4 de agosto de 2018

PAISAJES CONTRASTADOS


Sabemos que la amplia geografía de nuestra piel de toro es de las más variadas de Europa y su litoral rico en contrastes y rincones diferenciados. De Norte a Sur y de Este a Oeste, España desarrolla una urdimbre de tierras y paisajes tan diferentes entre sí como la población que la habita.
Me gustaría analizar hoy las existentes entre dos núcleos que las circunstancias vitales me han llevado a conocer bien.
Playa de Amio. Pechón
Desde hace muchos años cada verano la familia entera hacemos maletas y retomamos una y otra vez el camino del norte. Allí, entre Asturias y Santander, un rincón exótico y verde, recoleto y de nombre curioso nos espera para regalarnos una vez más todo lo que le pertenece por derecho de la caprichosa naturaleza. La belleza de su vegetación, arboleda, flores y acantilados es tan especial como el nominativo que nadie sabe de que manera le fue adjudicado: Pechón es un pueblito pequeño, circundado por dos grandes rías, Tina Mayor y Tina Menor, que se yergue humilde y orgulloso a la vez en una colina cuyos pies desembocan en un Cantábrico generoso que da forma en sus playas a formaciones rocosas como la muy bella denominada El Castril.
El paisaje divisado desde su punto más alto es de una belleza espectacular que  deja al visitante con un gesto de asombro, cuya desaparición solo llegará a fuerza de repetidas visitas.

Todo sería perfecto en estas vacaciones norteñas, si no fuera ¡ay! por la presión a que el tiempo nos somete. El climatológico, me refiero. Los dioses debieron pensar que lo ab soluto solo a ellos pertenece y consintieron en donarle una variadísima ración de nubes, tormentas, lluvia fina y gruesa…en general de días otoñales en pleno mes de julio.
Nada es perfecto, dicen ellos, en su  encomiable aceptación al cubrirse con chubasqueros y paraguas, mientras contemplan como el cielo sigue gris oscuro sin ánimo de ayudar al veraneante.
Me admira el carácter del paisano norteño, renqueante ante las tormentas, pero sin resignarse a que un chirimiri pegadizo les estropee su día de juegos en la playa, adonde se dirigen con presteza aunque lo hagan con un paraguas en la mano.
Pechón es la balanza de mis divagaciones paisajísticas. Mientras en mi lugar de origen sudaban la gota gorda y corrían como almas que lleva el diablo a playas y piscinas, en mi rincón de aislamiento, la gente comenta con naturalidad el bello “orballo” que riega sin cesar sus prados, suspiran mirando el cielo, pero sin perder la sonrisa, resignados a perder momentos playeros a sabiendas de que ello servirá para que el verde lo sea más intenso aún con cada gota que caiga.
Cuando alabamos los de fuera  sus frondosos bosques de árboles y helechos, la sensación selvática algunas veces sentida entre ellos, siempre hay alguien que con voz pausada paro firme exclama : Para que existan hay que pagar una cuota a veces dura, y esto es el aguacero intermitente.
Paya de las Arenas. Pechón (Foto: Pablo Sánchez Reque)
Tienen razón. Su paisaje es tan diferente del sureño, tan excepcional para alguien de la meseta, de los páramos interiores, que lo menos que nos piden es comprensión para entender como puede llegar a formarse una frondosidad tan inhabitual por nuestras tierras.

España múltiple y rica en excesos de todo tipo. También la forma de ser de los nacidos en una u otra región lo proclama. Frente a nuestra exuberancia verbal, la algarabía que nos arrastra a veces, ellos representan el contraste modular en sus voces, la sonrisa frente a la carcajada.
Extraordinario país donde se puede pasar en un mismo tiempo del verano de fuego a un invierno suave, lleno de esperanzas. Alegría de paisajes contrastados.
                                                                                                
Ana María Mata       
(Historiadora y Novelista)

2 de julio de 2018

EL ESTADO DE LA CIUDAD


Uno de los escasos  triunfos que se obtiene con los años es el derecho al escepticismo. Un escepticismo ganado a pulso a fuerza de desengaños, mentiras y falsedades en torno a cuanto rodea la vida cotidiana. No digamos nada de la vida política, eje principal sobre el que descansa la falta de confianza y el sentimiento de frustración.
Hoy por hoy, nadie  me hace creer lo que los partidos pretenden: que no existe error alguno en sus propias filas, ni mérito alguno en el adversario. Con estas dos premisas se mueven entre ellos criticándose mutuamente los logros, y dejando al personal asombrado de su desfachatez. La de los dos, que en esto no existe diferencia apreciable en ninguno, cada cual dispuesto  a convencernos de ser el mejor, y para ello, la eficacia –creen-, es hundir al contrario.
El Ayuntamiento de Marbella celebró el pasado jueves el debate sobre el Estado de la Ciudad, y esta sesión, obligatoria para las grandes ciudades, sería el momento ideal para sacar a la luz las fortalezas y debilidades del municipio, y de acuerdo con ello, establecer líneas de acción en las que se planteen objetivos colectivos y soluciones a los asuntos más importantes.
Sin embargo, y de acuerdo con las primeras líneas escritas, el debate se convirtió en una merienda de negros, en argot popular, o dicho de otra forma, en visiones unilaterales de los problemas del municipio, sin concesión alguna a la autocrítica o la mínima al adversario. De tal manera, que los intervinientes parecían vivir en dos ciudades diferentes: la primera hundida hasta que llegó la moción de censura, sin concederle ninguna acción favorable a quienes ocupaban el sillón municipal y la otra, afirmando que la de hoy es una ciudad sucia, insegura y sin rumbo, regida despóticamente por quienes ahora son sus gobernantes.
Mientras, los asuntos auténticamente necesarios de resolver, cuyas denominación hasta un niño de pecho conoce, léase ampliación del Hospital Comarcal, necesidad de ambulatorios nuevos, problema de arenas en las playas, solución a la bocana del puerto pesquero, falta de colegios…y algunas más menos urgentes, quedaron en el aire impregnado de insultos y ataques mutuos, como si de un partido de fútbol se tratara.
Me pregunto si los políticos, intervinientes o no en el debate, se darán cuenta de lo que significa para la ciudad y sus ciudadanos ese tipo de actitud, que ya parece una regla rígida e inamovible en la política, que la denigra y hace que los problemas se eternicen mientras unos luchan contra otros en una orgía de desencuentros.
Es triste que todo se reduzca a eso, copiando, es cierto, lo peor del parlamento tanto autonómico como nacional. Si en algo debería diferenciarse la política municipal de la de sus hermanos mayores debería ser en la facilidad para conseguir consensos a partir de necesidades urgentes, concretas, y cercanas de los vecinos.
  Creo que es fácil de comprender el inicio de este artículo cuando escribía sobre el escepticismo. En estas condiciones y con estos “parlamentarios” ya me dirán si merece la pena molestarse en saber cuales son sus requerimientos y las respuestas. Dicho de otra forma: Quienes de los que intervinieron fueron más locuaces en sus críticas y quienes más desmelenados y feroces.
Tal vez ustedes quieran mantener así y todo, la esperanza. Permitan que el escepticismo siga gobernando mis días.                                                   

Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

16 de junio de 2018

ABUELOS

En aquellos tebeos de PULGARCITO, placer de nuestra infancia y adolescencia, el genial dibujante M. Vázquez creó un personaje especial, dentro de la viñeta conocida como “La familia Cebolleta”: el abuelo. Con larga barba, bufanda, bastón y pie escayolado, el abuelo Cebolleta intentaba una y otra vez relatar a cualquiera que se le pusiera por delante una o dos de sus innumerables “batallitas”, en las cuales era prolijo y concienzudo, razón por la que acostumbraban a huir de él en cuanto le veían aparecer por algún rincón.
Esa imagen del abuelo-batallita se configuró como estereotipo hasta finales del XX, y comienzos del XXI cuando las cosas empezaron a tomar un rumbo diferente. Hasta entonces, los abuelos eran personajes entrañables, pero apartados de la circulación por sus achaques, y en el caso de ser hablador alguno de ellos, por sus batallitas. Se temía el recuento imparable de las hazañas, que se suponía ellos exageraban, y las retahilas de sus vidas anteriores, en ese afán de recordar que la edad avanzada propicia sin remedio.
Se les apartaba de los actos cotidianos, y se acostumbraba a sentarlos al sol en invierno, y a la sombra en verano, mientras los buenos hijos se preocupaban de que tomaran su sopita caliente, su maizena de noche, y un cigarrito de vez en cuando a los varones.
Las abuelas que no habían perdido visión hacían croché para colchas de novias, cortaban las hebras de las judías verdes y a lo mucho mecían con placidez al recién nacido en la cuna.

La Familia Cebolleta

Pero como hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad, la época nueva ha barrido de un soplo esas imágenes que teníamos congeladas en el subconsciente, y ha hecho surgir una generación de abuelos tan distintos, que merecen que les dediquemos al menos estas páginas.
Los padres de hoy trabajan los dos, por lo general, y tienen menos descendientes. Pero los que tienen (habitualmente dos) necesitan a alguien que los cuide mientras sean pequeños hasta que aparezca uno de los progenitores de vuelta del trabajo.
Se empieza por ahí, por la necesidad, y poco a poco se va alargando el tiempo hasta que la inercia y el cariño de los ya viejos, les hace retener a la prole horas y horas, además de darles, y hacer antes, la comida, llevarlos y traerlos del colegio, pasear al bebé por el parque y entretener al mayorcillo, si hace falta jugando con él al fútbol como en los viejos tiempos de antes.
Con la crisis, hubo un importante factor añadido: la falta de trabajo. La economía cayó hasta límites insospechados, y dicha situación obligó a los “yayos” a repartir la pensión con la familia al completo. Gracias a la paga de los abuelos muchas familias españolas han podido seguir alimentando a sus hijos en los años anteriores, incluida la compra del zapato de tenis, el chaquetón o los pantalones vaqueros.
Los abuelos han pasado a ser, de  aquellos retratados en la familia Cebolleta, a unos activos incondicionales a los que -imagino- ya hasta se les permite contar alguna que otra batallita, con tal de que siga colaborando en el planning familiar.
Con lo que no se ha contado, me atrevo a imaginar, es con el cansancio, incluso el agotamiento, de una abuela, por ejemplo, que además de hacer la compra semanal, carrito a cuestas pos las calles, hacer la comida para todos, limpiar lo imprescindible o pasear al bebe y recoger a los niños del colegio, además, decía, tenga algún que otro plan con alguna amiga de su edad para merendar o ir al cine.
Se ha pasado de los abuelos inmóviles a los todo- terreno que jadean presurosos para llegar a todos los sitios donde son necesarios.
Y lo penoso, sin querer ser agorera, es que se les pide que no enfermen. Porque de hacerlo, y con cierto rubor moral, pero certeza, se comienza a mirar la cercanía de un lugar destinado a llevarlos.
Triste final de un circuito del que el abuelo Cebolleta se libró por la magnanimidad de Vázquez, que retiró sus viñetas antes.

                                                                                                 
Ana María Mata    
(Historiadora y Novelista)

2 de junio de 2018

HUELE A FERIA

En el preciso instante en el que la celinda de mi jardín comienza a florecer con la pasión de un joven voluptuoso y las azucenas emergen como blancos soldados en guardia, advierto que San Bernabé nos apremia con deseos de jolgorio y anda cercano el día en que lo veamos en andas. Huele a Feria. El perfume anunciador de las flores es tan fiel como la belleza que nos regalan. No se equivocan nunca y por eso mis viejas neuronas se ven obligadas a conmoverse como si cada una de ellas y todas en rebeldía, decidieran revivir el pasado. Las muchas ferias vividas. Los cambios, las variaciones tan ostentosas. Lo imperturbable de una esencia común, a pesar de ello.
Junio le otorga a Marbella la capacidad de disfrazarse. La oportunidad de cambiar su ropaje cosmopolita por el traje de pueblo. Ese traje que no hemos querido perder y tenemos guardado en la buhardilla de nuestros sentimientos. Todo aquello que fuimos con gozo en el paraíso de la infancia cuando nuestra mirada era transparente y el corazón un caballo que tendía a desbocarse.
Marbella se viste de pueblo. Y tras el ropaje aldeano y las alpargatas de cáñamo comenzamos a vislumbrar el ayer que subyace bajo las tremendas capas del ahora. Aparece Rafael el de las barquitas, con o sin su hijo Eleuterio (audaz y bello mancebo cuya figura nos hacía volver a ellas una y otra vez), y Angelita, su mujer, balanceando rítmicamente con sus manos nuestra barca. Cerca de él, el blanco  puesto de turrones y frutas endulzadas, con sus propietarios saludándonos uno a uno y reconociendo nuestros nombres. Un poco más allá la pequeña Ola que por primera vez tuvimos y se instaló en la Alameda. Mirándose, la caseta oficial, en la que al anochecer una bella y esbelta animadora apretaba entre sus labios el micrófono para balbucear con toda intención “Bésame, bésame mucho…o “Aquellos ojos verdes…”. De golpe, la brillantez de los fuegos artificiales, el estruendo de la traca, la imagen del Pendón  en el balcón municipal rodeado de cabezas enormes bajo las cuales, gigantes y cabezudos saludaban al personal y anunciaban el comienzo de unos días distintos.
Días en los que  el estruendo de las tómbolas se confundía con la música del teatro de Manolita Chen, o las del circo, instalado frente al hotel El Fuerte, blanco el payaso inteligente, lastimero y tontuno el otro, peligroso el trapecio, divertido los equilibristas. Había que trepar después a lo más alto de la cucaña, conseguir la cinta bordada por las admiradoras para la carrera de bicicletas, ser el primero en la carrera de sacos.
Todo cabía en  la Alameda, durante muchos años espacio destinado a nuestras ferias de niños. Cabían los puestos de venta de pulpo asado y gambas cocidas, de algodón rosado repleto de azúcar, de collares y pulseras, de pipas y patatas fritas. Creo recordar que no cupieron ya los coches de choque la primera vez que vinieron, y entonces hubo que bajarla abajo, a la Avenida de los “enamorados”, el solar, raso por entonces, que servía para los encuentros furtivos de las parejas incipientes, para besos rápidos concedidos en la obscuridad, los tanteos fugaces, asustadizos, pecadores.
No había en aquellos años procesión del santo, la devoción vino más tarde con los Romeros, que sacaron a san Bernabé del letargo del altar a los hombros de los jóvenes entusiastas. Terminaba la feria con la romería al Campamento Vigil de Quiñones, niñas vestidas de faralaes, jóvenes empezando con la moda de las sevillanas…alboroto de tres o cuatro días en los ojos cansados de quienes la habían vivido a fondo.

Las niñas teníamos tres trajes distintos, el de cuadritos de tela de vichy para la víspera, el día 10, el recién estrenado, de organdí o piqué bueno, para el 11 y el del año anterior para el tercer día. Sin posibilidad de cambios ni alteraciones. Era un ritual aceptado, asumido con la alegría que proporcionaba saber desde antes que olía a feria, que teníamos al fín algo que celebrar mientras esperábamos que llegara la Virgen del Carmen y bendijera el mar, para poder ir a bañarnos.
La Feria era el Ecuador de nuestros años infantiles, la semana en la que gozábamos de la escasa libertad horaria que nos permitía el férreo orden familiar.
Fuimos felices, porque no ambicionábamos otra cosa. Lo que llegó después nos cogió por sorpresa. Como una avalancha, como un alud. Pero a pesar de todo lo obtenido con el turismo y los tiempos modernos, con la diversidad festiva de la Marbella de hoy, estoy segura de que habrán muchos que recuerden la sensación especial de las barquitas de Rafael y añoren el soniquete musical de la compañía de Manolita Chen.
                                                                                                         
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

14 de mayo de 2018

BANDERAS AZULES

Rodeada de discusiones paralelas, como suele ser habitual entre los actuales mandatarios del consistorio y la oposición, que no pierden ocasión de culparse entre ellos, nos llega la noticia de las banderas azules para las playas del municipio concedidas este año. Al parecer se pierde alguna ( bajo la perspectiva política del adversario ya estaba perdida desde antes) y se logra otra nueva también.
Batalla entre banderas, por tanto, en la que cada cual quiere salir ganador a fuer de conseguir el derrumbe del oponente y dejarlo por mentiroso. Da igual. Hemos llegado a un momento en el que ninguno de los dos nos merece la credibilidad suficiente como para hacerle caso.
La reflexión importante desde mi humilde perspectiva es una diferente en relación con la consecución de las banderas azules. Me pregunto, entre curiosa y extrañada, cuales son las verdaderas causas objetivas que llevan a un jurado, que se le presume conocedor del asunto, a otorgar dichas banderas. Mejor dicho, se conocen algunas de las condiciones para ser alcanzadas, pero ignoramos si otras, de auténtica relevancia, son tomadas verdaderamente en cuenta.
La cuestión de las playas es un tema tan evidente que cualquiera puede sacar por si mismo sus conclusiones. Para hacerlo, solo hay que dar un paseo por las del centro de la ciudad, con un poco de calma y sin ánimo de enfadarse. Digo esto, porque es lo primero que se siente en una simple y fugaz visión. Enfado. Impotencia. Necesidad de preguntar en alto, como quien se libera de un nudo estomacal, como es posible que estas sean de verdad las playas que Marbella presenta como testimonio de su cacareada ruta veraniega y  la “belleza” de su litoral.
El mar puede aparecer impertérrito y bellísimo como arquetipo mediterráneo. Con olas o sin ellas, su color invita a la inmersión y al relax. Pero estas olas y esta espuma avanzan con su acostumbrada monotonía hacia ¿donde ¿  ya que la arena sobre la que debería reposar en gotas susurrantes, brilla por su ausencia.  Unos metros muy escasos de ella acoge como puede esta agua que viene de lejos para recrear una playa inexistente.
La playa sucumbió a los temporales, como cada año, dejando en su lugar, además de unas vacilantes tumbonas, un pedregal inhóspito, hecho de rocas y piedras cortantes, afiladas como cuchillos, donde ningún humano puede colocar un pie.
La realidad es mucho más precisa, sin adjetivos ni metáforas. El centro de Marbella no tiene hoy por hoy una playa que pueda llamarse con tal nombre.
Dicen que en breve llegarán grandes camiones cargados con arena de otros lugares que intentarán paliar la pérdida de las playas y ocultar los pedruscos. Antes de que el gentío abarrote la ciudad y se de cuenta de que todo es una farsa. De que infelices familias observen que no hay lugar para sentarse con la sombrilla si no es en el agua misma.
La pregunta que enlaza con el principio es claramente cual es el criterio para conseguir una bandera azul.
Si fuese racional y objetivo pocas playas de nuestro municipio lo alcanzarían por mucho vigilante en su torreta que coloquen, y muchos barcos a posteriori recogiendo las natas y suciedad flotante.
Es deprimente la situación de las playas en una ciudad que se presenta como adalid del turismo y presume de marca consagrada.

Junto a la vergüenza que me da escribir sobre las playas, observo que todo eso de las banderas, no deja de ser un tupido velo de burocracia y administraciones para encubrir lo único que de verdad hace falta: espigones que conserven la arena .
No está siquiera en los presupuestos. A un año le sigue otro igual. Nos engañan como chinos. Aunque nos concedan banderas.

                                                                                  
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

30 de abril de 2018

TITULOS Y DIPLOMAS


Alberga mucho la naturaleza humana de necesidad de reconocimiento, de saberse aceptado, comprendido y a ser posible, admirado. Para conseguirlo vamos acumulando lo que consideramos méritos, en un intento de alcanzar el deseado efecto adulatorio general. Todo ello genera, en ocasiones un cúmulo de artificio del que quizás no seamos verdaderamente conscientes, pero que puede acabar, en el peor de los casos en rifirrafe innecesario.
 Díganme si no la necesidad apremiante que puede tener un licenciado en Derecho de poseer, además del título que lo avale como tal, un sin fin de diplomas adicionales que lo acrediten en tantas especialidades como asignaturas ha estudiado mientras cursaba la carrera en cuestión. O títulos de Universidades paralelas dando fe de haber asistido, cual alumno aventajado, a cursos iguales pero con nombres distintos de los que ofrece su facultad primigenia.
Ganas de complicar, o como diría un mal pensado de sacar dinero por parte de las entidades públicas y privadas, en lugar de tratar de perfeccionar su funcionamiento en un justo porcentaje de alumnado, profesorado y burocracia.
Lo último hasta el momento ha quedado en el Máster cuasi obligatorio para poder presentar un curriculum que merezca la pena. La moda americana del máster se impuso con fuerza hace años como mala copia de los estudios de post-grado en universidades como Yale o Berkeley, famosas por el elevado índice de Tesis doctorales laureadas.
En España la “titulitis” es un fenómeno que nos retrata desde antiguo, como colofón del viejo refrán que dice que la apariencia es el factor principal, mayor que lo natural e incluso real. Nos sumamos al carro de las enmarcaciones de diplomas como niños que coleccionan  cromos, y para verificarlo, recuerden una sala de espera de médico o abogado joven, donde las paredes carecen con ellos del temido “horrore vacui”.
La avaricia de títulos, colgados o apilados en cartera está terminando por romper el saco de muchos de los apresurados estudiosos o compradores de los mismos, y como  muestra el botón actual de lo ocurrido a la presidenta de Madrid, es la demostración palpable de dicha avaricia.
¿Creen de verdad que necesitaba la señora Cifuentes para gobernar mejor la comunidad un nuevo máster que añadir a su colección de diplomas?  ¿Es que con él tendría más claridad a la hora de emplearse a fondo en dicha gobernación?   ¿Cuál fue la intención de perseverar en su afirmación de haber realizado el trabajo encomendado después de la negación de profesoras de haberlas examinado? Absurdas respuestas a un igualmente absurdo asunto del que era difícil salir sin consecuencias.
La aseveración rotunda y un poco chulesca de la interesada tratando de hacer ver que el título en cuestión le pertenecía y manteniéndose en sus trece cuando ya la evidencia la condenaba, ha originado uno de los episodios más patéticos de los ocurridos últimamente en cuanto a degradación política nacional. El partido que la ha sustentado ha demostrado no poseer en absoluto altura de miras y se ha visto involucrado por su ineficacia.
 Que haya sido un todavía más rocambolesco tema el detonante de la detención no altera la indignación popular por tan alto grado de mentiras y tiempo perdido, apariciones televisivas y rollos de tinta gastados en el tema, mientras cuestiones más acuciantes esperaban en la comunidad de Madrid, y por desgracia, en el resto del país.
Seguimos siendo en ocasiones el país de pandereta que confesara Machado y parece que de tanto en cuando necesitamos fanfarria para sentirnos vivos y en alerta.
Nos vendría bien  un máster en racionalidad.
                                                                                          
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

17 de abril de 2018

RUMORES


La rumorología no siempre coincide con la verdad, aunque a veces, acaban en ella, suele decirse entre los periodistas que, por regla general, suelen hacerle caso. A pesar de ello, me entristece que algunas noticias relacionadas con el municipio sean objetos de rumores lejanos en lugar de llegar con la trasparencia que debieran. Y es que, en ocasiones, el ciudadano se hace preguntas que solo son contestadas a través de rumores o chismorreos.
Hoy voy a hacerme eco de uno de ellos porque afecta a un asunto del que acostumbro a escribir con cierta frecuencia.:la necesidad perentoria de una biblioteca en Marbella, y lo que supone que una ciudad como ella lleve largo tiempo con su carencia.
No conozco, lo digo abiertamente, ningún municipio cercano (algunos muchos más pequeños y con menos renombre que el nuestro) que carezca al menos de una biblioteca pública. Todavía más, las que conozco son edificios con solera y de una elevada prestancia. Marbella parece no necesitar el apoyo que los libros prestan al conocimiento y al acervo cultural de sus ciudadanos. O somos enciclopedias vivientes o nuestros mandatarios poseen un alto índice de necedad. Me temo lo peor.
Vayamos al rumor. Se dice que en el lugar que ocupaba hasta hace muy poco el Museo de los Bonsais, ahora clausurado, puede instalarse la esperada biblioteca, sustituyendo con ello, plantas especiales por libros. La noticia la he visto, incluso, escrita en algún periódico del ramo, ahora sí, en pequeñísimo formato, como si no quisieran darla. Lo he oído también de voces que considero informadas, pero en tono bajo y como al desgaire.
Imagino que la noticia, expresada así, puede corresponder a dos cosas: Una, que no sea cierto, y otra que quienes lo dicen piensen, como hacemos algunos, si de serlo, el lugar sería el más apropiado.
No por su ubicación, sino por las condiciones que, imagino ha debido tener el recinto mientras albergaba a esos árboles enanos, algunos de gran belleza. Condiciones que implicarían un grado de humedad alto, para su supervivencia, como casi toda planta que se precie. Y esa humedad habría de ser totalmente perjudicial en el supuesto caso de que decidiesen introducir en él los libros correspondientes.
Al ser solo un rumor que, al paso del tiempo parece no cumplirse, he decidido no preocuparme por ello, imaginando, de buena fe, que los implicados en el tema, habrán considerado lo de la humedad y demás consecuencias al margen.
No puedo, sin embargo reprimir una pregunta que como siempre, se escapa de mi cabeza al teclado: ¿Es posible que el Ayuntamiento de Marbella no encuentre un local adecuado al cabo de los años, para instalar en su interior una base de conocimiento y cultura tan importante? 

No creo que la creación de una Biblioteca digna fuese a significar el empobrecimiento de las arcas de la ciudad, más bien un gasto necesario entre los muchos que, entiendo, debe tener el consistorio. La extrañeza me viene de no haber visto reflejado en presupuestos anteriores partida alguna para ello, como si en lugar de un bien común cultural se tratase de una más de las muchas fanfarrias que a veces, nos vemos obligados a soportar.
Marbella no debería consentir que un elemento de ese calibre falte en su entorno si quiere merecer el título de ciudad completa y municipio destacado.

No solo de pan vive el hombre, dice un pasaje del Evangelio, y en esos términos, aquí tal vez poseamos ciertas cosas de relumbrón actual, pero siguen faltando las imprescindibles. Y una biblioteca, lo es. Algún día se darán cuenta del error.
                                                                                                       
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)