15 de febrero de 2012

ESTOCADA A LA CULTURA. EL DESPIDO DEL ARQUEÓLOGO DE TARIFA


El nacionalismo español está satisfecho: el derechas, porque gobierna y ambos (igual de nacionalista es la izquierda que la diestra) porque la selecciones españolas, como los antiguos tercios, airean nuestro pabellón por este mundo ancho y ajeno, que decía Ciro Alegría. Ataviado con su antigua arrogancia, el español ha encontrado en el deporte —a falta de símbolos o fechas unificadores— el santo y seña de su verdadero ser. Pero hubo un tiempo en España en el que el prestigio se tasaba según su cultura. Prácticamente todas las historias de la nación o similares que se escribieron en el último tercio del siglo XVIII tenían como leit motiv la precedencia de la cultura española sobre el resto. Cuando se discutió desde fuera (Morvilliers, Montesquieu y algunos anteriores) el valor de nuestra literatura, de nuestra ciencia experimental, del nivel económico y comercial de España, la respuesta de los intelectuales hispanos fue inmediata: Forner, los hermanos Mohedano, Cadalso, Campomanes, Capmany o Masdeu reivindicarán las virtudes y excelencias de una España que no se resignaba a jugar un papel secundario en el panorama de modernización general europeo. Sin embargo, en la actualidad, y a falta de otros motivos, es el fútbol lo que nos renueva el orgullo y el crédito que perdimos en la batalla de Rocroi y paces sucesivas. En «este país», el fútbol y el deporte en general parecen hoy dar la medida de nuestra significación. Y, efectivamente, el nivel deportivo de una Estado —cuando es alto, permanente y generalizado— revela una preocupación de sus gobernantes que suele ir en paralelo al de la cultura y la ciencia. ¿Sucede así en España?
En un pasaje de Los Miserables, el narrador proclama que «La grandeza de países como Alemania y Francia estriba en sus grandes hombres y obras y en la elevación del nivel que aportan a la civilización, y no en sus victorias militares, que son accidentes. Sus victorias ni los elevan ni los rebajan sus derrotas. Eso sólo ocurre con los pueblos bárbaros (…). Su peso específico en el género humano resulta de algo más que de un combate». Amén.
A falta de guerras contra nuestros vecinos del norte, los tuteamos porque tenemos un equipo de tenis que es la reencarnación de la Armada Invencible. Mas, ¿podemos siquiera aspirar a lacayos de su nivel cultural? Hasta donde alcanzo, la crisis concierne a casi todos, las instituciones están al pairo de un temporal incesante y las medidas han de ser drásticas e impersonales. Y también puedo llegar a comprender que al que competen las decisiones le cueste lo suyo. Pero lo que no puede aceptarse de ninguna de las maneras es que en este milenario país las mermas presupuestarias afecten, más que a ningún otro capítulo, a los patitos más feos y rezagados de todos: la cultura y la educación, proporcional y absolutamente. ¡Joder! Ahí no se produce —con las lógicas reprobaciones de los afectados— ni la más mínima controversia; ni siquiera la ciudadanía disimula su acuerdo: ahora no es tiempo de fruslerías y aliños innecesarios. La arqueología, ¡por Dios! Ya habrá tiempo.
El arqueólogo municipal de Tarifa, Alejandro Pérez-Malumbres Landa (marbellense de condición), ha sido despedido. A mi juicio, no es relevante quiénes gobiernen en la ciudad. Al equivocado concepto de que la inversión en el patrimonio es prescindible, se suma el hecho de que es en Tarifa, que desde el año 711 forma parte, con letras gruesas, del catálogo de nuestro patrimonio. Hombre… si hubiesen despedido al arqueólogo de Brasilia, pero, ¿al de Tarifa, que era el único garante e imaginaria de su herencia arqueológica, excepción hecha del conjunto de Baelo Claudia, gestionado por la Junta?
Pasa en la Administración y no sé por qué; o sí. Un arqueólogo o un archivero (como es mi caso) es un gestor de información tan vital como pueda serlo uno de recursos humanos o financieros, y esa misma información y su tratamiento adecuado son tareas de extraordinaria importancia que diariamente se manifiestan y demandan los más variopintos usuarios. Los que trabajamos en la cosa pública sabemos perfectamente quiénes sobran y quiénes no. También los políticos. El arqueólogo de Tarifa (una de las personas más cualificadas de ese ayuntamiento) ganaba alrededor de 1.400 € netos al mes;.bastante menos que el guarda del castillo. Pero era «el» arqueólogo y no formaba parte de colectivo alguno dentro de la institución. Despedir a los que son prescindibles (más en número y mucho menos cualificados) es un suicidio electoral y una medida impopular. Ahí debería estar el político y no asestando estocadas perfectas, que son artes de otros oficios. Aunque, bien pensado, ¿qué, si no, sabemos hacer los españoles?

Francisco de Asís López Serrano

Archivero municipal de Marbella

13 de febrero de 2012

HOMBRES DE LA MAR


Hace tiempo que quería escribir sobre ellos. La maldita y -como dicen- palpitante actualidad lo ha ido retrasando, mientras en su lugar lo he hecho, a veces a disgusto, de una economía de la que estoy hasta las narices a fuerza de oír y leer tantas necedades en forma de dificultosas palabras que solo pretenden maquillar u ocultar tras de ellas la  ineficacia de políticos, economistas,  financieros y demás mentirosos que, pudiendo, si lo venían venir, advertir de la tragedia actual, callaron como muertos para seguir obteniendo de sus envilecedoras transacciones, lo que de  verdad les interesaba: aumentar hasta la saciedad las diferencias entre ricos y pobres, o si lo desean, entre la clase media abducida por la codicia y los más ricos, siempre necesitados de más.
Ahora quiero disfrutar de unos minutos felices. Arropada por este blog en el que la mayoría son amigos de altísima calidad, me tomo la libertad de situar en letras de molde a unos hombres que siempre-estoy segura- nos han sido tan queridos a los habitantes de Marbella. Hombres de la mar. Marengos. Así lo hemos llamado desde siempre, desde que sus barcazas grandes, impregnadas de salitre y alquitrán, dibujaban un paisaje inolvidable en nuestras playas, con la gris arena mediterránea, pero entonces más limpia y más bella, más nuestra y menos denigrada por quienes hasta a ella, han envilecido.
Marengos de piel oscura y reseca, cuyas manos cosían agujeros en las redes con extrañas agujas que nadie además de ellos sabía utilizar. Conviviendo en las playas de antaño con nuestra infancia alrededor de sus barcas, a veces imaginarios habitáculos de una fantasía hecha de mar y espuma, de barcos piratas, ojos tuertos y calavera dibujada en el sombrero. Hombres cuya rudeza era muy inferior a una sabiduría labrada a fuerza de tormentas y temporales a los que había que domeñar con la maestría de un artesano y el valor de un soldado en campaña. Noches dentro de un mar que igual se mostraba cariñoso con reflejos de plata como salvaje y hasta asesino con sus corrientes y olas mortíferas.
Vendían lo pescado en plazuelas hoy turísticas y más tarde en puestos uniformes y con mostradores de mármol. Tenían la mayoría otro nombre para reconocerlos mejor. Motes  y apodos que heredaban sus hijos y los hijos de estos. “El Nene, El Marqués, Malasangre,  Aguabrava”…, maravillosa semántica de los pueblos donde casi todos se sienten parte de la misma familia. En los que un funeral era duelo generalizado y una boda espectáculo para no perderse.
De sus casitas encaladas salía la voz de Antonio Molina y Juanito Valderrama, ininterrumpidamente. “El emigrante” ponía en las arrugadas bolsas de sus ojos un atisbo de lágrima, y el gol de Puskas o la cuidada voz de Juanita Reina, una sonrisa tímida que pretendía ocultar el negro agujero de un diente que se fue y no tuvo repuesto.
Sus hijos pequeños correteaban descalzos por lo que para ellos era una prolongación de la vivienda, la playa y el mar, donde la mayoría aprendió a defenderse de él, nadando, sin ayuda, antes que andar en tierra.
Voceando en el antiguo matadero pececillos que sabían a gloria. Chanquetes que ya entonces parecían lágrimas de agua salada, dolor del mar que iba perdiendo a sus pequeños hijos, tan apreciados como después escasos. Boquerones que en sus estrechos lomos llevaban dibujados el azul brillante del lugar de donde salían. Salmonetes rojos, brecas, besuguitos y jureles, sardinas y algún pulpo feroz. Escamas por doquier, peces grandes, alguna vez que otra, corvina, pez limón…el muy apreciado mero.
Hombres de la mar, marengos que todavía conservan el ancestro heredado de muchas generaciones en sus risas abiertas de hombres con la conciencia tranquila y cuyos ojos reflejan lo poco, poquísimo que queda de la pureza altiva que un día ya lejano, nos era tan preciada.  Va por vosotros. 

Ana María Mata
Historiadora y novelista

10 de febrero de 2012

GRIVEGNÉE Y EL TRAPICHE DE MARBELLA


Tengo la impresión de que Enrique Grivegnée es un personaje poco conocido de la historia de Marbella. Por eso estas líneas, fruto de un pequeño trabajo de  mi época universitaria van a intentar reivindicar su memoria dando a conocer su gran relación con nuestro pueblo a lo largo del siglo XIX.
A partir de la expulsión de los moriscos en 1614, las plantaciones de caña de azúcar fueron decreciendo de tal forma que a mediados del XVIII se encontraban casi extinguidas en Málaga y provincia. El azúcar que se comercializaba procedía de la Isla de Cuba. Por fortuna, coincidiendo en el tiempo, aparece en la ciudad Enrique Grivegnée  y House, ilustre flamenco del alto comercio marítimo de Málaga, que con visión sagaz, se propuso volver a pasados esplendores agrícolas con ambiciosos proyectos de explotaciones diversas, y lo hace a través de la razón social denominada “Grivegnée y Compañía”, con corresponsalías en Londres, Roterdam, París y Marsella.
Enrique Grivegnée se casó en Málaga el 26 de marzo de 1768 con Antonia de Gallego y Delgado, hija de Vicente de Gallego, natural de Baeza, y de Francisca Delgado Guerra, nacida en Marbella. Antonia de Gallego heredó de su familia posesiones en la ciudad, campos en las que Grivegnée comenzaría su dedicación agrícola, y a las que con posterioridad añadiría otras, como la finca cuya escritura registra la fecha de 29 de enero de 1800, otorgada ante el escribano de Marbella D. Miguel Antonio de Aguado.  
La finca  contaba con un edificio en ruina debido al abandono ya descrito de la industria azucarera. El Ayuntamiento concedió a Grivegnée los privilegios de pastos y uso de aguas, así como el levantamiento del ingenio y la autorización para cortar las maderas de pinos, alcornoques y quejigos que necesitasen para las obras y el alimento de las calderas. El ingenio del Trapiche funcionó durante años con gran eficacia y significó la vuelta a la caña de azúcar que había sido un cultivo típico de la zona. Laboralmente dio trabajo a gran número de marbelleros en una época en la que, tras la ocupación francesa y los gastos originados por la defensa, las arcas estaban muy mermadas. Curioso resulta además el gran número de posesiones que sólo en la  jurisdicción de Marbella llegaron a pertenecer a Grivegnée, además del Ingenio: Los cortijos del Rodeo, el Grande y el de Las Bóveda, el del Chopo y el de La Alacena. Los Llanos de Nagüeles, y la Haza de tierra de los Arquillos. Dos casas en la plazuela del Santo Cristo, dos casitas en la calle Bermeja, y su casa principal situada también en la Plaza del Santo Cristo. Igualmente llegó a tener fincas en Churriana , Torremolinos y Vélez-Málaga.
Con la citada ocupación de las tropas napoleónicas, a la que se unió la desafortunada actuación de apoderados y representantes, la familia Grivegné no sólo perdió su extensa fortuna sino que se vio envuelta en un largo proceso jurídico por la demanda de acreedores.
Poco antes de morir describió de su puño y letra con gran resignación su situación, al decir “que no nos quedan más que los amigos para subsistir”.
El caso de la familia Grivegnée no es extraño a lo largo del siglo XIX español y malagueño. Personajes de gran enjundia y amplia visión para negocios de envergadura que llegaron a lo más alto y cambiaron, incluso el mapa geográfico y comercial de Málaga y su provincia con innovadoras ideas, pero que, al parecer no supieron rodearse de la gente adecuada para su conservación.
Quede la figura de Enrique Grivegnée como símbolo de modernidad en la atávica España del momento. Y la de sus gestores, incluida, según parece, parte de la familia, como triste modelo de lo que mucho más tarde sería, por desgracia, moneda corriente: la holgazanería y la corruptela.

Ana  María  Mata
Historiadora  y  novelist

5 de febrero de 2012

LAS SOMBRAS DE EUROPA

Durante mucho tiempo nos la mostraron como el paraíso terrenal que debíamos alcanzar sin demora. El sueño inalcanzable del españolito que arrastraba desde la infancia un complejo escondido de inferioridad ¡Europa! La panacea de lo que fue llamado “estado de bienestar”, la meta de nuestras aspiraciones democráticas, el objetivo final a través del cual llegaríamos a ser ciudadanos de primera clase. Ser europeos era una prioridad ineludible. Y lo fuimos, es decir, lo somos. Misión cumplida, diría en su momento el político de turno. Ahora, a dormirse en los laureles del triunfo. Dejamos atrás la pandereta y los faralaes. El modernismo nos ha tomado entre sus brazos.

Lo malo del sueño es siempre el despertar. Y más cuando lo hace de forma brusca y desalentadora. Cuando hay que hacerle frente a lo que en nombre de CRISIS nos ha caído encima. Cuando todavía sonaban los ecos de riquezas conseguidas sin casi enterarnos del cómo. De las dos viviendas, tres coches, viajes al Caribe y fiestas a go-gó con trajes de Valentino y Versace. Los ladrillos enmudecen de golpe y las grúas duermen un sueño inesperado. Toca retirada. Lo dicen los Bancos, sin la sonrisa anterior, cuando ofrecían préstamos a mansalva. Asustados por las pérdidas. Exigiendo una rápida solución al “jefe”, es decir, al Estado. Logrando con su presión que la deuda española con Europa fuese subiendo hasta el séptimo infierno.

El ciudadano de a pie entiende poco lo que ocurre. ¿No estábamos en el mejor de los mundos posibles? ¿No era Europa el Ideal, el Cenit, el Paraíso Terrenal?; pues no, resulta que no nos habíamos enterado de la verdad. De que ser europeo implicaba más que la comodidad del euro cuando se viaja. La obsesión por entrar en ella nos hizo olvidar cosas fundamentales, que ahora deberemos pagar con sudor y lágrimas. Para empezar, nada teníamos que ver nosotros, los habitantes de la piel de toro con gran parte de nuestros nuevos colegas. En principio, un descompensado modelo económico basado casi en exclusiva en la construcción y el turismo. Seguido de un carácter individualista muy poco dado a luchar por causas comunes. Nos gusta chulear como chicharras y muy poco laborar como humildes hormiguitas. Alemania, por ejemplo, con 82 millones de habitantes tiene 2,7 millones de parados, mientras que España con 46 millones tiene más de 5 en el paro. Algo debe haber que ellos hacen y nosotros no hemos sabido hacer. Pero sí, endeudarnos hasta las cejas para que la Banca descanse tranquila. Y como las deudas hay que pagarlas, Zapatero, Rajoy, y el Susum Corda que tuviésemos, solo pueden hacer esfuerzos para tratar de reducirla. Así que ¿de donde va a salir dinero para crear empleo mientras la señora Merkel y compañía nos exijan el pago inmediato? Lo importante, ya que somos europeos, es seguir siéndolo, demostrar nuestra capacidad de ser como los demás integrantes, no sentirnos vencidos. España debe pagar, pagar y pagar, hasta que no quede un céntimo siquiera para nosotros mismos. Me pregunto cual es el objetivo de la liquidez tan urgente de los Bancos, así como cual será la forma de conseguir bajar el número de parados.

Deben ser preguntas tontas, por lo que veo. Al fin y al cabo lo único imprescindible era entrar en Europa. Sin calibrar las consecuencias últimas. Así somos y así nos va.

Ana María Mata

Historiadora y novelista

3 de febrero de 2012

POR FAVOR, CUIDEN MI PUEBLO

Me gusta salir a visitar pueblos pequeños, aquellos que conservan sus costumbres, sus casas antiguas, los que miman la herencia que ha ido pasando de padres a hijos.

Gracias a las nuevas tecnologías, llámese una de ellas Internet, algunos de mis paisanos están rescatando y mostrando fotos antiguas de mi pueblo, Marbella, en las que puedo ir reconociendo calles y rincones que estaban en lo remoto de mi memoria. Y teniendo en cuenta de que solo ha transcurrido menos de medio siglo desde entonces, veo lo que ha cambiado y qué poco se conserva de aquellas fuentes por doquier, de aquellas casas matas; pero si hasta en el barrio se está edificando, cuando siempre han habido casas de una o dos plantas a lo sumo, encaladas con todo mimo y adornadas sus estrechas calles con las macetas que cada vecino tenía en sus ventanas o delante de sus puertas.

A nadie le he contado hasta ahora que abro todos mis sentidos al bajar por calle Lobatas, despacio, en solitario, fijándome en cada tiesto, en cada puerta, en esas paredes irregulares, anchas.

Me crié de niño entre la casa de mis abuelos paternos en la calle Finlandia, y la casa de mi abuela materna en el barrio, en calle Lucero. Mi domicilio familiar era en la calle Málaga, Fernando el Católico por aquellos tiempos. Las puertas estaban abiertas, jugábamos todos en la calle. En el barrio se sentaban las vecinas delante de sus puertas, al fresquito de la noche veraniega, hablando unas con otras de los trajines del día. Nosotros correteábamos detrás de una pelota, discutíamos por las trampas jugando a las bolas, decíamos aquello de –estás robando- refiriéndonos a que acercábamos la bola nuestra para tener más fácil golpear la otra. Estas cosas las sigo viendo en los pueblos pequeños que me gusta visitar, pero aquí se perdió todo eso.

Mi padre nos enseñó a bucear en la playa de La Bajadilla. Nos compró unas gafas y un tubo a los tres hermanos mayores, y de ese día recuerdo el hartón de agua salada que nos pegamos todos, pero aprendimos, bueno que si aprendimos. Ahora sigo yendo al puerto pesquero y sus alrededores, pero con la cámara de fotos. Y sigo enamorado de este mar.

He visto un video donde el puerto de mi pueblo se convierte en algo moderno, en un gran complejo para barcos enormes, edificios altísimos, en fin, yo lo llamo “un trozo de Las Vegas”, pero en marítimo. La crisis económica, que nos tiene a todos asfixiados, ha hecho que muchas personas vean en esa obra faraónica la solución a todos los problemas de paro en este pueblo. Y ahora llegamos a lo de siempre: ¿convertimos Marbella en una ciudad súper moderna, o intentamos rescatar el encanto que hizo de ella el amor de tanta gente de fuera?

Hágase lo que se haga, por favor, cuiden de mi pueblo; respeten su patrimonio cultural y, como en el ajedrez, antes de mover ficha, piensen en si al final no terminarán perdiendo la dama por ir en busca del alfil. Yo no entiendo de política, en las escuelas de ingeniería nos dicen que usemos el ingenio, de ahí el nombre, por eso no puedo entender muchas veces las decisiones absurdas de muchos políticos; no me enseñaron a razonar eso en Álgebra. Solo sé que hay que mirar por las cosas que uno tiene y no venderlas así porque sí, sobre todo cuando no son de uno, sino de todos.

Miren la foto del amanecer en mi pueblo y díganme si no tiene encanto.

Órfilo Aranda

19 de enero de 2012

EL FIN DE LA HISTORIA


Podría resultar curioso un artículo sobre lo leído en los últimos días acerca de una profecía de los Mayas, según la cual, al finalizar este año, 2012, finalizaría igualmente el mundo en que vivimos, es decir la tierra dejaría de existir exactamente el 21 del 12 de 2012.  Tanto Nostradamus como la civilización Maya acuden a determinados juegos astrales y combinaciones esotéricas para asustarnos con esa noticia de finitud total. Parece, sin embargo, que en la predicción Maya, la profecía anuncia no el desastre terráqueo, sino que sus signos hablan de un cambio radical en la manera y forma en que vivimos. Por fortuna, eso, no muy errado según van las cosas ocurriendo, es harina de otro costal.
En realidad quería escribir hoy sobre el libro que en 1992, el pensador, economista e historiador Francis Fukuyuma escribió, y cuya tesis, muy polémica en su momento, expone que la Historia como lucha de ideologías, terminó tras el fin de la Guerra Fría, y lo que vendría después habría de ser un  mundo basado en democracias liberales y un pensamiento único: la Economía. De poder exponer al completo las líneas básicas de Fukuyuma, verían como de todas ellas, tal vez la que ha pervivido es lo llamado hoy Neoliberalismo, la globalización y la competitividad, obviando otras como el humanismo y la cultura.
Repasando también los más destacados pensadores que han tratado temas semejantes, sería de rigor comenzar por Adam Smitch, escocés nacido en 1723 y al que se suele atribuir la creación del Capitalismo moderno. En su obra “La Riqueza de las Naciones”, este filósofo y economista, afirmó, después de hacer un estudio de orden social, el beneficio que podría surgir para los hombres del libre intercambio entre ellos. Más o menos esa era la tesis de Max Weber, aunque completada por un análisis, según el cual, el Catolicismo ha sido perjudicial para el desarrollo económico por no sentar las bases de  un trabajo enaltecido, como hizo posteriormente el Protestantismo. Y para terminar, el más cercano en fechas, John Keynes, tan sobrevalorado como también refutado, por su teoría acerca de dotar a instituciones nacionales e internacionales de poder, para controlar la economía en épocas de recesión o crisis, ya que,-decía- el libre mercado depende de una gran cantidad de factores aparte del clásico de la oferta y la demanda.
Como ven, un amplio abanico de teorías relacionadas para llegar al actual estado casi general., o el menos europeo, de Crisis Económica. Sería atrevimiento ignorante por mi parte decir que dichas teorías, válidas o innovadoras en su momento, han fracasado al prometer beneficios, como igualmente las contrarias, defendidas por Marx y Engels, que tan nefastas resultaron  al intentar ponerlas en práctica.
Algo ocurre que, en un repaso tan ligero de ellas hemos debido olvidar. Algo que quizás corresponda a un apartado diferente: La naturaleza del hombre. O mejor dicho, las muchas formas de actuación que esa naturaleza presenta en individualidades o incluso colectivos. Y para acercar el tema a la más rabiosa actualidad, evitando irme, como acostumbro por ramas y divagaciones, escribiré a continuación que cualquier teoría por muy estudiada, novedosa o inteligente que resulte, puede caer de bruces frente a hombres concretos y organizaciones que sucumban a uno de los pecados más nefastos que en el transcurso de la historia, viene repitiéndose, al parecer sin sentido de culpa o arrepentimiento: la codicia. Tan actual en el momento presente que sus muchas variantes llenan a diario páginas y horas de noticias sin  que hasta el momento haya quien confiese, a pesar incluso de  pruebas irrefutables, ser adicto a ella.
España se ha transformado en una plataforma de dimensiones incalculables en la que existen más imputados y presuntos corruptos que jueces para juzgarlos e incluso cárceles de ser necesarias. Tenemos a tantos presidentes de Autonomías en los banquillos, tantos alcaldes, secretarios generales, políticos destacados y gestores, que para completar el elenco solo faltaba un duque de alto rango, confabulado, al parecer con muchos de los anteriores. Todos a una, podíamos decir, a la hora de utilizar el cargo para llenarse sus bolsillos. Con amnesia, si hace falta, descaro, o sonrisa de victimismo; confabulando entre todos un país, una región o una ciudad, que de seguir así llegará el día en el que como Don Quijote, no querremos acordarnos ni de su nombre. Forzando a perder la ilusión democrática que alguna vez hayamos sentido. Mirando hacia otro lado cuando aparecen quienes de verdad necesitarían parte de lo robado. Sin que a ninguno, hasta hoy, se les haya caído la cara de vergüenza.
Y es que, a pesar de la crisis, y de las drásticas medidas, si devolviesen quienes están en los banquillos, -sentencia judicial aparte- lo sustraído sin derecho, otro gallo nos cantaría a los pobres ciudadanos españoles.
Ana   María    Mata
Historiadora  y  novelista     

10 de enero de 2012

LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

(Artículo publicado en el diario Marbella Express el 9 de Enero de 2012)

Vargas Llosa dio el nombre arriba expuesto a un brillante ensayo sobre autores del siglo XX en el que explicaba como los relatos se escriben para transformar las inquietudes y los sueños, alterándolos e incluso tergiversándolos con mentiras para compensar las limitaciones de la vida real. Poco imaginaría el Nobel que esta definición casi textual podría ser la explicación también de nuestro flamante gobierno, de acuerdo a su actitud antes y después de las elecciones que acabamos de pasar.
Nueve días después de ser elegido, el señor presidente acordó una serie de medidas, que no solo contravenían sus promesas electorales, sino que se alejaban de lo esperado, y que, por mucho que Bruselas estuviese en su pensamiento al hacerlas, demasiado son los expertos que las cuestionan, y opinan otras formas muy distintas para su realización.


Estaremos de acuerdo en que la cosa está que arde, y en momentos así ni a una pedante literata -como servidora se reconoce-, le apetecen metáforas ni subterfugios líricos.
El gravísimo problema económico obliga a reformas drásticas que no pueden eludirse. Hasta ahí, todos de acuerdo. Veamos como entiende y opina el hombre o mujer de la calle, sobre dichas reformas y recortes. La primera pregunta del ciudadano es sencilla: ¿Por qué no han empezado desde arriba a realizarlas? Ejemplos : Con impuestos a las grandes fortunas, y gravámenes a las Sociedades que encubren la mayoría del dinero de las mismas. Con exclusión de prebendas a políticos, como coches con chófer, tarjetas especiales de crédito, jubilaciones excesivas…etc, teniendo en cuenta que la mayoría de ellos al dejar de serlo, consiguen puestos tan relevantes como direcciones de empresas millonarias, asesorías políticas o financieras, conferenciantes, presidentes de alguna Fundación y demás artilugio que se nos escapa al ciudadano corriente.
 La cuestión sobre la existencia del Senado y a la vez las Diputaciones es otra que  debería resolverse definitivamente para evitar gastos inútiles o al menos no necesarios en este difícil momento. El asunto de las Comunidades Autonómicas es quizás el que más dinero arranca de las arcas de un estado tan débil como el de hoy. Alguna solución deberá ser más útil que la reciente utilizada para cubrir la deuda de cerca de 10.000 millones de la Generalitat Valenciana. Escandaloso ejemplo que nos lleva al interrogante del por qué quienes eran sus gestores o responsables no están literalmente encarcelados. Estamos acostumbrados, negativamente por cierto, a que los autores de robos, desfalcos, corrupciones y malversaciones, sean como la distracción televisiva o periodística de cada informativo, como actores de una negra comedia de enredos donde ellos son los triunfadores, y los demás  tontos pasivos y calladitos. Empezamos a estar cansados de un cliché tan repetido y nefasto. Un sainete sin gracia en el que siempre pierden los mismos.
Si el nuevo gobierno quiere hacer las cosas bien, debe, forzosamente realizar una Reforma Laboral, que profundice en la raíz del asunto más grave dentro de la crisis : el desempleo. No habrá cambios significativos mientras no haya Rebajas Fiscales para los Autónomos y Pequeñas y Medianas Empresas, puesto que ellos son los auténticamente perjudicados que además reciben la nueva carga de impuestos. La Reforma Fiscal, debería acarrear también la desaparición del impuesto sobre Sucesiones, y activar la alarma en lo relacionado con la evasión de capitales y las citadas Sociedades encubiertas.
He leído en algún sitio que las medidas del primer gabinete de Rajoy muestran, junto al incumplimiento de las promesas electorales, una falta de audacia verdadera y de imaginación. Me adhiero a lo arriba escrito. También es destacable la posible nueva forma de contratos que bajo el nombre de “Mini-Job” pretende establecer pagos mínimos por menos horas de trabajo, y al que, debido a la desesperación, pienso, una encuesta de Sigma Dos concede el 49’6% de jóvenes a favor y el 36% en contra. Comprensible en quienes aceptarían cualquier cosa para sobrevivir. La misma desesperación que ha llevado a los habitantes de diferentes pueblos pequeños a disputarse la ubicación de un Cementerio Nuclear. Las cosas están así. Negras. Alarmantes. Tristes. Depresivas para quienes se han formado concienzudamente y no tienen alternativas a su alcance. La  impotencia es un demonio íntimo al que hay que intentar aplacar pero no se consigue ayudando a Bancos y sometiéndose a Europa. No únicamente con ello.
Tal vez haya quien no sepa que en la Francia de 1789, la revolución comenzó por la clase media, burgueses, contra los favoritismos y enjuagues de Nobles, Aristócratas y Reyes. Después llegó a lo que llegó. De no haber existido la Revolución Francesa estaríamos aún en el Medievo. Atención a los ciudadanos llamados de a pie. No tienen por qué imitar al Job de la Biblia.

Ana  María  Mata
Historiadora  y  novelista