Prólogo

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CUENTO INFANTIL

¿Qué vale más que la inocencia de un niño?
Pocos momentos hay más felices que acostar a tu hijo y contarle un cuento para dormir viendo en sus ojos la satisfacción de la compañía paterna. Al mío le gusta variar y unas veces me pide que le lea uno de su biblioteca y otras que sea "de cabeza". De esta forma es como me surgió la idea de plasmar en papel uno de los que más le ha gustado. Como comienzo de esta iniciativa literaria, que espero continuar próximamente, os podéis descargar este cuento titulado "ACAMPADA ESPECIAL". Sólo os pido por favor vuestra sincera opinión y que lo disfrutéis.

Saludos,

Arturo Reque Mata

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DULCE

Con motivo del segundo ciclo de encuentros literarios abiertos "Letras en el barrio", el escritor y colaborador Arturo Reque Cereijo presentó el relato que se acompaña.

DULCE

Después de varios intentos, logré finalmente encontrar la postura adecuada para pasar la noche y dar acomodo a mi ansiedad. No me resultó tan fácil lograrlo, a diferencia de otras ocasiones, créanme. Desde que estoy aquí, de eso hace ya un par de meses, la molicie, la desgana la falta de interés y una pérdida total de autoestima, me han convertido en un ser abatido y resignado. Pero hoy he decidido acabar con todo esto. No se si lo lograré. Al menos lo intentaré si puedo controlar mi excitación.

Era una noche sin luna. Permanecí largo tiempo observando la alta valla que circundaba el recinto y que lo aislaba del mundo exterior. Únicamente se tenía acceso por una puerta siempre cerrada con un gran candado de hierro. Dirigí la mirada al patio en el que pude observar dormitar, acurrucados en el suelo a varios compañeros de infortunio. A esas horas no había nadie en la caseta del responsable del recinto. Todo estaba en calma. Todo parecía propicio para intentar escapar de aquél lugar.

Durante muchos años fui miembro de las fuerzas de seguridad del estado. Mis intervenciones fueron muy consideradas en el cuerpo policial y cuento con diplomas de agradecimiento por mi labor no solo en España, sino también en diversas partes del mundo. Seguramente me habrán visto en algún telediario y periódicos al lado de mis jefes, con una medalla colgando sobre mi pecho. La condecoración que se me otorgó en Sarajevo la noche que sufrimos un terrible bombardeo. Gracias a mi intervención, primero alertando al cuartel de la llegada de los aviones y después ayudando con riesgo de mi vida a muchos soldados de la guarnición. Nací con una especial predisposición para detectar cualquier síntoma de peligro y saber como comunicarlo a mis superiores a pesar de no hablar el idioma de muchos de ellos.

Gracias a mis experiencias pasadas no me fue difícil sortear los cuerpos de mis compañeros sin que detectaran mi movimiento y llegar a la zona de la valla en la que se había acumulado el agua de las pasadas lluvias. Allí era donde la tierra debía estar más húmeda y por consiguiente me resultaría fácil excavar un hoyo sin hacer ruido y por el que podría deslizarme sin demasiada dificultad. Así conseguí reptar hacia el exterior.

Bajo mis pies observe las luces de la ciudad. No estaba lejos y aun siendo noche cerrada, la conocía tan bien que no me costaría gran esfuerzo orientar mi fuga. Mientras bajaba por la ladera del monte en donde se encontraba el lugar en el que estaba recluido, no pude dejar de pensar en la dureza de la vida castrense sobre todo cuanto supone acatar las ordenes de los jefes. Obedecer y actuar en consecuencia: sin rechistar. Así lo asumí desde el primer día. He sido fiel a las ordenanzas y nunca las he eludido por difíciles de comprender que fueran. Gracias a ello he gozado de la estima y confianza de mis superiores. Mi comportamiento ha sido siempre intachable hasta el día que abandoné mis obligaciones para ir a encontrarme con una bella vecina sin informar a mis jefes. Falta grave.

Se llama Dulce. Todo en ella lo era: su elegante andar, sus modales, su mirada y sobre todas las cosas su esbelto cuerpo juvenil. Desde que la vi la vez primera se apoderó de mí un sentimiento desconocido hasta entonces. No fui capaz de controlar una irreprimible atracción hacia su presencia. Esperaba ansioso su hora de paseo para coincidir con ella acompañada de alguna de las personas que vivían en la gran villa en la que ella se alojaba,

Yo solía pasear los fines de semana por los mismos lugares que ella lo hacía. Nos cruzamos muchas veces sin intercambiar palabras. Sólo esquivos gestos y miradas que al cabo, mi instinto intuyó como de silenciosa complicidad. A pesar de estar atareado en mis cotidianos menesteres castrenses no había momento del día que dejara de pensar en ella. Era la primera vez que me ocurría algo semejante.

Sorteando el bosquecillo, un arroyo se abría paso entre los árboles y arbustos de su ribera. Allí la encontré una tarde de verano, saltando alegremente entre las piedras, remojándose en alguna de las pozas. Temeroso de interferir en su intimidad permanecí observándola algún tiempo oculto entre el ramaje de una zarzamora. A pesar de ser yo un experto, por mi profesión, en pasar desapercibido, también lo era para saber si mi presencia podía ser detectada con algún movimiento inadecuado. Sabía de sobra como evitar situaciones críticas en actos de campaña, pero carecía del conocimiento suficiente para eludir o detectar otro tipo de peligros ajenos a los estrictamente militares Si lo hubiera tenido no habría dejado mi escondrijo para acercarme a ayudarla a salir del pequeño remolino que la aprisionaba.

Así empezó todo. Ambos esperábamos ansiosos los días de nuestros encuentros. Cada uno ellos parecía que fuese la primera vez. En nuestros paseos no me resultaba difícil eludir a nuestros acompañantes ocultándonos entre los matorrales. Y allí, camuflados en la espesura de los matorrales, con el río como único testigo, comenzó el idilio que fue nuestra perdición.

La tarde de un fin de semana no vino al encuentro. Pasaron varias semanas. Por alguna razón dejó de salir a pasear. Su ausencia me preocupaba de tal manera que incluso me llevó a descuidar mis obligaciones, pendiente a cada rato de la puerta de su casa, al otro lado de una gran avenida y no muy lejana de mi cuartel. Así permanecí, como un centinela, atento a cualquier signo de su presencia.

Por fin la ví asomarse a la cancela de su jardín. No pude reprimir mi emoción ni mi instinto. La llamé. Ella me respondió. Cruzamos ambos la avenida sin mirar a nada ni a nadie sino a nosotros mismos. Corrimos el uno hacia el otro como dos posesos. El conductor del coche que dejó su cuerpo quejumbroso sobre el asfalto no pudo evitar la colisión. Quedó tendida en él con la mirada puesta en mí. Escuché sus angustiosos gemidos de dolor. Pero no pude hacer nada porque desde el cuartel una orden imperiosa me hizo regresar a él de inmediato

A efectos de deducir responsabilidades se estimó que yo era el causante de haber provocado el accidente.

Ella se llama Dulce, la perra favorita de una rica familia alemana, dueña de una gran mansión, y yo, Aníbal, un cuartelero perro pastor. Sus amos intuyendo nuestra inadecuada relación decidieron acabar con ella suprimiendo los paseos. Hago caso omiso de ordenanzas y reglamentos y me escapo para ir en su busca allá donde se encuentre.


Arturo Reque Cereijo

EL AUSENTE

Con motivo del segundo ciclo de encuentros literarios abiertos "Letras en el barrio", la escritora y colaboradora Ana María Mata presentó el relato que se acompaña.

EL AUSENTE

Todo lo que llevaba uniforme había ganado la guerra, incluso taxistas y porteros, pensaba yo por aquel tiempo a expensas de mi tío Alejandro, que era quien me contaba lo que a duras penas podía mi cabeza entender entonces, pero que me gustaba oír en las frías noches burgalesas de sus labios amoratados y siempre sucios de nicotina.

─Debías haberlo visto actuar, Julián, a tu padre. Era el alma del Socorro Rojo, podía estar en mil sitios a la vez. Hacía teatro, conocía a los clásicos. Contaba chistes y a todos nos hacía reír. Tenía a tu madre encandilada…

A ella no le gustaba que hablase de estas cosas, me di cuenta enseguida. Apretaba la Singer con más fuerza, para no oír. Pedaleaba como si le fuera la vida en ello, cosiendo cremalleras y arreglando pantalones una y otra vez. Sus ojos eran grises. Cuando el tío Alejandro charlaba de “lo pasado” se volvían duros, como el brillo del pedregal al amanecer.

El páramo en las horas tardías de la noche es lugar de fantasmas. Viven en la quebrada, tengo para mí, escondidos del sol y de la luz, entre jaras y adelfas. Dormidos. Despiertan al anochecer y suben al páramo. Se disfrazan de nieve y escarcha. A veces llegan hasta la aldea. Yo he visto sus ojillos pegados al cristal de mi ventana, como luciérnagas decepcionadas por el frío. Una vez dejé un resquicio abierto por si querían entrar…

Al principio, cuando llegamos a la aldea pasé muchas noches en blanco. Echaba de menos la ciudad, el ruido de la calle donde jugaba con mis amigos. También me preocupaban mis gusanos, pues con las prisas olvidé ponerles morera, y pensé que podían morir sin hacer el capullo. Esto me producía un enorme sentido de culpa.

El sábado de abril del año en que mi padre se marchó de casa fue un día en conjunto especial, debo reconocerlo, y como tal está impreso en mi mente. Imágenes contrapuestas pero imborrables: la banda roja de seda y oro bordada, la vanidad de ser el primero de la clase; la alegría de ellos, de mis padres, el tío Alejandro, la abuela. Regalos al buen comportamiento, bolsa de canicas gruesas y brillantes, abrazos, apretones,…: felicidad.

Minutos más tarde una extraña llamada. Noto un cambio en el habla de todos, que me suena a sombría y expectante:

-El niño, por favor, llévenlo al cuarto de al lado.

La voz del hombre que acababa de llegar, junto a otro que permanecía en silencio, quedó impresa en mis oídos para siempre. Mi abuela comienza a llorar con suavidad. En un rincón mi madre parecía incrustada en el muro. Jamás olvidaré su temblor.


Llevamos ya dos años aquí, en la aldea. Casi puede decirse que no voy a la escuela, porque preguntan y no quiero contestar. No quiero verme obligado a decir que sólo veo a mi padre dentro de una especie de jaula a la que llaman locutorio.

Busco nidos y me pierdo en la quebrada, donde arranco raíces con las que luego doy de comer a los pájaros. Tengo pocos amigos, noto que me rehuyen desde el verano en que no me admitieron para ir al campamento. Tampoco hago desfiles, ni voy a misa a cantar himnos con ellos en el coro.

La verdad es que me aburro sin la compañía de otros niños, pero las familias de los que conozco no saludan a mi madre por la calle, ni mi abuela se atreve a sentarse en la puerta los días de sol por temor, dice, a que le den una pedrada o los que mandan tomen represalias. No entiendo esa palabra, pero me asusta, la oigo demasiadas veces.

Todos los meses hay un día en que mi madre se atarea en la cocina para preparar “algo comestible”, así lo llama: boniatos, tocino, manteca de cerdo…, lo que puede. Al día siguiente salimos de viaje.

La verdad es que quisiera no tener que ir. El frío en el camión me cala los huesos, porque además el abrigo se ha quedado corto y no es todo lo grueso que debiera para estas tierras tan frías. Y luego allí: odio esas habitaciones lóbregas cerca de las cuales hombres uniformados pasean y vigilan, como perros pendientes de sus presas. Odio el locutorio. Me pregunto en qué se parece ese ser demacrado, encogido, cuyo hilo de voz casi no oigo, al hombre que antes era mi padre. Jamás sonríe. Sus ojos, cada vez más hundidos, parecen no mirar hacia fuera, sino a sí mismo, indiferente a cuanto le rodea, ausente, perdido en el abismo de su infinita desolación.

Camino hacia la puerta esperando con ansiedad que suene la maldita sirena. Un conato de náusea sube hasta mi garganta, el pensamiento vuelve, se instala en mi cerebro y está a punto de salir como un grito de rencor y vergüenza: debió caer en el campo de batalla. O luchar en el lugar adecuado, ése de los luceros que a mí me prohíben conocer. ¿Por qué tuvo que instalarnos para siempre en la derrota…?

Nadie sabe lo terrible que puede llegar a ser haber nacido de un condenado a muerte.

Ana María Mata

Historiadora y novelista

Romper con la rutina

Sinceramente creo que todos deberíamos romper con la rutina y probar nuevas experiencias. No hace falta que sean aventuras en la naturaleza o de riesgo, lo digo por la propia experiencia vivida el pasado martes 13.
Por motivos que no vienen al caso fui al trabajo en autobús de línea. Relato a continuación la experiencia con el transporte público.
Esa mañana salí, todavía de noche con las últimas estrellas resistiendo en el cielo, paseando hacia la estación de autobús, cuestión que me llevó unos 15 minutos y me permitió llegar con 1o de adelanto. La suerte del todavía día 12 hizo que comprase el billete por internet de manera que evité la larga cola de la taquilla. Pregunto al conductor si con el papel impreso es suficiente o tengo que hacer la cola. Con cara de resignación me confirma que es suficiente siempre que el ordenador de la empresa funcione y podamos salir. Cuando finalmente se abren las puertas y estamos casi para salir una señora pide al conductor que le venda el billete directamente y este le dice que no puede, a lo que ella le señala la larga cola y le insiste ya que pierde el autobús y el siguiente es 2 horas más tarde. Con mucha tranquilidad, mientras cuenta el número de pasajeros, le responde que haber madrugado más. Ella le cuenta que ha llegado con 15 minutos de adelanto y el chofer le ironiza con un "¿que son 15 minutos hoy en día?"... No vi la cara de la señora y finalmente se quedó en tierra.
Ya en carretera, todavía en la oscuridad previa al amanecer, mis compañeros de viaje empiezan su particular actuación:
Una señora mayor se queja de que la mujer joven de delante ha reclinado su asiento para echar una cabezadita sin contemplaciones hacia el pasajero de atrás. Y así se queda.
Alguno enciende su luz y lee algún documento de trabajo o apunte de clase.
La música ambiental es "Los 40 Principales" y las bromas que gastan a esa hora son a cada cual más pesada.
Empiezan las primeras toses y contagio generalizado. "Gripes" diversas recirculadas por el aire acondicionado del vehículo.
Un señor pide clemencia al conductor para que suba la temperatura ya que empezamos a preocuparnos por nuestra salud, pero claro, también hay que entender que se le empaña el cristal y no sabemos que es prioritario. Finalmente accede a subir un par de grados el aire.
El precioso amanecer me sorprende mostrándome un paisaje que desde esta nueva perspectiva de pasajero y mayor altura me parece complétamente desconocida.
Mi compañero me ha debido notar más despierto y se anima a contarme su vida. Le quedan 29 horas de viaje. Si, habéis leído bien, 29, se va hasta Sidney con escala en Alaska.. Que casualidad que el reportaje de ayer en Españoles por el mundo era de esa ciudad. En verdad vive en Darwin y pilota todos los días su propia avioneta hasta Sidney para trabajar. Lleva un móvil con el GPS encendido y ya en el atasco de Málaga me comenta que el conductor ha ido un poco lento en la subida del Arroyo de la Miel ya que su GPS le indicaba que iba a 60km/h. En estos momentos va a 11 por eso del atasco. Cree que puede llegar tarde a una reunión con sus jefes de España. Estos atascos no los tiene en Australia.

Al despedirnos, sin habernos presentado, me indica que si voy de viaje a Australia pregunte por Márquez ya que en Sidney no hay otro con ese apellido.

Que bien me lo he pasado. Será cuestión de repetir algún otro día.

Arturo Reque
Arquitecto

La riqueza de la amistad

Siempre he necesitado tener alguien cercano en mi vida, diferente a la familia, por eso de contar con un punto de vista ajeno, pero que te conoce y solo con estar ahí te ayuda a desahogarte, sin consejos ni sobre análisis. Máxima sencillez y discreción. ¡¡Magnífica terapia!!

Resulta que cuando uno se pone a analizar el ramillete de amistades que tiene estas son de lo más variopinto. Y me encanta. Te das cuenta lo importantes que llegan a ser y de como llegan a influir en tu vida. Hay momentos en los que necesitas a alguno en especial a tu lado y otros en los que también hay alguno de ellos al que no quieres ver ni en pintura. Unos te hacen sentirte importante por como te escuchan y valoran, de otros te relajan sus criterios y maneras de transmitir opiniones. En algunos te fijas como objetivo de por donde quieres enfocar tu vida profesional, y en otros envidias el tipo de vida ociosa que llevan. Unos te aportan criterio para analizar las situacionesdifícil es y otros como tomar la iniciativa. Con algunos aprendes el valor de las pequeñas cosas y otros prefieren el enfoque difuminado.

No hay mejores ni peores, todos son absolutamente imprescindibles.

Cada cual tiene su manera de ser, sus estados de ánimo y sus manías. Se trata de ver el lado positivo de las cosas y la amistad es un bien muy preciado que nos enriquece a todos recíprocamente.

Saludos,


Arturo Reque Mata
Arquitecto y deportista





QUE LLEGAN LOS FORTY

Va a ser verdad que cuando se llega a los "forty" nos da por volver a hacer aquellas cosas de juventud que hace tiempo abandonamos. He de reconocer que aunque aún no he llegado a esa cifra ya me ha picado el gusanillo y voy desempolvando los viejos pies de gato, miro de soslayo la piragua, compruebo el estado de las raquetas de tenis, etc. Aun así creo que hay varias influencias en este estado de melancolía. Por una parte recordando a través de mi hijo juegos de infancia, canciones y juguetes. Para colmo he encontrado hace poco unas redacciones que escribí con 12 o 13 años y que ahora me sirven para leerselas a la hora de dormir. Por otro lado, uno de mis compañeros de trabajo, de mi misma generación pero mejor memoria que yo, no para de recordarme películas, anuncios y otras batallitas de entonces.
Cuesta hacerse a la idea de que ya somos como lo que recordamos de nuestros padres, porque la imagen de un señor de cuarenta de hace varias décadas es la de un padre de familia que está muy ocupado y que el fin de semana te acompaña a jugar al tenis o al fútbol y que impone disciplina en casa. O tal vez no seamos tan iguales. Yo por si acaso voy mirando de reojo a los que ya han entrado en la cuarentena para ver como se lo toman, como les afecta y estar preparado.

Os dejo que van a decir quién va a ser la sede de la olimpiada 2016. Igual estoy a tiempo para participar en algo, aunque sea diseñando las papeleras...

Arturo Reque Mata.
Arquitecto y deportista.




YA LLEGÓ EL OTOÑO


Refresca por la mañana temprano en la playa, ya hay que llevar algo más que la camiseta encima. Es mi época favorita para hacer fotos, con unas nubes preciosas, de colorines, una luz buenísima, y los árboles cambiando de color, hacia tonos ocres, que tan bien quedan en las fotos.

Os dejo una pequeña aportación al otoño. Espero que os guste un poquito.

Saludos.

Órfilo M. Aranda.