24 de marzo de 2020

CUARENTENA, NO VACACIONES



El momento actual puede no ser más que el desahogo de la Naturaleza, harta del maltrato por parte de unos seres que se han creído dueños de ella.  La respuesta a nuestro desprecio acumulativo y a nuestro desdén.  Ahora ya sabemos quien es quien en este valle de lágrimas. Toca, como si dijéramos, humillar la cerviz y aguantar.
El planeta se ha encontrado de golpe con el  duro hecho de que un insignificante y  microscópico virus ha decidido entrar en guerra con él, de manera fría y despiadada, con el único armamento de su propia malignidad, pero con un poder superior a bombas y batallones.
Estamos inmersos en el fragor de la batalla. Nuestro país está en el modo “Alarma” y la vida de sus habitantes ha tenido que cambiar a la fuerza dando un giro mayor a los noventa grados. Se trata de intentar cortar la línea de contagio a través principalmente del aislamiento. Los llamados “grupo de riesgo” tienen prohibido salir a  la calle y en conjunto el Estado ha decretado una Cuarentena para quienes hayan podido tener contactos con cualquiera que haya dado positivo en el tristemente célebre CoronaVirus.
El Gobierno tras intensas reuniones con científicos, médicos, biólogos y analistas, ha ordenado unas reglas para que sean cumplidas por los ciudadanos, de acuerdo con la intensidad de propagación de la enfermedad.
La vida se nos presenta hoy con un equipaje de miedos, rumores y advertencias contínuas, todas las cuales forman un nudo gorgiano del que, aparentemente al menos, parece que no podamos escapar. Son momentos duros, en primer lugar porque no se tienen otros anteriores en los que fijar la mirada, son inéditos y hay que actuar casi en la cuerda floja. Los medios sociales ayudan pero también complican el asunto. Excesiva información puede volver loco al ciudadano, porque los contenidos que albergan son a veces, a fuer de rápidos, confusos para el profano.
Las instituciones sanitarias, sin embargo nos dicen sin ambages lo esencial que tenemos que hacer, y de manera específica anuncian, o mejor, obligan a quedarse en casa, para que con menores contactos físicos, la transmisión pueda ir disminuyendo.
Pero siempre hay quienes desobedecen por principio. Hace unos días nos mostraron una playa de Levante completamente llena de gente preparados para el baño y tomando el sol con toda tranquilidad. La imagen, conociendo el contexto en el que se producía resultaba deplorable. Algunos incluso se atrevieron a decir que para ellos  estas eran unas vacaciones adelantadas.
Una se pregunta si el mundo, o parte de él, está lleno de idiotas y kamikazes frustrados,o es que hay grupos de descerebrados pululando por nuestros lugares. Lo malo es que el daño pude revertir en personas sensatas que cumplen como deben con el sentido cívico y les llega los efectos de los otros sin poder hacer nada.
Es cierto que van a ser estas unas jornadas difíciles en muchos aspectos, además del sanitario, pero nos va a enseñar que hay prioridades en este mundo alocado donde la economía, por mucho que nos pese, está , en relación con la salud, en un segundo plano.
Reitero mi idea inicial de que la pandemia es una especie de “vendetta”. Hemos ido abandonando el cuidado del entorno, del clima, de lo que enriquece nuestro organismo de manera natural para situar como Dios al capital. Ahora no nos queda más que ser disciplinados, y si salimos de esta, entonar un De Profundis o un Magnifica Anima Mea al Ser sobrenatural en el que cada uno crea en su interior.
                                                                                                    
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

29 de febrero de 2020

FALTA DE INICIATIVAS



El Ayuntamiento lleva desde el inicio de la presente legislatura un periodo de silencio y calma política que podíamos pensar como el resultado de la ausencia de problemas. Sin embargo existen motivos suficientes para entender que la actual situación se debe más que a ello, a la falta de propuestas para solucionarlos.
En los últimos meses el portavoz del equipo de gobierno comparece cada semana para dar noticias de las licencias de obras a las que se les ha dado el visto bueno, pero lo que empezó como gesto encaminado a  que no cundiera el pánico por todo el follón del PGOU por parte del tripartito, lo ha continuado el PP, más bien para hacer creer en una normalidad urbanística que no corresponde a la realidad.
Lo cierto es que en la ciudad no se producen ningún tipo de iniciativas dignas de mención, y las que podrían sustituir a las nuevas, que serían las que hablasen de solucionar problemas ya enquistados no parece que tengan interés en el Consistorio como para que salgan a la luz.
En Marbella las cosas se realizan a golpe de impulso espontáneo o no se realizan. Es notorio el gusto que la alcaldía tiene en los actos de renombre, suntuosos y a ser posible con abundancia de fotógrafos y flashes. Desde Starlite  y las convenciones de carácter cosmopolita en el Palacio de Congresos, hasta los desfiles de Rolls y Jaguar en Puerto Banús, todo ello es anunciado a bombo y platillo y representados por la regidora y concejales con la satisfacción y sonrisas que eventos exquisitos merecen.
La ciudad se ha ido convirtiendo a golpe del glamour que no cesan de buscarle, en una especie de Disneylandia para mayores o unas Vegas donde todo parece posible a golpe de talonario.
Ocurre que por suerte o desgracia aquí, como en cualquier ciudad, existen problemas cotidianos y a ras de suelo, de diferente grado y categoría pero necesitados de solución.

Así, llevamos largo tiempo un número pequeño de “escribidores” ilusos., llamando la atención con nuestras letras para que ciertas cosas no caigan en el olvido eterno. Obtenemos la callada por respuesta, como pueden imaginar y por eso insistimos cual mosquito persistente, a ver si alguna vez la picadura escuece de verdad.
Vergüenza me da, créanme, citar el rosario de asuntos pendientes que desde años inmemoriales esperamos sean capaces de solucionar, mientras nosotros, espectadores de sus logros, vemos desaparecer una y otra vez de la lista de sus necesidades.
Para muestra, volvamos la cabeza hacia atrás y vayamos  pensando en que nos hemos quedado sin residencia de ancianos ni restauración del Trapiche. Que eso, al parecer, no es que no sea urgente, es que no es, según la actitud de los mandatarios, siquiera necesario.
Las escuelas prefabricadas están bien como están y para qué gastarse dinero en hacer nuevas si con esas vamos tirando. Los Institutos se solucionan aumentando el número de alumnos en cada clase de los existentes, y así nos ahorramos también aumento de profesorado.
Los espigones para las playas son demasiados caros y al fin y al cabo, sin arena también sigue estando el mar, que es lo necesario para bañarse.
El convento de la Trinidad deberá esperar a que al Ayuntamiento le toque la lotería o una quiniela cualquiera, Total, ya nos habíamos acostumbrado a verlo así,en ruinas, y hasta parece que es más antiguo.
La Biblioteca es posible que algún día vea la luz, no seamos mal pensados ni agoreros, sigamos teniendo esperanza.
Como verán, es evidente que no estoy al loro de las cosas modernas que el Consistorio debe estar haciendo mientras vive con placidez su día a día.  Es posible que el silencio se deba a unas jornadas de ejercicios espirituales al estilo cartujo.
                                                                                                     
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

29 de enero de 2020

NUESTROS VECINOS


En la década de los sesenta, tiempos en los que Marbella dormía su plácida identidad, su clima y su paisaje como un don del cielo concedido a unos pocos, la ciudad vecina a nosotros permanecía imbuida en sí misma, recoleta y casi escondida en el único fragor de su cotidianidad. Mi niñez de entonces recuerda, con el arrepentimiento que a posteriori proporciona el gusto por lo morboso, la rivalidad existente entre los vecinos de las dos comunidades, Estepona y Marbella, que se manifestaba especialmente en competiciones deportivas, en las que no había ocasión sin puñetazos y hasta heridas entre futbolistas apasionados y el gentío que les acompañaba.
Estepona era una ciudad tranquila y silenciosa a la que el dios-turismo no había aún designado como receptora de su imponente garra. Marbella, por el contrario, aleteaba ya con alas desplegadas hacia un destino que, aunque su inmensidad se nos escapaba, era en su comienzo, halagador y risueño.
Las cabezas coronadas empezaban a tomar tierra en  los aledaños de lo que se llamó Marbella Club, junto a nobles sin cartera pero con el suficiente pedigree como para codearse sin jactancia ante financieros recién aparecidos con maletines repletos del vil metal que tan gran reconocimiento producía.
Marbella comenzó a crecer de forma irregular y rompedora pero sin intención de detenerse. Como un virus benigno y estremecedor su nombre alcanzó las fronteras del país, superándolas con creces y atrayendo sobre ella a la mayor parte del Gotha europeo y a los yanquis que le seguían, fielmente, sus pasos.   
El pueblo, asombrado en un principio, se acomodó pronto sin embargo a la nueva situación que les tocó vivir, regodeándose en privado del  azar que inesperadamente había cambiado su vida. Poco a poco nos fuimos acostumbrando a ser objeto de deseo y dirigimos nuestros hábitos en torno a eso tan etéreo que llamaron glamour, y que para el nativo significaba, traduciéndolo con pragmatismo, un aumento en sus arcas.
 La ciudad vecina, Estepona, nos contemplaba con aparente indiferencia mientras un hilillo de envidia se deslizaba entre sus fauces.
Necesitaron tiempo y paciencia para que también a ellos les llegase el momento de la remontada. Les llegó, con parsimonia, pero siempre en un escalón más bajo que el nuestro, con menos blasones y una clase de lo que llamaban “Jet Society”de más bajo precio  y menor contenido.
Hemos ido caminando en paralelo, Marbella con su vanidad y Estepona con su esfuerzo diario.
Hoy quiero referirme a una ciudad distinta de aquella en la que vimos una vez una hermana menos afortunada. Una ciudad cuyos logros actuales superan a los conseguidos por Marbella en varios aspectos, producto, imagino, de una gestión de sus haberes afortunada y un aprovechamiento de su presupuesto con lógica y buen tino.
Sus realizaciones, alcanzadas sin alharacas, pero presentes para el visitante, van más allá del Auditorio Felipe VI, el Orchidarium, espectacular edificio en el que se pueden ver cinco mil especies botánicas, las Rutas de los Murales, con medio centenar de ellos repartidos por el Casco Antiguo, junto a vías peatonales puestas en valor y bautizado como el Jardín de la Costa del sol, pavimentación y ornamentación espléndidas. En la actualidad el Ayuntamiento construye una treintena de instalaciones deportivas gratuitas en la zona de La Galera, puestas en marcha para acercar el deporte a los vecinos.

Estas instalaciones van dirigidas a todo tipo de público porque son pistas donde es posible jugar en equipos y circuitos donde entrenar de forma individual.
Todo ello unido al Estadio de Atletismo, homologado para competiciones oficiales, en el que se pueden realizar actividades de carrera, salto y lanzamiento, además de incluir un campo de fútbol.
Estepona se ha despertado del sopor con un planteamiento riguroso de la ciudad en que se ha ido convirtiendo, donde la vida diaria del nativo y el visitante está más que ajustada a sus necesidades. Chapêau al embellecimiento y creatividad de nuestros vecinos de los que podemos aprender que el caché de los estereotipos no es, en el fondo, lo único ni lo esencial.
                                                                                             
Ana   María   Mata
(Historiadora y Novelista)

23 de diciembre de 2019

TRAGICOMEDIA NACIONAL

Desde Sófocles hasta Valle-Inclán, pasando por Pirandello, todos ellos han venido a decir que la vida del hombre no es más que una oscilación sutilísima entre lo trágico y lo cómico y, que además, suele caminar de un lado a otro con velocidades de vértigo. Nos movemos en el filo de una navaja, que bien de un lado o su contrario nos enreda en su propio abismo.
Un ejemplo que avala esta especie de teoría la tenemos en el momento presente en el país donde habitamos. España huele a drama o comedia según el ánimo con el que ese día se levante el sol. La ubicación podríamos ubicarla en Cataluña, para ser más exactos. Los acontecimientos que desde hace tiempo vienen desarrollándose en esa tierra aparecen como el escenario idóneo para esta representación continuada.
De un lado tenemos a los profesionales de la Generalitat, con su presidente a la cabeza, inaugurando en las tablas las primeras escenas grotescas de este teatro político. Del otro a los grupos independentistas, no tan minoritarios, y con un afán absoluto de protagonismo.
A la derecha la fracción ortodoxa de quienes no desean la autodeterminación, más bien silenciosos y soportando la riada.  A la izquierda a los republicanos acérrimos. Y sobrevolando sobre  este enjambre complejo y por lo general, airado, un señor que dice ser presidente en funciones de todo este follón, nacional aunque no las tiene todas consigo.
Este espécimen mediático, cuyo partido ganó las ultimas y repetidas elecciones, necesita, sin embargo, a una parte, al menos, de los arriba citados para que un procedimiento llamado Investidura le ancle sus pies y sus posaderas a un sillón llamado presidencia de Gobierno, cuyo asiento no es fácil de alcanzar y parece balancearse al ritmo de una autodeterminación continuamente acechante.
En el exterior, el resto del citado país, ciudadanos ajenos a este embrollo político, asisten con el vómito a punto de expulsar, un día sí y otro no, a las variaciones de este teatrillo inmundo, que un día se desliza a babor, y otro a estribor, con la mayor de la desvergüenza y el descaro.
El señor en funciones proclama hoy a los cuatro vientos su miedo a un partido que le ofrece sus votos, e incluso habla de la pérdida del sueño que el aceptarlo le acarrearía, y dos días más tarde se fotografía en un abrazo estruendoso con el sujeto que preside dicho partido. Le parece normal el cambio, desde el momento que sin ellos no podría caminar hacia el podium, que él, y nadie más que él, atisba con delectación, erigido para su sola  persona.
Se acerca a los republicanos acérrimos por ver de engatusarlos en el enjuague, y estos aceptan la reunión, pero la transforman en un foro de discordia, con afirmaciones y negaciones en paralelo.
En medio de la pesadilla, llega un comunicado de Europa, afirmando que los políticos presos por el Process están mal apresados y nos hemos equivocado de sentencias, de acuerdo con las garantías que poseen los diputados… ¿Hay quien de más?
En este clima de tan agradable actualidad un país llamado España se despierta a diario con la incertidumbre de no saber quien moverá ficha ese día, si los de un lado o los del otro, y según que acuerdos tomados por semejante jauría, habremos de reír o  llorar, puesto que en la actual tragicomedia nacional política todo, absolutamente todo, es, o parece  posible.
                                                                                      
Ana  María  Mata
(Historiadora y Novelista)                                                                                               

4 de diciembre de 2019

¡A COMPRAR!


Aparece con una fidelidad solo comparable al hueco que deja en nuestros bolsillos. Con una cronometría de reloj inducido o una campanada de advertencia ineludible. Nadie puede evadirse de sus fogonazos espectaculares pues viene acompañada de luces innumerables y cegadoras.
Noviembre acarrea ahora consigo una anticipación, llegada allende los mares, como es habitual made in USA, con nombre extraño y voces altaneras que gritan “Black Friday” sin descanso, del mismo modo que  en el medievo el muecín llamaba a sus devotos.
Tras el encendido de las variadas iluminaciones navideñas un aldabonazo suena en las mentes con el fragor de incesante llamada : ¡A comprar! ¡A comprar!...todos en marcha, cual guerreros dóciles, cumplidores del rito, obligados inocentes por la festividad que se avecina y en la que lo más importante es el desparrame de dinero sin cesar. Monedas, billetes, tarjetas…, da igual el medio mientras que el fin sea gastarlo sin contemplaciones.
La necesidad compulsiva de comprar en Navidades es como un empujón atávico que aparece cada año en nuestras neuronas quizás recordándonos tiempos pasados en los que debimos conformarnos con un poco de pavo y de harina refrita en vez del negro caviar y el brillante mantecado.
Sea por lo que fuere, lo único cierto es que las calles de ahora se llenan de viandantes cargados hasta la médula con multitud de envoltorios festivos con los que demostrar a sus allegados que no se olvidan de la “elegancia del regalo” ni del lazo dorado que debe cerrar cada uno de ellos.
Comprar se ha convertido en una necesidad tan imperiosa como lo es ir de vacaciones o poseer, cada poco,  un móvil último modelo. La frustración de no poder hacerlo se convierte en vertiginosa bilis que inunda nuestro sistema hepático y puede conducirnos  a la presencia de úlcera duodenal o algo parecido.
Las listas, preparadas con antelación, ayudan a nuestros nervios a un leve y fugaz momento de detención mientras avistamos el comercio exacto en el que encontraremos el objeto deseado, tras detectarlo con ojo avizor en un escaparate o similar, después de una maraña de visualizaciones y empujones por los pasillos del centro comercial elegido, uno de los muchos que se habrán convertido en catedral abarrotada repleta de material litúrgico para el comprador, que resulta ser a la vez, oficiante de esa misma liturgia y ferviente converso.
El impulso de las compras, producto de una muy asentada sociedad capitalista, es un río desbordado que cada temporada aumenta su caudal, y nos lleva al frenético desguace de nuestros ahorros en pos de una ficticia idea de que mientras compramos para regalar, nos amamos un poco más los unos a los otros, como propugnara el Infante que colocamos sobre el pesebre, ajeno a lo que su festividad acabaría acarreando.
El cumpleaños del Niño de Belén es el pretexto inventado para liberar unas pulsiones interiores no asumidas que conducimos durante unos días por el camino del derroche y la profusión alimentaria, como náufragos que de golpe atisbaran una isla donde todo está a su disposición.
Las luces, colocadas estratégicamente, muestran el camino. La música persistente nos arrastra como bella sirena hasta lugares en los que nuestros sentidos caerán derrotados por la necesidad inmediata de vaciar nuestros bolsillos.
Todo diseñado por “influences” magos que las poderosas agencias comerciales contratan y a los que pagan con rigor para que nos anestesien con el fluido de sus secretos brebajes.
Nos dejamos influir y nos abandonamos al dulce sopor del deber comprador cumplido.
                                                                                      
Ana  María Mata
(Historiadora y Novelista)

13 de noviembre de 2019

DEGRADACIÓN DE LAS INSTITUCIONES


La Democracia en un país la sustentan unos pilares determinados y básicos a través de los cuales esta mantiene su firmeza y pierde el riesgo de desmoronarse. Entre esos pilares se encuentran las Instituciones, acordadas por la Constitución y mantenedoras del orden necesario.
Si alguna de estas instituciones se resquebraja el edificio entero puede perder el equilibrio esencial y producirse un caos de consecuencias indeterminadas pero normalmente peligrosas.
La Universidad es una institución que los poderes educativos ponen al servicio de los ciudadanos para aportarles los conocimientos necesarios en pro de una formación humana lo más completa posible. Una Universidad posee en esencia todos los saberes que el ser humano necesita conocer para alcanzar su más amplia plenitud. Gracias a ellos, el hombre se desprende de su animalidad, o al menos la minusvalora en aras de conseguir un eslabón superior en la escala de la evolución.
En las últimas semanas se han producido en Barcelona una serie de acontecimientos, en los que, por desgracia, han estado involucrados también los pasillos universitarios. Manifestantes encapuchados impidieron la asistencia a las aulas de aquellos que, al no estar de acuerdo con ellos. querían asistir a clase, como les correspondía por derecho. Los altercados subieron de tono hasta sobrepasar límites de violencia insospechada que acabaron incluso con algún que otro herido.

Lo más  increible de tan lamentables hechos no es, a pesar de todo, la actuación de quienes a favor de la independencia y en contra de la sentencia del Process, arrojaron su agresividad contra compañeros, igualmente catalanes pero constitucionalistas; lo inaceptable resulta el papel desempañado por profesores y rectores, que en lugar de apaciguar la tremenda refriega dieron en aumentarla, aprobando la no asistencia a las clases e incluso incitando al alumnado a sumirse a las violentas manifestaciones. La posición de rectores y académicos en este proceso, triste, de degradación ciudadana constituye una voz de alarma que debiera ser tomada en cuenta por las autoridades de la Generalitat.  
 Profesores y autoridad académica han permitido al alumnado independentista que se sumaran al caos callejero y formasen parte de la violencia estudiantil, eximiéndolos de los exámenes y las pruebas correspondientes a las asignaturas de los respectivos cursos.
En un momento como el actual en el que Barcelona amanece diariamente convulsa por las agrias manifestaciones que la discordancia política posee entre sus habitantes, el hecho de que la Universidad se sume parcialmente a un grupo determinado, mientras otra mitad del alumnado, con idénticos o mayores derechos en su cotidiana jornada estudiantil ve interferido su interés por la asistencia a las clases, dice muy  poco y mal sobre el papel de la Institución que debe estar a favor del conocimiento y la cultura.
Los intereses personales y subjetivos jamás deben ser mezclados en una Universidad  con los políticos y menos aún  menoscabar la calidad de la enseñanza que se imparte. Si la institución pierde su papel de faro racional en conflictos como los actuales, deja de ser el pilar sustentador de la democracia que proclama.
Las imágenes de jóvenes interceptados por encapuchados violentos a su entrada al recinto universitario son una lamentable muestra de cómo el fanatismo puede hacer temblar las bases de algunas instituciones que deberían ser sagradas.
Quede constancia de nuestra repulsa a aquellos que, encargados de su integridad, abandonaron sus funciones a favor de una mayor violencia.                                                                        

Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)                                                                                     

27 de octubre de 2019

¡A MI LA LEGIÓN!


Alejandro Amenábar es director de cine. Un director de la nueva hornada de jóvenes que en determinadas ocasiones saben unir inteligencia y sensibilidad, técnica y belleza.
Ha escogido para su última película a un personaje ilustre en el que se unen, en curiosa simbiosis, Historia y Literatura. Nada menos que a Don Miguel de Unamuno, cuya abrumadora personalidad escapa de la escena y pantalla como un rayo, para incidir en la mente del espectador que, expectante, trata de no perderse ni un solo gesto del insigne escritor.
La Historia necesita a veces de un narrador ecuánime que, sin perder la objetividad desgrane algunos episodios cuyo eco ha llegado hasta nosotros intermezclados en nubes de subjetividades varias y anécdotas, en ocasiones, demasiado frívolas.
La Guerra Civil española no agota nunca su capacidad de sorprender tanto al espectador como al lector de cualquier libro de los innumerables escritos para explicarla. Por desgracia, nuestra muy conocida dicotomía nos lleva a estudiarla de distinto modo según sea nuestra ideología, y en ocasiones, hasta nuestro estado de ánimo. Los simples y ya anacrónicos nominativos de “rojos y nacionales” hablan por si solos de las muchas variantes que podemos encontrar en un mismo episodio de tan terrible época.
Miguel de Unamuno fue un hombre de inteligencia preclara y mente atormentada por los acontecimientos, que, en cierta medida, llegaban a sobrepasarle. Nunca fue acérrimo defensor de partido alguno o político del momento. Pero poseía una voz inquietante y lengua rápida para detectar a quienes no consideraba como trigo limpio.
A partir de su destierro, provocado por las críticas a la Dictadura de Primo de Rivera, fue considerado un espécimen necesitado de observación por los mandatarios de turno.

La República provocó en él nuevas ilusiones de concordia que se vieron frustradas por los desórdenes y la relajación de sus líderes. Necesitado de un orden social y cotidiano, al finalizar la furia bélica creyó encontrar un asidero en la nueva tanda de políticos que formaban parte del bando nacional.
Todo esto lo reproduce Amenábar con brillantez en sucesivas escenas en las que se aprecia la inicial preocupación por encontrar un jefe que encabezara la difícil tarea de ensamblar a todos los militares sublevados con un objetivo común. De especial interés son los planos filmados en los que el general Cabanellas y el general Mola discuten la candidatura del que acabaría siendo denominado, a pesar de ello, algo más tarde, Generalísimo. Elegíaca puede describirse la actuación de Millán Astray, y extraordinario el papel desempeñado por el actor que lo representa, en su defensa de Franco.
Toda una etapa de la historia reciente contada con elegancia y sencillez. Verídica, aunque en su momento paradójica, reacción de Unamuno cuando empieza a darse cuenta de la verdadera esencia de los llamados vencedores. Definitiva la exclamación del escritor en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca: “Venceréis pero no convenceréis”, culminación de un desengaño en relación con quienes se llamaban a si mismos “defensores del espíritu cristiano de occidente”.
En la extraordinaria actuación del actor que da vida a Don Miguel, puede verse mucho del carácter de un hombre entregado por completo a la reflexión y al espíritu que conlleva la filosofía del pensamiento .Tenaz, iracundo en ocasiones, desarraigado por sus propios fantasmas internos, Amenábar creo que ha sabido mostrar una imagen auténtica y veraz del gran escritor
Aconsejable película que debería ser el preámbulo de otras en las que, utilizando a Pérez Galdos, continuaran haciendo cine con nuestros Episodios Nacionales.
                                                                               
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)