suerte corrida por sus náufragos en una costa que no debería de haber sido enemiga y que no hizo honor a la leyenda romántica de los “Black Irish” descendientes de los náufragos españoles, porque en manos irlandesas sobrevivieron muy pocos compatriotas, siendo Francisco de Cuellar uno de ellos.

Y nosotros nos preguntamos, ¿Cómo recibieron a Paco Portero Cuellar los actuales  irlandeses que siglos antes trataron de matar a su intrépido antepasado? Suponemos que muy mal no lo pasaría cuando está pensando en volver a Irlanda con su bicicleta para volver a recorrer en bici el mismo suelo que hizo famoso a su ancestro en 1588.

Juan Cristóbal Ortiz Parra
Miembro del Foro Naval

23 de enero de 2013

EL NAUGRAGIO DEL PRÍNCIPE DE ASTURIAS



Todo el mundo en nuestra patria ha escuchado hablar alguna vez del famosísimo hundimiento del Titanic, pero muy poca gente conoce en este país otro caso similar que también supuso la pérdida de miles de almas en la mar, se trata del "Titanic español".

El trasatlántico Príncipe de Asturias era un navío magnífico, orgullo de la Marina Mercante española. La naviera Pinillos encargo esta nave, junto a su gemelo Infanta Isabel" a los astilleros Harlan and Wolf (los mismos astilleros que construyeron al celebérrimo Titanic de la Whitte Star Line británica) que a su vez le pasó el trabajo a la filias Russel and Co. por estar a tope de carga de trabajo, que lo botó en 1912.

Tras navegar varios años sin problemas haciendo la ruta entre España y Sudamérica para llevar a muchos emigrantes hasta el Nuevo Continente para probar suerte, por lo que no sería nada de extrañar que muchos hijos de Marbella hubiesen viajado en él hasta Argentina y Brasil en busca de una nueva vida mejor fuera de la deprimida España de esos años, el Príncipe de Asturias chocó con una aguja de roca que no estaba señalizada en la costa de Brasil (marcación 23° 56” S, 45° 58” W), que le provocó una importante vía de agua que le hizo naufragar a una sonda de cincuenta metros frente a la Playa de Los Castellanos, en la Isla de Los Bujios, el 5 de Marzo de 1916.

El barco escoró mucho y no se pudieron arriar los botes salvavidas, así que la tripulación y el pasaje se tuvo que lanzar a la mar a buscar fortuna para sobrevivir, si bien, y a diferencia del Titanic, la temperatura del agua era templada, lo que evito un mayor número de muertes entre los naúfragos por la hipotermia.

Una vez que los supervivientes llegaron a tierra fueron generalmente bien atendidos por la población indígena local, que prestaron unos primeros auxilios básicos a los españoles, si bien hubo contadísimos casos de excesos y violaciones a algunas mujeres que pronto fueron repudiados por los habitantes locales, ya que ensombrecieron la magnífica labor humana de la mayoría.

  Una anécdota curiosa e intrigante es que, al igual que con el Titanic, se menciona en algunas fuentes que el Príncipe de Asturias transportaba en sus bodegas una gran cantidad de oro que iba a servir para abrir un importante banco en la Argentina. Algunos supervivientes, como el electricista cartagenero Siles, relata que momentos antes del naufragio, ya de madrugada, el capitán del trasatlántico español había desaparecido, habiendo otro barco abarloado y operando las plumas de carga para traspasar unas cajas más o menos pequeñas pero muy pesadas que resultaron muy sospechosas. Momentos después el barco español se hundiría para siempre. Esta curiosidad, aún sin probar, ha sido utilizada por algunos autores para intentar explicar un posible robo llevado a cabo por el vapor británico Glasgow, que estuvo siguiendo la estela del Príncipe de Asturias desde el momento que empezó a cruzar el atlántico tras dejar atrás el archipiélago canario. Cuando menos curioso esta parte del relato sobre el naufragio del barco español.

El trasatlántico de la naviera española Pinillos era un barco grande y lujoso. De 160 metros de eslora y 20 de manga, estaba magníficamente equipado con una potente y moderna maquinaria, espacios amplios y decorados con profusión de lujo y confort, muy poco tenía que envidiarle al Titanic o a otros grandes trasatlánticos del momento.
Parece que el pecio ha sufrido también algún tipo de espoleo por parte de buceadores dedicados a sacar acero del barco hundido para venderlo a empresas especializadas en astronáutica e investigación científica aeroespacial, ya que se trataría de un acero que al estar sumergido bajo el mar no ha estado expuesto a la radiación global producida durante el final de la Segunda Guerra Mundial por las bombas de Hiroshima y Nagasaki y las pruebas nucleares posteriores y tendría un gran valor para esas industrias.

 
Como curiosidad merece la pena destacar que, al igual que al Titanic con sus naves hermanas, el Infanta Isabel, unidad gemela del Príncipe de Asturias, fue hundido por un submarino como le sucediera al Britanic durante la I Guerra Mundial cuando regresaba de Gallipolli, si bien esta vez en vez de un U-Boat alemán sembrando minas en el “Mare Nostrum” se trataba de un submarino estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial  que le metió un torpedo por las costillas y cuando ya había cambiado el pabellón español "sangre y oro" por el "sol naciente" de la nueva naviera japonesa que lo había comprado de segunda mano a la Pinillos.

No sería justo acabar este breve relato sin mencionar a vuelapluma el otro gran naufragio de la marina mercante española, el Valbanera de la misma naviera Pinillos, que también se hundió en la mar con un gran número de vidas pédidas, siendo estos dos casos los mayores desastres en la mar de la historia naval de España e Hispanoamérica. Quiera la Virgen del Carmen que no vuelvan a repetirse nunca jamás casos como el del Príncipe de Asturias y el Valbanera, hundidos cuando salían de nuestro país, cargados de emigrantes para buscar mejor vida fuera de nuestras fronteras.

Juan Cristóbal Ortiz Parra

25 de octubre de 2012

EL MALAGUEÑO QUE AYUDÓ A NACER A LOS ESTADOS UNIDOS



D. Bernardo de Gálvez
Para los juristas de Marbella don Antonio Gálvez es todo un referente. Amable y risueño,  dejó la jubilación para volver “al servicio activo” por la gran pasión que siente por su trabajo. De hecho  le gustaba darse una vuelta por los juzgados para hablar con los abogados cuando ya estaba jubilado e incluso echarles una manilla a los del turno de oficio compartiendo alguna perspectiva desde su experto punto de vista de veterano.
Dicho esto, si alguna vez tenéis la ocasión de hablar con él, puede que tengáis la suerte de que os cuente la historia de un antepasado suyo que, siendo casi un desconocido en España, es admirado y muy reverenciado en los Estados Unidos por su gran trabajo en conseguir la independencia de las entonces colonias británicas en América. Se trata de D. Bernardo de Gálvez.
 Nuestro ya histórico protagonista nació en la localidad malagueña de Macharaviaya en 1746 y pronto sintió la vocación militar. Tras múltiples hazañas y heridas por los distintos campos de batalla en los que se vio envuelta la España del siglo XVIII, el rey Carlos III lo envió a Norteamérica para ayudar a los rebeldes yankees a independizarse del imperio británico. Merece la pena destacar que el monarca español odiaba a los ingleses por las distintas humillaciones que estos le profirieron a España en esa época y que no reparó esfuerzos y gastos en combatirlos allá donde fuera, llegándose incluso a sacrificar la construcción de una de las torres de la catedral de Málaga, conociéndose desde entonces como “La Manquita”, para pasar ese dinero al esfuerzo bélico contra la “pérfida Albión”.

Cuando D. Bernardo de Gálvez llegó al nuevo escenario americano pronto se puso a la par de otros militares extranjeros que luchaban del bando rebelde, como por ejemplo el general La Fayette enviado por los franceses para combatir también a los británicos.  Su acción bélica más memorable fue el combate naval de Pensacola, tras la toma de los fuertes ingleses en el rio Misissipi, donde unos asustados militares americanos no se atrevían a entrar con sus barcos en una bahía donde podían embarrancar en los bajos arenosos y quedar a merced de los cañones enemigos. Gálvez no se asustó y con su histórica arenga -El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy por delante para quitarle el miedo a los demás. ¡Y sino, yo solo!”- penetró en la rada de Pensacola con su bergantín “USS Galveztown” y consiguió una gran e importante victoria sobre los sorprendidos ingleses que ayudó a decidir la suerte de la campaña americana y donde capturó al general Campbell y al almirante Chester. El 19 de octubre de 1781, una vez terminada la guerra, cabalgó junto a George Washington al frente del desfile de la victoria que celebraba el nacimiento de los Estados Unidos entre los vítores y aplausos del pueblo norteamericano. 

De trato afable y simpático (debe ser cosa de familia) fue nombrado virrey de Nueva España en 1785 por el rey Carlos III, llegando a ser muy popular por su humanidad al llegar a pagar de su propio bolsillo los alimentos y ayudas para los necesitados de los desastres naturales de su región. Por supuesto esta popularidad le grajeo enemigos  envidiosos (algo muy típico entre la clase política española de todos los tiempos) que hicieron todo lo posible por acabar con él (igual que padeció nuestro gran Blas de Lezo tras la resistencia en Cartagena de India) acusándole de sospechosas acciones de rebeldía en la América colonial española que le costaron el cargo y que lo sumió en una enfermedad nerviosa que acabó con él.
Sin embargo, y a pesar del injusto maltrato recibido en su patria, en los EE.UU. fue reconocido como un gran héroe, bautizando incluso una ciudad con el nombre de su barco, Galveztown  en su honor (en la región de Pensacola precisamente). A día de hoy puede que sea un completo desconocido en España, pero en Estados Unidos tiene incluso una estatua frente a la de George Washington en el boulevard que hay frente al Congreso como reconocimiento a su destacado papel en la emancipación de las colonias americanas.

D. Antonio Gálvez
Por suerte la Armada española si que supo que entre sus filas hubo un gran héroe, y además de tener sus restos descansando en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernándo (Cádiz), envió al buque escuela “Juan Sebastían de Elcano” A-71 para rendir honores en Pensacola a tan insigne y valioso militar en junio del 2009, en un gran acto conmemorativo en el que los ciudadanos de Pensacola recrearon la batalla de su bahía y se vistieron con trajes de la época colonial para recordar a don Bernardo de Gálvez y en el que fueron invitados sus descendientes del siglo XXI, que curiosamente viven hoy en Marbella. Por desgracia don Antonio no pudo acudir a la cita por problemas de salud. seguro que le dio mucho coraje no estar en los EE.UU. ese día. Puede que también pensara ese mismo día que resulta curioso, y hasta molesto, que en el extranjero le sepan dar más valor a sus héroes y personajes ilustres (aunque solo estuvieran de paso) que en nuestra propia tierra. Y es que España es diferente.

Juan Cristóbal Ortiz