16 de junio de 2018

ABUELOS

En aquellos tebeos de PULGARCITO, placer de nuestra infancia y adolescencia, el genial dibujante M. Vázquez creó un personaje especial, dentro de la viñeta conocida como “La familia Cebolleta”: el abuelo. Con larga barba, bufanda, bastón y pie escayolado, el abuelo Cebolleta intentaba una y otra vez relatar a cualquiera que se le pusiera por delante una o dos de sus innumerables “batallitas”, en las cuales era prolijo y concienzudo, razón por la que acostumbraban a huir de él en cuanto le veían aparecer por algún rincón.
Esa imagen del abuelo-batallita se configuró como estereotipo hasta finales del XX, y comienzos del XXI cuando las cosas empezaron a tomar un rumbo diferente. Hasta entonces, los abuelos eran personajes entrañables, pero apartados de la circulación por sus achaques, y en el caso de ser hablador alguno de ellos, por sus batallitas. Se temía el recuento imparable de las hazañas, que se suponía ellos exageraban, y las retahilas de sus vidas anteriores, en ese afán de recordar que la edad avanzada propicia sin remedio.
Se les apartaba de los actos cotidianos, y se acostumbraba a sentarlos al sol en invierno, y a la sombra en verano, mientras los buenos hijos se preocupaban de que tomaran su sopita caliente, su maizena de noche, y un cigarrito de vez en cuando a los varones.
Las abuelas que no habían perdido visión hacían croché para colchas de novias, cortaban las hebras de las judías verdes y a lo mucho mecían con placidez al recién nacido en la cuna.

La Familia Cebolleta

Pero como hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad, la época nueva ha barrido de un soplo esas imágenes que teníamos congeladas en el subconsciente, y ha hecho surgir una generación de abuelos tan distintos, que merecen que les dediquemos al menos estas páginas.
Los padres de hoy trabajan los dos, por lo general, y tienen menos descendientes. Pero los que tienen (habitualmente dos) necesitan a alguien que los cuide mientras sean pequeños hasta que aparezca uno de los progenitores de vuelta del trabajo.
Se empieza por ahí, por la necesidad, y poco a poco se va alargando el tiempo hasta que la inercia y el cariño de los ya viejos, les hace retener a la prole horas y horas, además de darles, y hacer antes, la comida, llevarlos y traerlos del colegio, pasear al bebé por el parque y entretener al mayorcillo, si hace falta jugando con él al fútbol como en los viejos tiempos de antes.
Con la crisis, hubo un importante factor añadido: la falta de trabajo. La economía cayó hasta límites insospechados, y dicha situación obligó a los “yayos” a repartir la pensión con la familia al completo. Gracias a la paga de los abuelos muchas familias españolas han podido seguir alimentando a sus hijos en los años anteriores, incluida la compra del zapato de tenis, el chaquetón o los pantalones vaqueros.
Los abuelos han pasado a ser, de  aquellos retratados en la familia Cebolleta, a unos activos incondicionales a los que -imagino- ya hasta se les permite contar alguna que otra batallita, con tal de que siga colaborando en el planning familiar.
Con lo que no se ha contado, me atrevo a imaginar, es con el cansancio, incluso el agotamiento, de una abuela, por ejemplo, que además de hacer la compra semanal, carrito a cuestas pos las calles, hacer la comida para todos, limpiar lo imprescindible o pasear al bebe y recoger a los niños del colegio, además, decía, tenga algún que otro plan con alguna amiga de su edad para merendar o ir al cine.
Se ha pasado de los abuelos inmóviles a los todo- terreno que jadean presurosos para llegar a todos los sitios donde son necesarios.
Y lo penoso, sin querer ser agorera, es que se les pide que no enfermen. Porque de hacerlo, y con cierto rubor moral, pero certeza, se comienza a mirar la cercanía de un lugar destinado a llevarlos.
Triste final de un circuito del que el abuelo Cebolleta se libró por la magnanimidad de Vázquez, que retiró sus viñetas antes.

                                                                                                 
Ana María Mata    
(Historiadora y Novelista)

2 de junio de 2018

HUELE A FERIA

En el preciso instante en el que la celinda de mi jardín comienza a florecer con la pasión de un joven voluptuoso y las azucenas emergen como blancos soldados en guardia, advierto que San Bernabé nos apremia con deseos de jolgorio y anda cercano el día en que lo veamos en andas. Huele a Feria. El perfume anunciador de las flores es tan fiel como la belleza que nos regalan. No se equivocan nunca y por eso mis viejas neuronas se ven obligadas a conmoverse como si cada una de ellas y todas en rebeldía, decidieran revivir el pasado. Las muchas ferias vividas. Los cambios, las variaciones tan ostentosas. Lo imperturbable de una esencia común, a pesar de ello.
Junio le otorga a Marbella la capacidad de disfrazarse. La oportunidad de cambiar su ropaje cosmopolita por el traje de pueblo. Ese traje que no hemos querido perder y tenemos guardado en la buhardilla de nuestros sentimientos. Todo aquello que fuimos con gozo en el paraíso de la infancia cuando nuestra mirada era transparente y el corazón un caballo que tendía a desbocarse.
Marbella se viste de pueblo. Y tras el ropaje aldeano y las alpargatas de cáñamo comenzamos a vislumbrar el ayer que subyace bajo las tremendas capas del ahora. Aparece Rafael el de las barquitas, con o sin su hijo Eleuterio (audaz y bello mancebo cuya figura nos hacía volver a ellas una y otra vez), y Angelita, su mujer, balanceando rítmicamente con sus manos nuestra barca. Cerca de él, el blanco  puesto de turrones y frutas endulzadas, con sus propietarios saludándonos uno a uno y reconociendo nuestros nombres. Un poco más allá la pequeña Ola que por primera vez tuvimos y se instaló en la Alameda. Mirándose, la caseta oficial, en la que al anochecer una bella y esbelta animadora apretaba entre sus labios el micrófono para balbucear con toda intención “Bésame, bésame mucho…o “Aquellos ojos verdes…”. De golpe, la brillantez de los fuegos artificiales, el estruendo de la traca, la imagen del Pendón  en el balcón municipal rodeado de cabezas enormes bajo las cuales, gigantes y cabezudos saludaban al personal y anunciaban el comienzo de unos días distintos.
Días en los que  el estruendo de las tómbolas se confundía con la música del teatro de Manolita Chen, o las del circo, instalado frente al hotel El Fuerte, blanco el payaso inteligente, lastimero y tontuno el otro, peligroso el trapecio, divertido los equilibristas. Había que trepar después a lo más alto de la cucaña, conseguir la cinta bordada por las admiradoras para la carrera de bicicletas, ser el primero en la carrera de sacos.
Todo cabía en  la Alameda, durante muchos años espacio destinado a nuestras ferias de niños. Cabían los puestos de venta de pulpo asado y gambas cocidas, de algodón rosado repleto de azúcar, de collares y pulseras, de pipas y patatas fritas. Creo recordar que no cupieron ya los coches de choque la primera vez que vinieron, y entonces hubo que bajarla abajo, a la Avenida de los “enamorados”, el solar, raso por entonces, que servía para los encuentros furtivos de las parejas incipientes, para besos rápidos concedidos en la obscuridad, los tanteos fugaces, asustadizos, pecadores.
No había en aquellos años procesión del santo, la devoción vino más tarde con los Romeros, que sacaron a san Bernabé del letargo del altar a los hombros de los jóvenes entusiastas. Terminaba la feria con la romería al Campamento Vigil de Quiñones, niñas vestidas de faralaes, jóvenes empezando con la moda de las sevillanas…alboroto de tres o cuatro días en los ojos cansados de quienes la habían vivido a fondo.

Las niñas teníamos tres trajes distintos, el de cuadritos de tela de vichy para la víspera, el día 10, el recién estrenado, de organdí o piqué bueno, para el 11 y el del año anterior para el tercer día. Sin posibilidad de cambios ni alteraciones. Era un ritual aceptado, asumido con la alegría que proporcionaba saber desde antes que olía a feria, que teníamos al fín algo que celebrar mientras esperábamos que llegara la Virgen del Carmen y bendijera el mar, para poder ir a bañarnos.
La Feria era el Ecuador de nuestros años infantiles, la semana en la que gozábamos de la escasa libertad horaria que nos permitía el férreo orden familiar.
Fuimos felices, porque no ambicionábamos otra cosa. Lo que llegó después nos cogió por sorpresa. Como una avalancha, como un alud. Pero a pesar de todo lo obtenido con el turismo y los tiempos modernos, con la diversidad festiva de la Marbella de hoy, estoy segura de que habrán muchos que recuerden la sensación especial de las barquitas de Rafael y añoren el soniquete musical de la compañía de Manolita Chen.
                                                                                                         
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

14 de mayo de 2018

BANDERAS AZULES

Rodeada de discusiones paralelas, como suele ser habitual entre los actuales mandatarios del consistorio y la oposición, que no pierden ocasión de culparse entre ellos, nos llega la noticia de las banderas azules para las playas del municipio concedidas este año. Al parecer se pierde alguna ( bajo la perspectiva política del adversario ya estaba perdida desde antes) y se logra otra nueva también.
Batalla entre banderas, por tanto, en la que cada cual quiere salir ganador a fuer de conseguir el derrumbe del oponente y dejarlo por mentiroso. Da igual. Hemos llegado a un momento en el que ninguno de los dos nos merece la credibilidad suficiente como para hacerle caso.
La reflexión importante desde mi humilde perspectiva es una diferente en relación con la consecución de las banderas azules. Me pregunto, entre curiosa y extrañada, cuales son las verdaderas causas objetivas que llevan a un jurado, que se le presume conocedor del asunto, a otorgar dichas banderas. Mejor dicho, se conocen algunas de las condiciones para ser alcanzadas, pero ignoramos si otras, de auténtica relevancia, son tomadas verdaderamente en cuenta.
La cuestión de las playas es un tema tan evidente que cualquiera puede sacar por si mismo sus conclusiones. Para hacerlo, solo hay que dar un paseo por las del centro de la ciudad, con un poco de calma y sin ánimo de enfadarse. Digo esto, porque es lo primero que se siente en una simple y fugaz visión. Enfado. Impotencia. Necesidad de preguntar en alto, como quien se libera de un nudo estomacal, como es posible que estas sean de verdad las playas que Marbella presenta como testimonio de su cacareada ruta veraniega y  la “belleza” de su litoral.
El mar puede aparecer impertérrito y bellísimo como arquetipo mediterráneo. Con olas o sin ellas, su color invita a la inmersión y al relax. Pero estas olas y esta espuma avanzan con su acostumbrada monotonía hacia ¿donde ¿  ya que la arena sobre la que debería reposar en gotas susurrantes, brilla por su ausencia.  Unos metros muy escasos de ella acoge como puede esta agua que viene de lejos para recrear una playa inexistente.
La playa sucumbió a los temporales, como cada año, dejando en su lugar, además de unas vacilantes tumbonas, un pedregal inhóspito, hecho de rocas y piedras cortantes, afiladas como cuchillos, donde ningún humano puede colocar un pie.
La realidad es mucho más precisa, sin adjetivos ni metáforas. El centro de Marbella no tiene hoy por hoy una playa que pueda llamarse con tal nombre.
Dicen que en breve llegarán grandes camiones cargados con arena de otros lugares que intentarán paliar la pérdida de las playas y ocultar los pedruscos. Antes de que el gentío abarrote la ciudad y se de cuenta de que todo es una farsa. De que infelices familias observen que no hay lugar para sentarse con la sombrilla si no es en el agua misma.
La pregunta que enlaza con el principio es claramente cual es el criterio para conseguir una bandera azul.
Si fuese racional y objetivo pocas playas de nuestro municipio lo alcanzarían por mucho vigilante en su torreta que coloquen, y muchos barcos a posteriori recogiendo las natas y suciedad flotante.
Es deprimente la situación de las playas en una ciudad que se presenta como adalid del turismo y presume de marca consagrada.

Junto a la vergüenza que me da escribir sobre las playas, observo que todo eso de las banderas, no deja de ser un tupido velo de burocracia y administraciones para encubrir lo único que de verdad hace falta: espigones que conserven la arena .
No está siquiera en los presupuestos. A un año le sigue otro igual. Nos engañan como chinos. Aunque nos concedan banderas.

                                                                                  
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

30 de abril de 2018

TITULOS Y DIPLOMAS


Alberga mucho la naturaleza humana de necesidad de reconocimiento, de saberse aceptado, comprendido y a ser posible, admirado. Para conseguirlo vamos acumulando lo que consideramos méritos, en un intento de alcanzar el deseado efecto adulatorio general. Todo ello genera, en ocasiones un cúmulo de artificio del que quizás no seamos verdaderamente conscientes, pero que puede acabar, en el peor de los casos en rifirrafe innecesario.
 Díganme si no la necesidad apremiante que puede tener un licenciado en Derecho de poseer, además del título que lo avale como tal, un sin fin de diplomas adicionales que lo acrediten en tantas especialidades como asignaturas ha estudiado mientras cursaba la carrera en cuestión. O títulos de Universidades paralelas dando fe de haber asistido, cual alumno aventajado, a cursos iguales pero con nombres distintos de los que ofrece su facultad primigenia.
Ganas de complicar, o como diría un mal pensado de sacar dinero por parte de las entidades públicas y privadas, en lugar de tratar de perfeccionar su funcionamiento en un justo porcentaje de alumnado, profesorado y burocracia.
Lo último hasta el momento ha quedado en el Máster cuasi obligatorio para poder presentar un curriculum que merezca la pena. La moda americana del máster se impuso con fuerza hace años como mala copia de los estudios de post-grado en universidades como Yale o Berkeley, famosas por el elevado índice de Tesis doctorales laureadas.
En España la “titulitis” es un fenómeno que nos retrata desde antiguo, como colofón del viejo refrán que dice que la apariencia es el factor principal, mayor que lo natural e incluso real. Nos sumamos al carro de las enmarcaciones de diplomas como niños que coleccionan  cromos, y para verificarlo, recuerden una sala de espera de médico o abogado joven, donde las paredes carecen con ellos del temido “horrore vacui”.
La avaricia de títulos, colgados o apilados en cartera está terminando por romper el saco de muchos de los apresurados estudiosos o compradores de los mismos, y como  muestra el botón actual de lo ocurrido a la presidenta de Madrid, es la demostración palpable de dicha avaricia.
¿Creen de verdad que necesitaba la señora Cifuentes para gobernar mejor la comunidad un nuevo máster que añadir a su colección de diplomas?  ¿Es que con él tendría más claridad a la hora de emplearse a fondo en dicha gobernación?   ¿Cuál fue la intención de perseverar en su afirmación de haber realizado el trabajo encomendado después de la negación de profesoras de haberlas examinado? Absurdas respuestas a un igualmente absurdo asunto del que era difícil salir sin consecuencias.
La aseveración rotunda y un poco chulesca de la interesada tratando de hacer ver que el título en cuestión le pertenecía y manteniéndose en sus trece cuando ya la evidencia la condenaba, ha originado uno de los episodios más patéticos de los ocurridos últimamente en cuanto a degradación política nacional. El partido que la ha sustentado ha demostrado no poseer en absoluto altura de miras y se ha visto involucrado por su ineficacia.
 Que haya sido un todavía más rocambolesco tema el detonante de la detención no altera la indignación popular por tan alto grado de mentiras y tiempo perdido, apariciones televisivas y rollos de tinta gastados en el tema, mientras cuestiones más acuciantes esperaban en la comunidad de Madrid, y por desgracia, en el resto del país.
Seguimos siendo en ocasiones el país de pandereta que confesara Machado y parece que de tanto en cuando necesitamos fanfarria para sentirnos vivos y en alerta.
Nos vendría bien  un máster en racionalidad.
                                                                                          
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

17 de abril de 2018

RUMORES


La rumorología no siempre coincide con la verdad, aunque a veces, acaban en ella, suele decirse entre los periodistas que, por regla general, suelen hacerle caso. A pesar de ello, me entristece que algunas noticias relacionadas con el municipio sean objetos de rumores lejanos en lugar de llegar con la trasparencia que debieran. Y es que, en ocasiones, el ciudadano se hace preguntas que solo son contestadas a través de rumores o chismorreos.
Hoy voy a hacerme eco de uno de ellos porque afecta a un asunto del que acostumbro a escribir con cierta frecuencia.:la necesidad perentoria de una biblioteca en Marbella, y lo que supone que una ciudad como ella lleve largo tiempo con su carencia.
No conozco, lo digo abiertamente, ningún municipio cercano (algunos muchos más pequeños y con menos renombre que el nuestro) que carezca al menos de una biblioteca pública. Todavía más, las que conozco son edificios con solera y de una elevada prestancia. Marbella parece no necesitar el apoyo que los libros prestan al conocimiento y al acervo cultural de sus ciudadanos. O somos enciclopedias vivientes o nuestros mandatarios poseen un alto índice de necedad. Me temo lo peor.
Vayamos al rumor. Se dice que en el lugar que ocupaba hasta hace muy poco el Museo de los Bonsais, ahora clausurado, puede instalarse la esperada biblioteca, sustituyendo con ello, plantas especiales por libros. La noticia la he visto, incluso, escrita en algún periódico del ramo, ahora sí, en pequeñísimo formato, como si no quisieran darla. Lo he oído también de voces que considero informadas, pero en tono bajo y como al desgaire.
Imagino que la noticia, expresada así, puede corresponder a dos cosas: Una, que no sea cierto, y otra que quienes lo dicen piensen, como hacemos algunos, si de serlo, el lugar sería el más apropiado.
No por su ubicación, sino por las condiciones que, imagino ha debido tener el recinto mientras albergaba a esos árboles enanos, algunos de gran belleza. Condiciones que implicarían un grado de humedad alto, para su supervivencia, como casi toda planta que se precie. Y esa humedad habría de ser totalmente perjudicial en el supuesto caso de que decidiesen introducir en él los libros correspondientes.
Al ser solo un rumor que, al paso del tiempo parece no cumplirse, he decidido no preocuparme por ello, imaginando, de buena fe, que los implicados en el tema, habrán considerado lo de la humedad y demás consecuencias al margen.
No puedo, sin embargo reprimir una pregunta que como siempre, se escapa de mi cabeza al teclado: ¿Es posible que el Ayuntamiento de Marbella no encuentre un local adecuado al cabo de los años, para instalar en su interior una base de conocimiento y cultura tan importante? 

No creo que la creación de una Biblioteca digna fuese a significar el empobrecimiento de las arcas de la ciudad, más bien un gasto necesario entre los muchos que, entiendo, debe tener el consistorio. La extrañeza me viene de no haber visto reflejado en presupuestos anteriores partida alguna para ello, como si en lugar de un bien común cultural se tratase de una más de las muchas fanfarrias que a veces, nos vemos obligados a soportar.
Marbella no debería consentir que un elemento de ese calibre falte en su entorno si quiere merecer el título de ciudad completa y municipio destacado.

No solo de pan vive el hombre, dice un pasaje del Evangelio, y en esos términos, aquí tal vez poseamos ciertas cosas de relumbrón actual, pero siguen faltando las imprescindibles. Y una biblioteca, lo es. Algún día se darán cuenta del error.
                                                                                                       
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

27 de marzo de 2018

LA CLIMATOLOGÍA



Debo sonreír obligatoriamente al pensar como cambian las cosas al mismo tiempo que nosotros cambiamos con ellas. Cuando era adolescente recuerdo la forma tan explícita que existía para informarse del tiempo que iba a hacer en los días e incluso en los meses siguientes. Tal vez haya uno al menos de quienes me lean que recuerde la figura honorable de un monje con hábito marrón (capuchino o franciscano) que llevaba en su mano una barita y sobre la espalda un capuchón abultado. Todo ello enmarcado en una lámina de cartón troquelado que solía colocarse en las cocinas de las casas. Si el tiempo era o iba a ser bueno, el monje se despojaba de la capucha y su barita, en alto, indicaba la temperatura. Si amenazaba lluvia o frío, por arte de magia el religioso tapaba su cabeza y bajaba la barita con aire compungido.
Lo crean o no, rara vez se equivocaba el monje en sus movimientos, y por mucho sol que alumbrase, si decidía cubrirse la cabeza, con seguridad absoluta que pronto empezaría a llover. Era simpático el frailecito de entonces, que de existir hoy sería, sin duda una afamado metereólogo.
Tenemos hoy tantos medios de conocer el tiempo y tantos nombres que darle ,que basta un teléfono móvil para saber si en un mes podemos tumbarnos al sol o preparar el necesario paraguas. Las ciencias, ya se sabe, adelantan que es una barbaridad.

 Con este improvisado prefacio dedico estas líneas a lo que también llamamos meteorología o climatología. Con ella a cuestas, llevamos cerca de dos meses con un tiempo de perros. Visto desde Marbella no es asunto baladí. Casi seis semanas con un sol insignificante y huidizo, casi invisible, mientras hemos caído en manos de borrascas continuas, de cielos plomizos y grises, de lluvias en espacios desiguales y un viento huracanado y molesto a más no poder.
No estamos acostumbrados. O mejor dicho, estamos tan acostumbrados a que nuestro querido astro rey permanezca inamovible en el cielo que nos cubre, tanto, que esta infidelidad inesperada y repetida, nos causa un trastorno especial. Es como si, desde nuestro mal humor por la grisura ambiental le dijéramos que como puede hacernos esta faena a quienes ya lo tenemos y lo consideramos de la familia. El no puede fallarnos, porque de ser así…¿qué sería de nosotros?
Pregunta difícil. Respuesta más difícil todavía. Porque es inimaginable una Marbella como la que hemos vivido estas semanas anteriores Lo es por muchas razones. La primera porque es necesario afirmar, con humildad, que la razón de ser de nuestro turismo, de nuestra fama, es la climatología. No nos enfrasquemos, como hacemos a veces en buscar causas legendarias y complejas del por qué de haber llegado hasta aquí y seer lo que somos. El mérito es del astro que nos vigila en lo alto y a quien los egipcios, con sabiduría llamaron dios Rá. Y de las consecuencias climatológicas producidas por la singular urdimbre del mar y la sierra.
El hombre, nosotros, hemos añadido ornamento y un poco de voluntad. Ornamento no siempre adecuado, a veces incluso deplorable, pero del que hemos tenido la suerte de recibir el perdón. Ya que todo es bello cuando la luz nos inunda y el calorcillo se siente en la sangre. Y todo es triste en la oscuridad.
  

Como reflexión, valdría la pena añadir que nos faltan lugares, sitios y cosas que realizar cuando el cielo se entristece. Que nos faltan museos, locales cerrados acogedores, cines, teatro y distracción para los días de penumbra. Nos falta también, buen alcantarillado, y nos falta, para el tiempo que viene, arena. Arena con mayúsculas con que rellenar playas que hemos perdido en toda esta tristeza.
Esperamos que todo vuelva a sus ser. Mientras, ya ven, el clima es nuestro eje central. Hasta sirve para escribir este artículo mientras veo ondear mis árboles con un ulular sospechoso.
                                                                                            
 Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

12 de marzo de 2018

TURNO PARA MORIR

Casi un siglo después de las grandes tragedias del siglo XX, y a pesar de la Convención de Ginebra o la creación de las Naciones Unidas para intentar resolver los conflictos sin llegar a la guerra, cuan poca ha sido la aportación de la humanidad en ese sentido y que escasos los méritos adquiridos a favor de la paz.
Episodios como el Holocausto deberían habernos vacunado para siempre contra el régimen del terror. Nos parecía que, entonces, muchos miraron para otro lado y permitieron de ese modo que la crueldad reinara en territorios europeos. Pensábamos que  nunca jamás volverían a repetirse aquellas imágenes espeluznantes de seres sacrificados y exterminados, y he aquí que volvemos a ellas hoy en un mundo desarrollado tecnológicamente en exceso pero deshumanizado en sus relaciones personales.
Miremos a Siria por un momento. Aunque solo sea para hipotecar nuestra sonrisa durante el tiempo que la visión nos traiga una imagen cualquiera de la zona de Guta.
En el último bastión opositor en el cinturón rural de Damasco, el régimen de Bashar el Asad y sus aliados repiten la estrategia realizada en Alepo y combaten por tierra y aire en una zona urbana donde se estima que quedan unos 400.000 civiles. No hay líneas rojas y en los últimos cuatro días seis hospitales de Guta han sido atacados según Naciones Unidas.

Vecinos de Duma, la ciudad más importante de la zona de Guta, relatan a la agencia Reuters de este modo su desesperanza: “Esperamos nuestro turno para morir. Vivimos metidos en refugios. Hay seis o más familias juntas por casa y no queda comida…” contaron convencidos de su trágico futuro. Estas ciudades y aldeas están cercadas desde 2012.
El general Suheil al-Hassan, apodado “El Tigre” y conocido por sus victorias en Alepo y Palmira, difundió un mensaje a través de las redes sociales en el que los amenazó como enemigos, con darle una lección de combate y fuego. No se permite la entrada de camiones humanitarios con comida y servicios sanitarios para heridos.
“Esperando el turno para morir”. La frase más espantosa que se ha oído en boca de unos seres que desposeídos de todo, no tienen más que la palabra como último testimonio de unas vidas que van arrancando con precisión; como un epitafio adelantado de hombres mujeres y niños en situaciones límites, cuya única mirada se dirige al cielo para ver de que lado van a caer los bombardeos intensos.
El resto del mundo contempla  las escenas de escombros y vidas sepultadas mientras continúan con sus avatares cotidianos y después de sentir un escalofrío de tristeza siguen peleando por dólares, euros, amores o el poder alcanzado. No se detiene el planeta, la Bolsa sube y baja, los aeropuertos se llenan de pasajeros, el deportista hace deporte, el magnate cuenta sus finanzas,  el periodista escribe, la mujer da a luz y el niño sonríe o llora por un juguete perdido.
Exactamente igual que la Europa de 1914 o la de 1944. Idénticas escenas que las tomadas por reporteros  mientras en los hornos se cremaban a judíos y se los exterminaba en campos de concentración.

La dignidad humana se perdió entre las filas de desaparecidos y asesinados sin nombre cuyo recuerdo debería servir para que en la actualidad, desde todos los infinitos medios creados, asombrosas combinaciones electrónicas , surgiera una voz unánime que gritase y sobre todo que obligara a quienes están detrás de estas órdenes destructivas a detener la infame tragedia de Siria.
No hemos avanzado en nada. El hombre sigue siendo un vampiro para el hombre.

                                                                                             
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)