Cómo aburre y hasta deprime hablar siempre
del mismo tema agazapado dentro de cualquier otro que sea de actualidad. Por muy
envuelto que venga en apariencias distintas, al final aparece cual duende maligno que ha resuelto
invadir nuestras vidas. Y a bien que lo está consiguiendo, ¡por Belcebú! con
astucia y formas que nunca hubiésemos podido imaginar. Porque la dura y cruel
realidad es que todo se reduce hoy a dinero, llámese de esta forma o de las
muchas que han inventado: euríbor, prima de riesgo, déficit o deuda de estado. Por
mucho que queramos modernizar al también llamado vil metal, las denominaciones
no logran ocultar la dependencia que de él tenemos, hoy como siempre, a pesar
de la frase tan socorrida a veces de…”lo que importa es la salud”; imagino que
pudo ser creada por un Rockefeller o un Bill Gates para descargar su conciencia
al mirar a su alrededor.
Y siendo así, por mucho que nos desagrade,
cuesta creer a la hora de hacer balance qué ha podido pasar en un país como el
que vivimos para encontrarnos donde y como nos encontramos tras la etapa
anterior de felicidad y casi saturación. Pero no es tan difícil, no crean, con
solo que demos un repaso a ciertas cosas que nos pasaron desapercibida
entonces; y que no debieron pasarnos, o dicho de otra manera, debimos o
debieron evitar, puesto que ahora lo único factible es la condena a sus
autores, (o la reprobación, porque aquí, condenar, lo que se dice condenar, no
es lo habitual). Siempre llegamos tarde, y al final solo queda el lamento o el
comentario en corrillos. Triste país, no paree que tengamos arreglo.
Me he molestado en buscar los hechos más
destacados de nuestra historia de errores descomunales, algunos casi
desconocidos por ciudadanos que confiamos demasiado en nuestros gobernantes y
dejamos que manejen a su antojo el tristemente llamado erario público.

A todo eso no puede llamársele generosidad
sino dispendio y pésima administración. Más que pésima, si pensamos quienes
fueron los organizadores de unos proyectos fantasmas cuyos autores deberían
estar en ese lugar cerrado al que hasta ahora, al menos, parece que solo llegan
los pobres. Como el viejo carterista al que le pesan demasiado las piernas.
Ana María Mata
Historiadora y novelista