7 de abril de 2011

ZENOBIA CAMPRUBÍ

                           
A  LA  SOMBRA  SIEMPRE  DE  JUAN  RAMON  J.

 (Artículo publicado en el diario "Marbella Express" en abril de 2011)
En las fotografías de los años de entreguerras aparece siempre sonriente, con un diseño de señorita americana, sombreros blancos, pantalones de pliegues, cintura de Coco Chanel, zapatos con hebillas y un gesto por el que se le escapaba un alma feliz. A su lado el poeta transmite una sensación adusta, aire ensimismado, traje oscuro, rostro cetrino, una figura que El Greco habría incorporado como personaje al entierro del Conde de Orgaz.  Una pareja extraña. Tan distintos por fuera como debieron serlo también por dentro. Y el enigma a veces incomprensible del amor que los une para siempre, transformando a quien pudo ser una mujer destacada y brillante, en la sombra del hombre triste y neurasténico que no por ello deja de ser el poeta más decisivo e importante de la lengua española.
La mujer de Juan Ramón Jiménez, Zenobia  Camprubí  Aymar nació en 1887, en un pueblo de la costa catalana, Malgrat de Mar, donde sus padres pasaban las vacaciones de verano. Su padre, Raimundo Camprubí era un ingeniero catalán que en uno de sus trabajos en Puerto Rico conoció a Isabel Aymar, de una familia mercantil adinerada de ascendencia estadounidense.  La madre de Zenobia, divorciada luego de un marido vicioso del juego se llevó a la hija a Nueva York donde vivieron a expensas de la familia materna. Estudió en Columbia, fue inscrita en el Club de Mujeres Feministas y participó en actividades culturales y filantrópicas al estilo de las élites neoyorquinas.   
La preparación intelectual de Zenobia corría pareja a la belleza de su físico, del que Giménez Caballero escribió: “Sus ojos eran claros, de felino. Su expresividad facial arrulladora. Y su voz resultaba hipnótica, con virtudes de hechizo”. Se decía que por ella hubo serias y apasionadas querencias entre los mejores  hombres de su entorno. Al parecer el aire exótico que desprendía fue muy alabado a su regreso a España en 1909, año en el que se instaló con su madre en Madrid y empezó a frecuentar junto a otros americanos el Lyceum Club y la Residencia de Señoritas. En ellos conocería a María de Maaetzu, la directora, Victoria Kent, secretaria, y más tarde a María Teresa León, María Lejárraga e Isabel Oyarzábal, quien saldría de allí para ser la primera mujer española   embajadora, con destino Suecia
En 1911, Juan Ramón ya era un poeta admirado. Vivía en la Residencia de Estudiantes, próxima al Lyceum Club femenino. El poeta había pasado ya por algunas crisis nerviosas que le habían llevado a internarse por un tiempo en Burdeos, bajo la custodia de un afamado doctor. En otra ocasión, en  la clínica del Rosario de Madrid, en sucesivas recaídas, cuentan que llegó a tener aventuras amorosas y eróticas incluso con una monja de la clínica, aventuras que trasladó a sus versos. La debilidad psíquica del poeta era conocida por los residentes y compañeros, que se acostumbraron al carácter huraño y desconcertante del que, por otro lado, consideraban superdotado para las letras.
Una tarde de primavera Zenobia acudió a la Residencia de estudiantes, y allí, al final de una conferencia, la abordó Juan Ramón, a quien le habían llegado rumores de su belleza y distinción. Pero ella se mostró esquiva a sus requerimientos, quizás por encontrarlos antiguos y demasiado formales. El poeta comenzó a acosarla con versos cada vez más encendidos y directos. Marchó a Nueva York como resistencia, pero hasta allí la siguió Juan Ramón, obsesionado por la mujer elegante y bellísima a la que llamaban “la Americanita”. Acabó rindiéndose a las dotes amatorias y requiebros del hombre al que empezó a admirar antes de enamorarse de su compleja y difícil personalidad.
Se casaron en 1916, en la iglesia católica de St. Stephen. Empezaría desde ese momento el gozoso tormento de Zenobia.
Ya en España, el poeta hilaba sus versos en habitaciones acolchadas donde podía mantenerse incontaminado e inmune a las realidades de la vida. Su carácter agrio y especialmente enfermizo necesitó ser atemperado por la mujer con la que, al casarse, condenó a abandonar su propia vida en favor de la suya. Zenobia montó una tienda de antigüedades y se dedicó a alquilar y decorar pisos para diplomáticos extranjeros; la poesía, incluso para alguien tan reconocido en ella como J. Ramón, no solucionaba los problemas económicos  Después de traducir a R.Tagore al inglés, Zenobia dejó de escribir. Reconoció que el talento de su marido era más elevado y se dedicó a enmascarar las depresiones de éste con su alegría, dispuesta a levantar el ánimo del ser misántropo a quien el azar le había unido en matrimonio.
A partir del exilio de la Guerra Civil, en La Habana, Zenobia comenzó a escribir sus diarios que no abandonó hasta su muerte. Recalaron en Puerto Rico por deseo de Juan Ramón, y allí ella enfermaría de cáncer, enfermedad de la cual fallecería el 28 de octubre de 1956. Tres día antes a Juan Ramón le habían concedido el premio Nobel.
En una de las páginas de su diario, Zenobia dejó escrito: “En esta empresa nuestra, yo siempre he sido Sancho”.  María Teresa León, identificada con ella, un paso siempre detrás de Alberti, cuenta a su vez en sus Memorias : “Fue la de Zenobia  una decisión dura pero hermosísima: vivir al lado del fuego y ser la sombra”.

Ana  María Mata
Historiadora  y  novelista                                      

1 de abril de 2011

EDADES Y CAMBIOS EN LA HISTORIA


Nuestro lenguaje posee dos vocablos cuyo contenido están íntimamente unidos, de tal manera que la existencia de uno implica la del otro, y son Vida y Movimiento. El concepto de vida y el de inmovilidad son absolutamente antagónicos, lo cual presupone en la primera, por tanto, el de evolución y cambio continuo. Ya lo dijo Heráclito, el pobre, que a pesar de decir otras cosas de gran relevancia, quedaría para siempre, como “El griego que dijo lo del río”, pues fue su famosa premisa de que “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” lo que llegaría hasta hoy como metáfora de los cambios continuos que todo lo que vive experimenta.
El mundo gira sin cesar y las civilizaciones desaparecen con mayor o menor rastro tras de sí .Los historiadores, por ello, en su afán de un mejor estudio de los cambios que en la humanidad se han  ido sucediendo, de la evolución, en fin de la historia, han clasificado a ésta en bloques o edades, para poder situarse dentro de la misma con una cierta orientación. Es por eso que estamos acostumbrados a las clásicas divisiones de: Pre-historia, Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea.
La oscuridad del primer estadio irrumpe solo aliviada por la aparente necesidad que el hombre  -ya fuese el Austrolopitecus, Cro-Magnon, Neardenthal, Erectus o Sapiens- parece que tuvo de expresar de algún modo sus temores y hasta la misma realidad, en forma de elementos pictóricos en el interior de las cuevas donde por propia supervivencia debían habitar. Su forma de vida solo puede ser imaginada, y grandes enigmas en forma pétrea, como las figuras de la Isla de Pascua o los menhires circulares de Stonehenge en Inglaterra han quedado como interrogantes de la causa que los llevó a levantarlos en dichos lugares.
Con la aparición de la agricultura, llega el Neolítico, y a continuación las primeras civilizaciones reconocidas a orillas del Tigris y el Eufrates, que cuentan ya con signos gráficos realizados en arcilla o piedra. Comienza la Edad Antigua, pues, en Mesopotamia, con  los Asirios y Babilónicos, las contrucciones de los “ziguras” o primeras torres escalonadas buscando el cielo, y por desgracia las luchas ya  entre ellos a la par que esculpían bellísimos bajorrelieves antropomórficos.  Egipto, Grecia y Roma constituyen el colofón glorioso de la llamada E.Antigua que será luego un referente perpetuo para las épocas siguientes.
La caída del Imperio Romano traerá además de los mal llamados bárbaros, la llegada de la E. Media, el Medievo largo y difícil que con sus regímenes teocráticos, las Cruzadas y el enorme peso de la Iglesia Romana, darán lugar a un largo periodo de gozos y sombras en los que el hombre evoluciona mentalmente en lo artístico hasta llegar al inicio de lo que sería después el Renacimiento, y dice adiós a la pléyade de dioses romanos para unificarlos en la figura tantas veces recreada del Pantócrator.
Europa es un inmenso territorio sin fronteras reales aún que pelea en forma desigual por la creación de las mismas, y coloca a Dios como testigo de cuanto signifique guerra, imperio y poderíos feudales. El descubrimiento de América , error de itinerario en la búsqueda de las Indias, acontecimiento sin par para una Iberia absolutista, da el pistoletazo a la Edad Moderna, coincidente con la caída del Imperio Bizantino, y el invento por Gutemberg de la imprenta.  El ser humano ha ido cambiando hasta ser capaz de pensar en una manera de dejar huella alejada de la piedra, el papiro y su fanático afán guerrero. La imprenta revoluciona el planeta a través de unos signos impresos en papel en los que todo queda para siempre inmortalizado. No tendrán acceso a ella más que los privilegiados monjes  y escribanos, inmersos en los señoríos feudales, que, sin embargo, nos harán llegar las míseras condiciones de los llamados siervos, en grandes volúmenes con aparatosos y a veces, bellísimos dibujos en sus laterales.
Esas condiciones serviles e inhumanas serán las que tiempo más tarde traerán los primeros gritos revolucionarios de hombres y mujeres que bajo el lema de Igualdad y Fraternidad inaugurarán la Edad Contemporánea con el enorme cambio que significó la Revolución Francesa.
Hasta aquí, en 1789, las edades clásicas que los historiadores proclaman. Estamos pues, todavía en esa E. Contemporánea a la espera de un acontecimiento singular que a los estudiosos posteriores les sirva de guía y denomine un nuevo periodo.
¿Cabe la posibilidad de que sea llamada Edad Atómica? ;¿tal vez, en el mismo sentido, Edad Nuclear? Es posible y hasta lógico que así sea. Lo cierto es que quizás no nos hayamos parado a pensar en que ahora, en estos días de tremenda convulsión del mundo árabe, estemos viviendo el fin de una era y el comienzo de otra. La inmediatez de los medios informativos  y el exceso de ello, produce la impresión  (desde la comodidad de nuestro sofá casero) de estar viendo series documentales de las muchas a las que Norteamérica nos tiene acostumbrados. Pero debemos ser conscientes de que asistimos a un cambio quizás irreversible de una civilización hoy desmembrada, pero cuyo futuro nadie puede asegurar. Los dictadores parecen tener sus días contados, pero no podemos ser tan ilusos de creer en la instauración de democracias allí donde llevan siglos de poderes tribales, colonizaciones, y fanatismo por doquier. Sin líderes con carisma ni conocimiento de las reglas constitucionales. Solo Alá para la mayoría, desierto, petróleo y envidias generalizadas.
No sé ustedes, pero yo estoy inmersa en una gran confusión ante las posturas de nuestros hipócritas jefes occidentales. ¿Por qué ayer estos sátrapas eran amigos a los que sonreíamos y festejábamos sus extravagancias mientras nos surtían de petróleo y les vendíamos armas? ¿Qué harían en el supuesto caso de que Gadafi desapareciera? ¿O si mañana Siria, Jordania, Yemen, Marruecos y Arabia Saudí toman el mismo camino? ¿Acaso tienen una solución que no lleve a la terrible actualidad de Irak?
Desde Obama hasta el sonriente Zapatero hubiesen preferido que todo siguiese como estaba por el bien de sus  intereses. Estamos en la Edad Atómica ya,  pero mejor será que hagamos como si nada. Aceptar que realmente donde estamos inmersos es en la Edad de la Hipocresía.

Ana  María Mata
Historiadora y novelista         

22 de marzo de 2011

ABUELAS DEL SIGLO XXI


Al escribir en las semanas anteriores  sobre la mujer trabajadora hubo un momento preciso en el que algo –un click involuntario- estalló en mi mente cual mandato interno expeditivo que me ordenaba el título y casi el contenido que ahora tienen impreso en las letras del periódico. El cerebro tiene sus razones  que el corazón no comprende (pobre de mi, si me leyese Pascal) y debido a ello me encuentro frente al ordenador dispuesta a obedecer al amo, que es, en el fondo, quien dirige nuestras vidas.       
         Lo peor de opinar sobre asunto alguno es estar inmerso en él, máxima infalible que no solemos tener en cuenta y puede llevarnos a la más absoluta parcialidad al menor descuido. A pesar de ello, creo que el tema de hoy se presta más a lo sensible que al logos, por lo que creo más conveniente que, para comenzar, lean ustedes lo de Pascal como él realmente lo dijo, ya que los filósofos, si encima son franceses, siempre dan en el clavo.
        ¿Hace falta decir que convertirse en abuela es algo inexplicable que la vida regala cuando ya ha  dejado de enviarnos mariposas al estómago, suspiros de espera o placenteros y afrodisíacos sueños?...todo eso y mucho más se transforma en alforjas del pasado frente a una criatura real, tierna, pequeñísima, sonrosada y llorosa que al tomar por primera vez en nuestras manos hace que derramemos, involuntariamente, lágrimas de felicidad.     
Imagino que en la desmesura de sensaciones que aparecen por vez primera, hay quizás un reflejo inconsciente de la antigua maternidad, una repetición cotidiana de momentos vividos con anterioridad pero que nos resultan imperecederos. Ser abuela es un poco de muchas cosas: reconocimiento sin trauma de haber dejado atrás una juventud más o menos aprovechada; gozo de ver repetido en los hijos el milagro de la  vida; posibilidad de sentirse de nuevo útil y necesaria; complicidad física de la genética (se parece al abuelo, al padre..) más el aire vocinglero y alegre que las pequeñas vocecillas introducen en las ya silenciosas casas de los mayores.
Podría rellenar páginas enteras con descripciones de un sentimiento universal que no necesita, por otra parte, demasiada explicación. Quien lo vivió lo sabe, como dicen los poetas que ocurre con el amor.
Y sin embargo, no quiero excluir de estas líneas las particularidades que a lo largo del tiempo han modificado el concepto de abuela/nietos en la vida cotidiana de la España en que vivimos. En el siglo XIX, por ejemplo, las abuelas morían tan jóvenes por lo general, que pocas tenían la suerte de conocer y disfrutar de los hijos de sus hijos. Aquellas que alcanzaban lo que para entonces era longevidad alta -60 años de media- vestían y se comportaban de una forma que todos aceptaban como la de una anciana, aquejada habitualmente de una de las muchas enfermedades por entonces incurables. Se les buscaba un rincón confortable donde pudiesen descansar sentadas en la mecedora de rigor, y desde ella exhalaban suspiros profundos, a la vez que intentaban contar casi en solitario los terribles sucesos acaecidos en alguna parte de la España profunda.
 Llegado el siglo XX, las cosas comienzan a cambiar para unas abuelas cuyo índice de mortalidad está en los 80 años de media y sus enfermedades van remitiendo con la ayuda de antibióticos y una  mayor salubridad. Sus hijas van poco a poco incorporándose a la vida laboral y como consecuencia los nietos empiezan en primer lugar a disminuir de número por familia, y en segundo a crear conflictos relacionados con los horarios del trabajo materno. Es aquí donde la nueva abuela aparece con un protagonismo desconocido que irá en aumento a medida que el siglo y sus novedades vayan pasando página.
La abuela, por otro lado, no siente la decadencia física de su antecesora, sino por el contrario, tiene a su alcance medios más que suficientes para renovar su aspecto día a día, al mismo tiempo que su mente estimulada por el entorno, prosigue con la curiosidad propia de una joven: quiere hacer cosas que no pudo hacer antes, disfrutar de sensaciones que no llegó a sentir, viajar, leer, hacer deporte…así hasta un etcétera que, en algunos de sus puntos extremos podría llegar incluso a escandalizar a algún lector gazmoño. Este criterio que alguien puede tachar de individualista es, a pesar de ello real en cantidad de mujeres que sienten que tienen vida propia, saben que la pueden administrar y darse gustos sin recurrir a la voluntad de nadie.
No hay duda, sin embargo de que lo principal es, que su presencia en la vida de los nietos mantiene vigentes los valores familiares que ninguna empleada, por muy eficiente, puede reemplazar. Pero este cambio de rol que el siglo XXI viene aumentando exageradamente, ha instalado con él una amenaza que los médicos creen que va camino de convertirse en pandemia peligrosa. No quisiera utilizar la denominación exagerada de “Síndrome de la abuela esclava” que algunos autores han puesto de actualidad y que al parecer afecta a mujeres maduras sometidas a una sobrecarga física y emocional. Lo hago porque no se me ocurre otro mejor para expresar los trastornos que experimentan las abuelas que o bien se hacen cargo de sus nietos para que sus hijos trabajen tranquilos o se niegan a hacerlo de manera continuada para preservar cierta autonomía. Si se atreven a lo segundo, el sentimiento de culpa ocupa idéntico lugar que el esfuerzo físico y mental del primero.
Expongo la realidad de lo que significa ser abuela en 2011 para que los hijos no olviden un hecho obvio y evidente: la vida evoluciona para todos y la abuela actual no es ya la viejecita obsoleta que antes se consideraba algo así como un muy querido mueble antiguo.
¡Ah! Una cosa que no deseo olvidar: Acuérdense por favor de que no servimos (ni lo deseamos) como educadoras. Estamos con nuestros nietos para disfrutarlos y si llega el caso, mimarlos un poco. Esa es nuestra suerte. Esa es nuestra alegría.  

Ana María Mata
Historiadora y novelista

21 de marzo de 2011

HAY FUTURO

Mientras nuestros hijos nos entreguen felicitaciones tan hermosas como la que os comparto sabremos que hay futuro y hay esperanza. La mirada inocente de un niño permite vislumbrar luces en el camino, especialmente en una época de la historia llena de hostilidad y falta de convicciones. Donde los adultos nos sentimos manipulados por los que están en el poder y donde la realidad nos la muestran manipuladas día tras día

Me llena de orgullo que mi hijo, a sus seis años, sepa identificar lo que es bueno para todos por que vea la ilusión en los ojos de su padre; que se implique el mismo y que lo vea como algo que compartir juntos en el futuro.

Gracias hijo. Claro que sí, lo disfrutaremos juntos muy pronto.

Arturo Reque Mata
Arquitecto


10 de marzo de 2011

EL TRABAJO DE LA MUJER. CENTENARIO DE SU LUCHA

Estamos en marzo de 1911: Como consecuencia de una propuesta de la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas se declaró el 8 de marzo Día Internacional de la Mujer Trabajadora.  Con este nombre y esta fecha se intentaban nuevas formas de lucha por los derechos de la mujer, pero el azar histórico hizo coincidir pocas semanas después de la declaración un trágico suceso que conmovería no solo a Estados Unidos, sino al mundo entero, por las connotaciones que la tragedia arrastraba a sus espaldas. Un suceso que abriría los ojos de la humanidad silente a las condiciones infrahumanas en que se movían las mujeres que por entonces ya estaban incorporadas al trabajo industrial.
Reivindicaciones relacionadas con horarios, medios  y sueldos mejores habían llevado a 140 mujeres, en su mayoría jóvenes inmigrantes a encerrarse en el interior de la Fábrica textil Triangle de Nueva York. La respuesta a ese encierro prolongado fue el incendio de la fábrica por parte de los propietarios y administradores y como consecuencia la muerte de todas ellas por asfixia o quemaduras. El Día Internacional de la Mujer Trabajadora quedó para siempre unido a esa especie de holocausto en el cual gran numero de mujeres perecieron calcinadas por la obtención de derechos que nunca fueron contemplados como tales.
Históricamente la lucha podía venir ya desde la antigua Grecia, reflejada por Aristófanes en su obra “Lisístrata”, que cuenta como esta mujer empezó  una huelga sexual contra los hombres para poner fin a la guerra, y que se vio reflejada más tarde en la Revolución Francesa . Las mujeres, en virtud de la Declaración de Derechos del Hombre, en el año 1789, adquirieron ciertos derechos civiles, como: igualdad en el acceso a la mayoría de edad, igualdad en las disposiciones de la herencia, igualdad para contraer matrimonio, e independencia para ser admitida como testigo en los juicios. Derechos civiles, sí, pero no derechos políticos, y por ello sería combatida esa carencia en tribunas públicas y asambleas, o en autoras como la considerada por mucho como primera “feminista”, Mary Wollstonecraft en su texto de 1792 “Reivindicaciones de los derechos de la mujer”.
Habría de ser la Revolución Industrial la que diese forma sexuada a las relaciones económicas, ya que otorgó un estatuto secundario a las obreras y un significado opuesto a los términos hogar-trabajo. A las mujeres que pertenecían a los estratos populares se las ubicó en las fábricas ; a las de clase media y alta se las encerró en el hogar en un especie de casa-escuela-madre, donde se percibían solo los oficios de esposa, madre y consumidora. Y es que en el siglo XIX las ciencias sociales y biológicas fundamentaban la discriminación sexual con el argumento, tantas veces repetido, de que las mujeres tenían el cerebro de menor tamaño, lo cual derivaba en una inmadurez fisiológica y psicológica irremediable. 
En España, en la mitad del mismo XIX se intentó adaptar las cualidades consideradas intrínsicamente femeninas al tipo de trabajo que mejor partido pudiera sacar. Fue el momento de la creación de las Escuelas Normales de Maestras. También en el ámbito literario destacaba la reconocida como especial “sensibilidad” de la mujer con la aparición de algunas obras de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán, y los ensayos de Concepción Arenal.
En la provincia de Málaga, un estudio realizado por el Seminario de estudios de la mujer de la Universidad, resalta como la agricultura constituía la principal riqueza de la ciudad en el citado siglo XIX, trabajo en el que participaban hombres y mujeres y cuyo curioso nombre “vendeja”, el lexicógrafo Alcalá Venceslada definió como “venta de pasas, higos, limones, etc, en tiempo de cosecha”. Posteriormente los escritores costumbristas coincidieron en pintar a la vendejera como personaje malagueño, pintoresco y castizo, tipo femenino simpático para escritor y lector del momento, pero ajeno por completo a la realidad compleja de los problemas laborales y sociales que dichas mujeres soportaban.
Conviene recordar que durante la mayor parte del siglo XX  el modelo de mujer-madre, ligado a una función biológica y por tanto a determinadas cualidades (fortaleza espiritual, senos generosos, espíritu de sacrifico) fue el imperante, como perpetuador de una raza robusta y sana y ligado a la política natalista de la época. La Dictadura de Primo de Rivera ofreció a las mujeres ciertas mejoras, inspiradas en la Italia mussoliniana (voto municipal, seguro de maternidad para evitar abortos…).  Pero hubo que esperar al gobierno de la II República para que las mujeres consiguiesen, al menos en teoría, importantes logros, como la igualdad jurídica de los sexos, el matrimonio civil, el divorcio y el voto femenino.
Pienso que podríamos achacar al Génesis con su dichosa historia de la costilla de Adan, el origen de una discriminación que ha recorrido la historia completa de la Humanidad, cubriéndola a veces de ignominia como en el suceso de la fábrica Triangle de Nueva York.
En memoria de aquel nefasto día, conmemoremos lo alcanzado con la celebración de este Dia Internacional de la Mujer Trabajadora. Por la continuación y aumento de unos derechos que tantos esfuerzos han costado alcanzar.

Ana  María  Mata
Historiadora y novelista
            

2 de marzo de 2011

DICE LA GENTE


(Artículo publicado en el diario Marbella Express el 1 de marzo de 2011)
Estoy de acuerdo con la máxima tan generalizada de que todo en la vida tiene una doble faz, un contrario, un opuesto que a veces lo reafirma. Aquello tan sonoro del “Yin” y el “Yan”, tan en boga cuando nos sumergimos en cualquier cosa que viniera de oriente. En occidente  ya nos lo habían dicho desde Freud : “uno es uno mismo y su contrario” hasta Borges, el genial escritor, que nunca supo de verdad cual de los dos habitantes de su intimidad era el verdadero.
Desde un punto de vista personal y con la modestia que debe imaginar el lector, quien escribe, nativa y residente toda su vida en Marbella, y para colmo, escritora osada, siente en sus carnes lo anteriormente expuesto ya que su posición de marbellera, unida al de asidua a los medios, a veces se transforma en placer y otras en un pequeño problema, dada su incapacidad para casi todo que no sea la escritura en el periódico y los muy esporádicos asomos en la “caja tonta”.
La razón de todo ello entiendo que reside en que la gente, es decir los ciudadanos que vivimos en esta ciudad, como pasará en cualquier otra, necesita expresarse, contar cosas a alguien que quiera escucharle, pedir, protestar, mostrar lo que creen necesario, aplaudir si lo merece la ocasión, exigir, incluso, con el derecho que sus impuestos pagados le otorgan…un batiburrillo de cuestiones que no saben de qué forma hacer llegar a los mandatarios antes de depositar el próximo mayo su voto en las urnas. Votar es un privilegio, claro está, lo hemos aprendido durante cuarenta años de silencio, pero no siempre el papel que introducimos lleva implícito en él nuestros deseos y preocupaciones. Especialmente porque si algo sabemos desde la primera urna es que las promesas, proyectos o programas de los candidatos , voceadas con sonrisas  y frases enfáticas, adornadas con abrazos y fotos publicitarias más o menos afortunadas, lanzadas a través de los muchos medios sociales de comunicación hoy disponibles, acaban luego en gran mayoría arrinconadas en cajones y carpetas del elegido/a, pospuestas por tiempo indefinido, relegadas al olvido o minimizada en valor y cuantía por la única realidad fiable: la escasez económica que sirve como justificación de todo, incluso de la incapacidad o la falta de interés de quienes nos prometieron el oro, la plata, y hasta la mirra, si no fuera porque se nos pasó a todos la edad de los Magos.
De manera que intentaré, por si acaso sirve para algo, escribir claro las muchas peticiones que recibo en mi deambular cotidiano por nuestras calles. Para empezar, me preguntan con cierta indignación cual es el motivo de que la prometida Residencia para ancianos en terrenos cedidos por la familia Alvarez no haya tenido interés para la corporación actual, y esté en barbecho, o lo que es lo mismo, en parada absoluta. Hay un tiempo, un acuerdo entre los familiares y el Consistorio, que al parecer no se ha cumplido, sin explicaciones que lo justifiquen.
Lo relativo a Hacienda de Toros, afortunadamente, parece que puede llegar a solucionarse y terminar así con los dimes y diretes de Ayuntamiento y oposición. No hace falta decir que un pleno no lo es todo, y que están/estaremos a la expectativa.
Vendrá el verano, Marbella florecerá como acostumbra, los niños serán felices con sus castillos de arena, sus flotadores y las bellas olas de nuestro mar. Pero Septiembre acecha a los padres que no tienen colegios para esos niños, o que tienen que soportar aulas prefabricadas por el enconamiento entre Junta y Ayuntamiento, porque utilizan el arma de las escuelas como materia arrojadiza para culparse el uno al otro, porque no tienen la decencia, quienes sean, de olvidar intereses en un caso tan crucial.
El mar lo es casi todo en una ciudad costera, y nadie puede achacarle al Mediterráneo que sus aguas estén repletas de cosas que necesitarían un vertedero, que los bañistas hagan funciones de limpiadores sin pago, y preservativos, plásticos y restos de comida naveguen a su gusto al lado de quienes han elegido este lugar entre muchos para sus vacaciones.
Poco me dicen sobre las cosas culturales, tal vez el área de más movimiento y el que más ha sabido ganarse la aprobación de la gente interesada en ellas, y desde aquí, mando un aplauso a quienes han hecho realidad el Centro Cultural Miraflores, modelo a seguir en el futuro. Los más jóvenes, sin embargo (ya se sabe que la juventud es rebelde y exigente por esencia) dicen echar de menos conciertos para ellos, música no siempre clásica, actualización en las contrataciones de los grupos.
Me voy a detener aquí, sin que ello signifique no retomarlo en otra ocasión, siempre que mis paseos se conviertan en espontáneos servicios de las necesidades de mis vecinos, quienes, con la inocente creencia de que unas líneas escritas con voluntad pueden conseguir algo, seguirán deteniéndome mientras camino, generosos lectores que me animan y aguantan semana tras semana, porque están seguros, y se lo agradezco, de que además de estar ambos en el mismo barco, todos queremos hacer de él un baluarte de modernidad, eficacia y civismo.

Ana María Mata
Historiadora y novelista