Arturo Reque Mata
He empezado a colaborar con el Diario SUR con artículos de opinión quincenales.
Agadezco a Héctor Barbotta su apuesta y espero devolverle la confianza prestada con muchos lectores.
Como siempre ponemos a vuestra disposición nuestro blog para mantener abierto el debate sobre nuestro municipio.
Si no has podido leer mi nuevo artículo en papel puedes hacerlo en el siguiente enlace:
HACER CIUDAD
http://www.diariosur.es/opinion/201607/18/hacer-ciudad-20160718012404-v.html
Artículo anterior:
DESDE LA CONCHA
http://www.diariosur.es/marbella-estepona/201607/04/desde-concha-20160704001203-v.html
Cultura en Marbella: tertulia, arquitectura, fotografía, música y arte en cualquiera de sus acepciones. Entra y participa. Estamos tomando un cafe de media tarde...
18 de julio de 2016
8 de julio de 2016
PAISAJE DESPUES DE LA BATALLA
Lo más parecido a una batalla fue el engendro
de las elecciones recientes en la que nuestros ineptos políticos nos obligaron
a participar, incapaces en los meses anteriores de buscar una salida al hecho
de formar un gobierno aceptable. Aceptable para ellos, quiero decir, debido más
que nada a la constatación de que cuatro cabezas son muchas para que cada una fuese
la destinada a mandar. Me explico: Todos querían la “corona”, el sillón, la
vara de mando, la presidencia, pero los votos no consiguieron lo que cada uno
de estos pesadísimos señores querían bajo el paripé de las urnas. Y de nuevo
donde estábamos.
Cada día los ciudadanos, entre los que me
encuentro en primera fila, tenemos más claro el exceso de ambición de poder que
los dirigentes de los cuatro partidos significados poseen a título personal. El
interés por conseguir un gobierno que nos represente como nación digna y trate
de solucionar, aunque sea poco a poco, los problemas reales de quienes
habitamos esa nación, no es, dese luego la prioridad de sus intenciones. ¿Saben
por qué? Porque de serlo, analizarían con rigor las diferencias y posibles
similitudes entre ellos de acuerdo con el resultado de las urnas; humillarían
un poco la cerviz ante el destinado a ser cabeza, enterrarían sus ambiciones
hasta nuevo aviso, y se dejarían de parloteo inútil, de apariciones en los
medios para decir una y otra vez los latiguillos que nos aburren, y dedicarían tiempo y voluntad a solucionar esta
ingobernabilidad que ellos mismos han producido y en la que, cual laberinto nos
han metido y nos hace casi
despreciarlos.
Escogí
el título de un libro de Juan Goytisolo no al azar, ni tampoco por la metáfora
aparente. “Paisaje después de la batalla” es uno de los libros mejores del
autor, aunque su dificultad de lectura rápida esté al nivel de su fantástico
estilo literario. Y además, porque una de las frases que el propio autor dedica
a su obra me parece definitiva para este momento que vivimos. Dice Goytisolo
con una amplia sonrisa al ser preguntado, que reconoce, que el libro es en
realidad “una acumulación descabalada de mugre”. Ninguna definición me
parecería mejor si me preguntasen como
veo el momento post-electoral, y perdonen mi sinceridad.
También acepta en la misma entrevista que
“Paisaje después de la Batalla”
sea denominado como el libro de la confusión, si algunos quieren verlo así.
Idem de idem, que solía decir un antiguo profesor de magisterio. Totalmente
sumergidos en ella estamos los españolitos de a pie que hemos hecho el favor a
los políticos de ir a las urnas. Me pregunto para qué, si estamos al día de hoy
igual que antes de depositar el papelito en cuestión, lleno de nubarrones y
discordias.
Dicen algunos de los citados que esta ha sido
la votación del miedo. Puede. Pero un miedo zigzagueante, que iba de unos a
otros, como boomerang infantil. El partido ganador consiguió serlo por el miedo
que inculcó hacia la llegada de los novísimos, miedo al bolivarismo, a
supermercados vacíos, a la segregación catalana. Y sus rivales azuzaron en
contra del PP a través del miedo a los
recortes, al sofocante centralismo,
a una corrupción que también es compartida.
Ahora todos quieren mirar hacia otro lado
bajo la apariencia de no contaminarse. Lástima que sea demasiado tarde para
presumir de limpieza y de estar libre de pecado. Ninguno podría tirar la
primera piedra, y parece mentira que no se den cuenta unos y otros que ya va a
ser difícil engañarnos para otras elecciones, porque como en el cuento de
Caperucita les hemos visto la patita oscura y peluda al lobo que representan.
Si es que hay quien se moleste en oír a la
calle, conocerá de primera mano la opinión que de todos ellos tenemos como
políticos que dicen querer representarnos.
Ninguno quiere pactar porque piensan que
quizás nuevas votaciones les llevaría al trono de una vez. El guaperas del puño
y la rosa, el enfadado progresista que ya se veía hasta con chaqueta, y el fino
“intermedio” que se ha llevado la sorpresa del bajón, todos sueñan con la
cúpula absoluta.
No se puede ganar batallas cuando nadie
quiere ir siquiera de teniente o capitán. Todos desean ser general, o si me
apuran, “generalísimo”.
Ana
María Mata
Historiadora y novelista
23 de junio de 2016
CARA AL SOL
No es necesario ponerse la camisa nueva y
menos aún colocar el brazo en alto; por fortuna todo eso prescribió, aunque
dentro de quienes tanto tiempo lo cantamos suene un ligero recuerdo, a medias
entre el miedo y la nostalgia, que acaba en un triste ruido de sables lejanos.
Esto es el aquí y el ahora de una ciudad que
prevé cuadriplicar su aforo dentro de
unos días debido a que una multitud desea encarecidamente poner no solo la
cara, sino todo el cuerpo frente a este sol que, aunque pertenece a la familia
y vive con nosotros, es más él, y trabaja más a fondo cuando el verano asoma su
nariz.
Se espera calor fuerte y hasta extremo porque
el planeta está sobrecalentado y no sabe nadie como hacer para apagar su fuego;
bueno, saberlo se sabe, los científicos están hartos de condenar las emisiones
de gases, la alta toxicidad atmosférica, los residuos ambientales y cosas
parecidas. Pero a los humanos todo eso nos suena a chino y solo queremos, -cual
reencarnación de lagartos antidiluvianos-, ponernos frente al sol y sentir como
nos achicharramos lo más pronto posible.
Marbella huele ya a bronceador y chiringuito
a toda marcha. Arden las playas, los vendedores de hamacas sonríen, lloran las
sardinas esperando la caña que habrá de atravesarlas, los flotadores infantiles
suben de precio y la poca arena gris con que contamos cumple su misión de
quemarnos las plantas de los pies. Todo en orden para adentrarnos en el viejo
Mediterráneo y sentirnos por un instante inmersos en su inmensidad.
¡Al agua patos! Gritaban antiguas voces de
madres y abuelas. Quizás sigan haciéndolo hoy. La Bajadilla, El Fuerte, La Fontanilla, Casablanca,
El Ancón. En cualquiera de ellas, deberíamos gritar ahora: “a las piedras…” y
ponerse un casco aquellos que gustan de tirarse de cabeza al líquido elemento.
Gran problema el de Marbella y sus playas.
Viejo, sin duda. Enquistado en nuestro curriculum como factor negativo especial.
Por mucho que proclamen las banderas obtenidas, que no sabemos cual es el
criterio con que las enjuician. El centro de la ciudad, las playas más
concurridas, poseen la arena mínima para instalar hamacas y toallas
particulares. La Bajadilla ni eso. Entrar en el mar es jugar una batalla
con los pedruscos que tras el rebalaje esperan al novato para romperle un
tobillo, incluso una pierna. Puede que si tiene suerte y el agua está fría no encuentre el latigazo eléctrico de una medusa,
pero se encontrará sin remedio con residuos variados flotando cerca de su
bañador último modelo. Con “nata” añadida para que disfrute del espesor.
Nadie parece darse cuenta de estas cosas. De
los comentarios entre visitantes y residentes sobre la dificultad del baño, lo
poco placentero que resulta venir a Marbella si el objetivo principal es
disfrutar del Mediterráneo y sus playas.
Estamos apurando la paciencia turística del
bañista. Sinceramente, a veces, me planteo si tal y como funcionan estas cosas,
vendría a Marbella con mi familia o buscaría playas más preparadas, limpias y
cómodas. En verano no podemos jugar solo la baza del clima y dormirnos en
laureles inútiles. La
Administración del Estado, Fomento o Costas merecen un
castigo de los habitantes que les han votado por su desvergüenza al ignorar que
Marbella vive esencialmente de turismo y por ella entran el mayor número de
divisas.
No hay derecho a que nos ninguneen, gobierno
tras gobierno, sin que ninguno acometa las reformas indispensables para atajar
estos problemas.
Me pregunto que pasaría si, como en
Fuenteovejuna, todos decidiéramos no pagar impuestos un año al menos, para
mostrar nuestra indignación. Una huelga que les abriera los ojos, haciéndoles
ver que si tanto quieren gobernar los “Cuatro Jinetes” y con tanto empeño, no
basta con salir en televisión, visitar mercados o besar al personal por las
calles. Hay que actuar, y hasta ahora no conocemos la eficiencia de ninguno
cuando ya han tomado posesión del sillón de mando.
Es posible que Marbella sea una “Marca” como
algunos dicen, pero las marcas cambian de nombre, de fama y de ser objeto de
deseo en cuanto a alguna de ellas se le encuentra un defecto importante.
Insisto en que estamos abusando de lo conseguido en lugar de mirar bien todo lo que nos falta para seguir manteniendo
el tipo y la categoría. Admítanme un ejemplo: ¿Imaginan una estación de esquí,
famosa, glamourosa si quieren, con lindas casas de madera, en las que al
lanzarte con tus esquis encuentres en lugar de nieve piedras
puntiagudas?...Hasta Gstaad, o Baqueira tendrían que cerrar sus puertas. La
clase y el señorío, si se cree tener, hay que cuidarlo y tratarlo con mimo.
Se que hay otras cosas igual de importantes
de cara al sol y el verano, como el trato en restaurantes, comercios, bares y
lugares públicos. Como la limpieza absoluta de calles, barrios y plazas. O el
buen funcionamiento de todos los transportes públicos. No digamos la seguridad
ciudadana, motivo por el cual tendremos visitantes rebotados de lugares como
Oriente Medio, incluso Francia o Bélgica. Y si a ello le unimos eventos lúdicos
y culturales, organizados con imaginación y conocimiento de causa,
aseguraríamos –casi– el lugar que creemos tener en la España turística.
Para empezar, protestemos con fuerza del
estado de las playas, de las piedras, y recordemos cómo muy cerca, otros
lugares poseen además de arenas doradas y aguas transparentes, precios
asequibles y gente amable que no se tienen por el ombligo del mundo.
Un poco de humildad y un mucho de esfuerzo. Para
ponernos todos cara al sol. Lo de camisa nueva o vieja son, por fortuna,
fantasmas del pasado.
Ana María Mata
Historiadora y novelista
9 de junio de 2016
LOS CARAMELOS DE JEAN COCTEAU
Ha llegado la hora de oponer a un pasado reciente y
ominoso, otro anterior cuya historia no debemos olvidar quienes tuvimos la
suerte de vivirlo y hasta de participar aunque fuese en papeles totalmente
secundarios.
La reivindicación de la Marbella anterior a los
90, además de muestra de gratitud hacia los interesantes personajes que nos
eligieron, ha de servirnos para recuperar la dignidad que unos años sombríos
estuvo a punto de hacernos perder.
Jean Cocteau es el primero de los rescatados y
objeto de estudio dentro de las actividades que la Universidad de la Unesco en Málaga propone
realizar con el proyecto “Marbella capital Cocteau”, en homenaje
recordatorio al genial escritor, poeta, dramaturgo, cineasta y pintor que allá
en los años 60 nos conoció y acabó definiéndonos como Paraíso Terrenal.
Ana de Pombo y Pepe Carleton fueron sus anfitriones.
Los tres se conocieron en París, en la época de la Bohemia ilustrada
francesa, cuando Ana trabajaba junto a Coco Chanel y Cocteau era el niño mimado
de la intelectualidad, autor de “Les Enfants Terribles”, de “Edipo Rey”, ”Orfeo” y muchas otras, entre ellas una biografía de Picasso, su gran amigo. El actor Jean Marais fue su pareja
hasta el final, dentro de una compleja situación sentimental en tiempos en los
que la homosexualidad era tema tabú. Lo nombró su principal heredero.
Tal vez debido a ese tema en España no era lo suficientemente conocido
fuera de los ambientes intelectuales, y su llegada a Marbella el mismo año en
que el Presidente francés le había concedido el título de “Príncipe de las
letras” pasó desapercibido y le otorgó a él la libertad de moverse como un
nuevo turista.
Nuestro país andaba aún bajo la opaca neblina
cultural de un franquismo alargado en exceso. Me atrevo a decir que aparte de
sus amigos, ninguno de quienes vivíamos en Marbella sabíamos de él. Mi pequeña
historia tiene que ver con ello. La de mi padre, único librero entonces,
también.
Quiero relatarla como la viví. El conocimiento
posterior solo ha añadido brillo a unas imágenes ya de por sí agradables. Las
que pudo retener una adolescente inmersa en la vida de su pueblo.
Pepe Carleton era ya, en esos años, buen cliente de
la librería. De los pocos que leía libros y los encargaba si no los teníamos.
Amable, sonriente siempre, elegante y buen conversador, recuerdo sus historias
de Tánger como una novela que él contaba por entregas. Se notaba que había
vivido bastante a pesar de su juventud. Ana de Pombo, su amiga, fue la mujer
que levantó más comentarios sobre su aspecto desde los tiempos de Dª Elvira.
Ambas tenían algo en común. Su afrancesamiento, sus largas faldas negras, la
pintura excesiva de sus rostros…su ligero aire altivo, y en el caso de Ana sus
grandes sombreros. No era mujer como las españolas de entonces. Llamaba la
atención, y algo se rumoreaba de su pasado en París. Había perdido un hijo,
había sido bailarina y trabajaba con Coco Chanel.
Nos acostumbramos a verla caminar de su casa a la
Maroma, salón de té que abrió en la esquina de Enrique del
Castillo con la carretera. De allí a la Iglesia, donde tenía reclinatorio con su nombre
bordado.
Ana conquistó a Cocteau para su causa marbellí.
Logró traerlo, en principio de visita, instalándolo en su casa, y más tarde él
volvió voluntariamente.
Recuerdo la mañana en que Pepe Carleton nos dijo en
la librería que esa tarde iba a traer a un hombre singular, muy importante en
Francia, y gran artista. Quería ver los libros y comprar prensa. Mi padre,
nervioso como era, nos alertó de la atención que deberíamos prestarle.
Hacía calor y el esperado visitante mostraba sus
pálidas y delgadas piernas con un pantalón que después llamaríamos bermudas.
Alpargatas de cáñamo, y una muy alegre y floreada camisa de fondo rosa.
Imposible en un hombre pasar inadvertido con tal atuendo en la Marbella de 1959 o 60.
Sonriente, muy educado ante la presentación de
Carleton, tomó más de seis periódicos de distintos idiomas y preguntó por libros
franceses. No los había por entonces, solo guías turísticas. Aconsejó a mi
padre que trajese la colección “Livre de pôche” y encargó varios títulos.
A partir de ese día Cocteau nos visitaba de vez en
cuando y recuerdo su afición a García Lorca, Unamuno y Valle-Inclan.
Unos días más tarde mi padre dijo que como atención
al “novelista francés” deberíamos llevarle la prensa diaria a La Maroma. Fui la encargada de
hacerlo, aunque no solo él, sino la afluencia de personajes allí reunidos me
coartaba bastante. Entre otros, estaban Edgar Neville, Mingote, Antonio el
bailarín y Ana de Pombo. Cuando Cocteau se percató de mi presencia con el
montón de periódicos finamente atados con cordel por mi progenitor, se acercó y
acariciando mi barbilla puso en mis manos unos caramelos que tomó de una bonita
caja. “Mercí beaucoup, mon cherí, vous êtes tres gentil”.
Volví un día tras otro, y siempre me recibía él, del
que entonces solo conocía lo dicho por Carleton. Nunca pensé lo que significaba
su importancia literaria, lo mucho que en el futuro el personaje iba a ser
esencial en nuestra lista de visitantes veraniegos.
Cocteau fue unos de nuestros mejores clientes
extranjeros. Quizá el de más variada tipología de géneros literarios: teatro,
cine, pintura, arte en general. Muchos otros vinieron por él.
Aquel verano, antes de marcharse se acercó a
despedirse. No esperábamos el detalle y me emocioné cuando besó mis mejillas y
pronunció su “Au Revoir, cherí, vous êtes charmant”.
Guardo con nostalgia y afecto las cariñosas palabras
de quien mucho más tarde supe su gran importancia artística. Ya destacaban
entonces su mirada intensa, su elegante trato y hasta el glamour distinto que
su persona rezumaba.
Bienvenido sea el proyecto “Marbella capital
Cocteau”. Me sumo a la iniciativa y mando un beso platónico a la figura de
aquel artista, el francés de mis caramelos, que nos dignificó con su presencia.
Ana María Mata
Historiadora y novelista
26 de mayo de 2016
HAY QUE SALVAR EL PATRIMONIO
Una ciudad
puede mirar de frente y a los ojos a quien la habita o al visitante si posee
como aval la riqueza de un Patrimonio histórico y cultural. Debe ser su
guardiana y cuidar de él como tesoro y herencia que recibirán quienes habrán de
venir después. La Historia
se escribe en piedra, papel o lienzos que muestran a través de su contenido lo
más parecido al sentir y el obrar de cuantos vivieron en un preciso espacio de tiempo
y dejaron huella en ello.
En algunas
son tan evidentes que a veces necesitamos cerrar un instante los ojos para no
deslumbrarnos con su belleza. Córdoba, Granada, Sevilla o Toledo son las mejores
embajadoras de nuestro país por todo el planeta, sin que al nombrarlas haga
falta añadir palabra alguna.
España es
rica patrimonialmente porque su situación geográfica la hizo punto de mira
especial para quienes deseaban ampliar sus fronteras y su comercio. El
Mediterráneo nos trajo naves fenicias que crearon Malaka y Gadir, ambas
depositarias de la costumbre vinícola de sus hombres. Roma nos alcanzó de pleno
y tanto en la Citerior
como la Ulterior
toda la península fue romanizada hasta llegar a ser cuna de emperadores como
Trajano, Adriano y Teodosio.
De manera
sucesiva la Historia
nos presenta un feliz caleidoscopio de restos y costumbres que constituyen el
mejor ajuar que una novia feliz desea mostrar a su amado.
Lo negativo
es que tal ajuar no ha sido conservado como debiera y en algunos casos, como el
de Marbella, ni es bien conocido ni se le ha prestado el cuidado y la atención
que merece. La inmediatez de nuestro presente, la rapidez del cambio sufrido en
los últimos tiempos puede ser causa, pero no la única, de que nos hayamos
convertido en una ciudad donde solo parece importar el “aquí y ahora”. La
juventud actual nos podría decir que le debe a lo digital el saber algo de ese
patrimonio que no hemos sabido mostrar ni conservar bien.
La Villa Romana de Río
Verde, posible hábitat de señores cuya dedicación a la actividad de salazón de
pescados les concedería el status de adinerados, posee una colección de
mosaicos con motivos geométricos y culinarios que causa la admiración de
cuantos estudiosos la visitan. La triste, tristísima actuación de malhechores
que causaron el destrozo del rostro de la Gorgona central pesa sobre nuestra
responsabilidad de ciudadanos, y la de los mandatarios especialmente, al no
haber dotado al lugar de los medios necesarios para su protección. Su
antigüedad está fechada en el siglo II antes de Cristo, y su valor es
absolutamente incalculable.
Mejor
suerte parece correr, hasta el momento la basílica Paleo-Cristiana y visigoda
de San Pedro. Confiemos en que su protección sea la adecuada.
Los árabes
construyeron una amplia fortaleza, cuyas piedras son visibles desde el mismo
centro de la ciudad, de la que se conserva restos de una torre, y en cuyos
restos amurallados se construyó en los años cincuenta un grupo de viviendas y
el colegio de monjas salesianas. Como verán magnífica actuación del arquitecto y técnicos,
y de quienes dieron los permisos oportunos. Ignorar la historia ha sido una
constante demoledora y maligna.
Avanzando
en el tiempo, tras la
Reconquista, la ciudad cae en manos cristianas y aparecen
capillas, fuentes y la iglesia mayor, restos hasta ahora en pié aunque no
sabemos cuantas trifurcas generaron su conservación en los feroces años del
cemento.
En el siglo
XVII se construye el Trapiche del Prado, fábrica azucarera que habría de ser el
primer paso industrial de la ciudad y que, tras diversos avatares, sería
fábrica después de licor y llegaría al siglo XX bajo la propiedad de Mateo Álvarez.
En su testamento la donó al pueblo para que en sus terrenos se construyese una
residencia para ancianos. Los años desde la muerte de Mateo Álvarez han ido
pasando y el Trapiche es hoy una hermosa ruina que amenaza con caerse del todo
si de verdad la Junta
y el Ayuntamiento no ponen manos a la obra de restauración como solicita la plataforma
recientemente constituida para su defensa.
El Trapiche
es un resto valioso del inicio industrial marbellí y su pérdida significaría
una vergüenza para todos los que pensamos que nuestra ciudad es algo más que un lugar donde enriquecerse, tal
y como en los pasados tiempos de la “burbuja” la concibieron muchos.
No olvido
la torre de El Cable, igualmente símbolo de nuestro pasado minero, construida
en 1957, cuando aún los tambores del turismo sonaban suaves y algo lejanos.
Servía entre otros elementos para conducir el mineral del Peñoncillo hasta los
barcos que los transportaban. No debemos dejar que el mar y los meteoros la
destruyan. También hay grupos de apoyo para ella. Como los debe haber para
condenar las pintadas de algún descerebrado sobre una de las Torres Almenaras
en los últimos días. La estupidez se convierte en delito.
Dije una
vez y me reafirmo en ello, que no surgimos por generación espontánea ni nos
inventó ningún arribista de pacotilla, a lo más nos descubrieron cuando ya la
historia se había encargado de dejarnos un legado que es deber nuestro y de quienes
nos gobiernan, proteger al máximo.
Ana
María Mata
Historiadora
y novelista
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