3 de noviembre de 2018

EL DIFÍCIL DÍA A DÍA

Del mismo modo un tanto rápido que aguaceros y fríos han hecho su aparición invernal, se nos ha venido encima el período electoral. Sin ser aún oficial, nos encontramos de pronto con un sin fin de gestos, guiños y señales, cuando no de comportamientos políticos absolutamente integrados dentro del momento previo a las urnas.
Y ya que no podemos evitar esa avalancha inundadora, podría ser el tiempo de reflexionar como nos va en los muchos avatares de la vida política y cuales serían de verdad las cosas que deberíamos tener en cuenta en el desarrollo de nuestros municipios y ciudades.
Los medios de comunicación, fieles a su identidad alarmista, dan una imagen, que de hacerles caso, se referiría principalmente a Cataluña y sus variantes cada vez más excéntricos, al pago de las dichosas hipotecas, y al traslado de  los restos de Franco de un lugar a otro.
En cuanto a las comunidades más pequeñas, lo importante está más que nada en los encontronazos entre los distintos partidos, especialmente entre el que gobierna y el que es oposición, en un rifirrafe cansino al que por hastío dejamos pronto de hacer caso.
En Marbella en concreto, se tiene muy en cuenta los grandes movimientos financieros en los muchos aspectos de su confusa identidad, a caballo entre el pueblo que fue y la magna y lujosa ciudad cosmopolita en que creemos habernos convertido. Se habla a diario de grandes promociones nuevas, lujosos resorts, congresos internacionales, y cualquier otro evento que engrandezca su nombre.
Ocurre que, además de todo eso, la ciudad debe vivir lo que llamamos el día a día, sumida en alarmantes discordancias  e inseguridades. Las deficiencias en lo cotidiano, en lo que aparentemente no hay que preocuparse, son tan grandes que está llegando al límite de la paciencia de sus ciudadanos. Lo triste es que no hay político/a que piense en ello ni advierta de la necesidad de solucionarlas.
Podemos comenzar por la sanidad, y no solo el lamentable espectáculo del Hospital Costa del Sol, abandonado a su suerte pasado diez años ya, sino la carencia de ambulatorios y centros de salud con un mínimo de dignidad y sin la masificación abrumadora de los escasos actuales. Pongamos en segundo lugar la falta absoluta de colegios y en especial de Institutos, dándose la circunstancia de chavales que al acabar la primaria no tienen un centro donde acogerse, caso flagrante de los alumnos del colegio Vargas Llosa, cuyos padres no cesan de manifestarse en ese sentido.
Indignante situación la de los locales de la Policía, cuya antigüedad se refleja en cada una de sus paredes, sin aparcamiento cercano, más propio de uno cualquiera de los países subdesarrollados. Y escandaloso el asunto de los Juzgados, a los cuales se les asignó un edificio medio a acabar, próximo al Hospital Comarcal, pero solo de palabra, mientras los hechos brillan por su ausencia.
Esperamos con verdadero interés la remodelación del Trapiche del Prado, y la construcción de la tan deseada y ya prometida residencia de ancianos. Hemos olvidado los años que hace desde que Mateo Álvarez la donó para ese fin y mientras ha ido cayéndose a pedazos con la abulia como respuesta.
Otras carencias como centros deportivos duermen el sueño de los justos, sin que los mandatarios, sean de la Junta o del consistorio, comprendan lo necesario que es para la juventud su existencia.
Cosas como las citadas esperan una voluntad política que se preocupe e interese en ellas. Son las necesidades del día a día, lejanas de los focos espectaculares de prensa y televisiones, fuera del círculo del lujo y el glamour.
Pensemos en ello mientras nos apabullan con promesas electorales y busquemos a un líder de las cosas cotidianas.

                                                                                        
Ana María Mata 
(Historiadora y Novelista)

11 de octubre de 2018

PISTOLAS

En un viaje a Madrid cuando todavía no teníamos AVE me tocó de compañera de asiento una señora bien plantada, de mediana edad, y por lo que juzgué, parlanchina, ya que no más iniciarse el leve traqueteo, y a pesar del libro que tenía en mis manos, se dirigió a mi, y con una sonrisa conspiradora comenzó lo que pretendía un diálogo por ambas partes. Cedí a su impulso con involuntaria cortesía, y de esa manera nos vimos metidas en una conversación inesperada. Como no podía ser de otra manera, el nombre de Marbella surgió muy pronto, decidida como estaba mi expansiva compañera a saber mi procedencia.  Finalizados los preliminares, de sopetón, me dirigió una ladina mirada y soltó sin pensarlo mucho : “¿Sabe una cosa que voy a decirle, si me lo permite?” Con el permiso conseguido siguió diciendo : “A mi, Marbella, las veces que he ido, y sigo yendo, me parece más que un sitio real…un plató de cine. Un gran plató de cine en el que participan personajes famosos y otros normales, o sea, secundarios.”
Ante mi sorpresa genuina, volvió a sonreír y exclamó : “Entiéndalo, lo digo de buena fe. Todo es allí cuando lo ves, como si fuera una película.” Como la charla siguió un buen rato, resumiré diciendo que no creo haber disuadido a mi acompañante de lo contrario a sus percepciones, y con ligero disimulo hice intención decidida de coger mi libro.
La peregrina idea de la señora del tren ha vuelto de golpe a mis recuerdos, como un ¡gong! explosivo estos días anteriores según iba leyendo las noticias en los diarios de la provincia.
Lo primero que me lo hizo recordar fue, creo, el asesinato de un hombre en una urbanización cercana a Puerto Banús, cuyo cadáver apareció ensangrentado en el interior de su coche.  Días más tardes un tiroteo en una zona de las Chapas dio como resultado otro hombre muerto. Al poco, leí un asalto a un Banco en las primeras horas de la mañana, y días después, de nuevo otro hombre tiroteado en Estepona y llevado el cadáver hasta Algeciras.
Como un plató de cine, me dije sin pensarlo. Como si en lugar de la Costa esto fuese  Chicago o Los Ángeles, o cualquier lugar de la América profunda. Me vino toda la conversación de mi interlocutora del tren y pensé en que al final iba a tener razón, por más que no fuesen sus intenciones por este camino. Porque el ajetreo de tiros, pistolas, sangre y hombres encapuchados se presta más al rodaje de un film de acción, un thriller, que a una secuencia real de una mañana o tarde en la ciudad.
Habrá, creo, quien sepa el origen de como hemos llegado a esto. En las altas esferas del dinero, allá por urbanizaciones perdidas rodeadas de frondosa vegetación, alarmas casi cósmicas y altos muros, conviven en aparente normalidad con el entorno quien sabe que personajes salidos de los más altos y bajos fondos mundiales.
Si al término de la segunda guerra mundial se dijo que en España se refugiaban gran número de nazis, y todos vivían tan felices, ¿qué no habrá hoy por nuestras laderas y rincones paradisíacos, arropados por lujosas edificaciones y miembros destacados de seguridad?
No sabemos lo que esconde nuestro afamado glamour y las bendiciones con qué acogemos todo lo que huela a lujo, yates, dólares, petrodólares , diamantes y demás objetos similares. Nos enorgullece nuestra situación elitista dentro del conglomerado de la Costa. Nos pone el saber que lo más destacado de la sociedad mundial escoge nuestro pueblo como lugar de descanso y residencia. En Marbella todo tiene que poseer “caché”, no vale lo rústico, ni siquiera estamos contentos con los que llegan del territorio nacional.
Queremos ser un plató de película. Lo malo es que dentro de él hay actores desconocidos pero que todo lo llenan de sangre.

                                                                                                   
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)

27 de septiembre de 2018

LA RESIDENCIA PARA MAYORES

El tiempo pasado y las muchas y largas deliberaciones judiciales han dado al fin el fruto de unas cantidades extraídas del caso Malaya y de los llamados casos Saqueo 1 y Saqueo 2.  Una mínima parte de lo esquilmado al Ayuntamiento de Marbella por aquellos desalmados y expertos ladrones que en su día formaron grupo cerrado en torno a Jesús Gil y el poderoso Roca.
Se trata ahora de pensar seriamente cual va a ser el destino de estos quince millones, más los dos del Saqueo, y dar prioridades a cuestiones esenciales para la ciudad pero en cierto aspecto relegadas una y otra vez.
Tiene razón mi buen amigo y colega Paco Moyano cuando dice en su escrito que “Marbella no es ciudad para viejos”. Ni para la tercera edad o mayores, ambos eufemismos aceptados con la intención –imagino- de suavizar una palabra tan real y auténtica como lo son las vidas que se encierran tras de ellas. La ancianidad es una etapa vital a la que todos afirmamos querer llegar pero a la que rechazamos mientras tenemos tiempo para ello.
La vejez es hoy una continuidad de la madurez en la que abuelos solícitos recogen el testigo de los hijos para atender a unos nietos que les son muy queridos y que sin ellos perderían una parte destacada de su aprendizaje. El lado triste es el de aquellos que llegado el momento del retiro no tienen lugar donde depositar sus huesos gastados ni reservas financieras para buscar un lugar privado que los reciba.
Durante años nuestra ciudad ha venido discutiendo sobre una herencia que la familia de Mateo Álvarez dejó al Consistorio con la intención de que fuese dedicada a residencia de ancianos. Factores distintos y complicados lo han hecho imposible y el Trapiche del Prado duerme el sueño de los justos después de un deterioro lamentable sin que el objetivo de su donación haya podido cumplirse.
Creo que es de un rigor absoluto que los primeros fondos del Malaya vayan dedicados a este asunto tan necesario y primordial y cubra el vacío que existe en Marbella sobre una residencia para ancianos.
Es indiscutible que otras muchas necesidades esperan igualmente acercarse a estos fondos y obtener a través de ellos el dinero necesario para que sean resueltos, caso especial podrían ser nuevas instalaciones deportivas para nuestros jóvenes. Pero como comienzo no veo en el horizonte de propuestas ninguna más esencial y prioritaria que construir un lugar digno para tantos hijos de Marbella que verían resueltos sus últimos años con tranquilidad y sosiego.           
En la ya larga historia de una ciudad como la nuestra, pujante y poderosa, adalid del turismo y ejemplo a imitar de muchos otros lugares costeros, no se conoce la existencia de una residencia pública para los ancianos, mas allá  de lo que fue la Fundación Jaeger, dependiente de la Parroquia de la Encarnación. Procedía de una disposición testamentaria del austríaco Sr. Jaeger, y estuvo bajo el atento cuidado de una mujer ejemplar, Maruja Espada, hasta su cierre por el obispado de Málaga.
Los tiempos de hoy son distintos pero las carencias de gran parte de quienes forman la tercera edad, a la postre resultan similares.

Marbella no puede mostrar su belleza turística, sus logros en ese sentido, su lujo y el buen vivir de quienes la toman como ciudad de referencia vacacional o permanente, sin presentar como credencial de solidaridad un lugar digno para quienes no tienen uno propio para su última etapa.
Espero y confío en que una parte importante del desastroso Malaya se dirija, como en una especie de expiación a nuestros queridos mayores.
                                                                                            
Ana  María  Mata 
(Historiadora y Novelista)

4 de septiembre de 2018

RALENTIZACIÓN TURÍSTICA


Aunque la hoja del calendario indique septiembre el verano sigue entre nosotros como rey y señor. El calor perdura en días aparentemente tormentosos, con las odiosas medusas apoderándose de las playas como un factor negativo para bañistas y chiringuitos.
Si es cierto que hay quienes han abandonado la costa en pro de un trabajo necesario pero fastidioso cuando se trata de acabar con las vacaciones. El año laboral comienza para muchos y aquí, en nuestros lares es buen momento para realizar un análisis de los meses anteriores, julio y agosto, punta del iceberg veraniego, en los cuales se dirime el futuro turístico de los años por venir.
No han sido tan buenos como cabría haber esperado puesto que no se han alcanzado las cifras del 2017, y hemos descendido en ellas. El Instituto Nacional de Estadística  apunta que el turismo en la Costa del Sol sufre el primer frenazo en su crecimiento en los meses que inyectan la mayor rentabilidad a los negocios desde la crisis. Los empresarios del sector alojamiento, las agencias y la restauración coinciden en los datos y afirman que en lo que queda de verano será difícil alcanzar los niveles de actividad del mismo periodo en 2017.
La respuesta a este cambio de tendencia está en primer lugar en la vuelta al escenario de

los principales competidores del Mediterráneo, especialmente Turquía, Egipto y Túnez, resurgidos con precios de ganga, junto al reclamo de países como Croacia y Bulgaria que comienzan a ganar protagonismo por sus bajos costes.
El salvavidas de todo lo expuesto ha estado en el turismo nacional, gracias al cual las pérdidas no han sido más costosas, turismo convertido en amortiguador de la caída. La temporada, apuntan algunos, se ha salvado gracias a la estrategia de lanzar ofertas, activando promociones cara al final del verano.
Este análisis necesita un estudio a fondo de ciertas características propias de la Costa, especialmente en el sector llamado de lujo. El sector empresarial marbellí  ha mantenido una escala de precios al alza no siempre acompasada de un aumento de la calidad. Y el turista penaliza este alza si no hay una mejora del servicio.
La Costa ha de ser consciente, sin vendaje de ojos, de la fuerte competencia que tiene en las Baleares, Mallorca, Menorca e Ibiza, e incluso de la también alcanzada por algunos puntos de Levante, en cuanto a la relación precios/calidad. Dormirse en los laureles ha sido durante largas temporadas anteriores una constante que parecía no perjudicarnos pero que a la larga acostumbra a pasar factura.
El turista, extranjero o nacional, hace tiempo que dejó de venir por las afamadas cabeceras de revistas del corazón que ensalzaban la rubia cabellera de Gunilla o los exagerados bigotes e histrionismo de Jaime de Mora. Quieren algo distinto para sus vacaciones que suelen ser más cortas, pero a las que le piden mucho más: proyectos lúdicos, música aceptable, infraestructura  indispensable, playas cómodas y precios
razonables.
Suele decirse que las cosas importantes hay que cuidarlas, y el turismo es algo que necesitamos mimar si queremos que siga siendo la vaca de cuya ubre bebemos. En cualquier momento pueden surgir, no uno, sino varios lugares paradisíacos, o no tanto, pero en los que los destinados a su promoción se encargan de presentarlos como tal.
Atención por tanto a cualquier factor desestabilizador. No podemos permitirnos morir de éxito. Nos va en ello el futuro de toda la Costa del Sol.
                                                                                             
Ana  María  Mata
(Historiadora y Novelista)   

22 de agosto de 2018

SERVICIOS MÍNIMOS


Que te roben el bolso o la cartera se está convirtiendo en  un desafortunado ritual en los veranos de Marbella. Quien más, quien menos, se ha encontrado alguna vez desposeído de cuanta identidad contenía lo hurtado, además, lógicamente del dinero que en ella habías depositado.
Lamentable situación que implica a renglón seguido una serie de acciones encaminadas a que no te desvalijen, anulando el uso de tarjetas bancarias y de variado tipo, así como a la reposición rápida de los documentos identitarios. Dentro de las acciones que a la mayor brevedad deberás hacer, está el denunciar el robo a la policía, como un deber ciudadano obligatorio.
Como el caso que me sirve de ejemplo es personal, y por desgracia, intransferible, permítanme relatarles los avatares sufridos y otros complementarios.
En realidad lo que quiero contarles, abusando de su amabilidad, no es precisamente el largo, larguísimo rato que hube de esperar en la Comisaría de la Policía Nacional, sino la sensación que sentí en ella después de afortunados años sin aparecer por allí.
Situada en la llamada carretera de circunvalación, el edificio debe tener sus muchos años de existencia, dado que mis recuerdos empiezan con él en dicha ubicación.

Pensaba mientras llegaba que habría sido objeto de reformas en ese dilatado tiempo, y crucé dudosa su puerta por si pudiera perderme en amplios y diferentes pasillos. Mi sorpresa fue grande cuando no más traspasarla me encontré con el pequeño y triste vestíbulo y sus ridículos sillones  desvencijados.
La impresión era la de entrar en un local cualquiera del llamado tercer mundo, tal vez en Somalia o Sudán tendrían sin dudad un vestíbulo como ese en sus posibles centros policiales. Oscuro y sucio, allí debía esperar que me llamasen para exponer mi denuncia. Y allí esperé hasta que un policía, joven y amable, como salido de una serie televisiva policial, me indujo a entrar en un pequeño, casi mínimo salón colindante.
Difícil me resulta relatar la visión del “despachito” donde nos situamos delante y detrás de una especie de mesa desde la cual, el servidor del orden comenzó a preparar el folio denunciador. Créanme si les digo que me olvidé del robo de mi preciada cartera, objetivo que me había llevado hasta allí. Comencé a mirar abajo y arriba, a derecha e izquierda, tratando de entender la miseria de aquel cuartucho en el que un servidor de la ley y una pobre víctima de robo se encontraban.
Por un momento imaginé que estaba allí por una causa distinta, precisamente la de denunciar el estado de las instalaciones de la policía en la ciudad de Marbella en pleno siglo XXI. Mi impresión ante el habitáculo y los demás  que nos rodeaban fue tan grande que no puedo asegurarles que diese al policía los datos exactos que me preguntaba.
Una voz en mi interior repetía como un mantra: “No es posible” “Esto no puede ser Marbella y un despacho de la policía nacional”. Pero lo era, doy fe.
Impresentable, absolutamente impresentable resulta el interior del edificio que alberga a la Policía Nacional en nuestra ciudad. No puedo creer que el Ministerio del Interior, según investigué después, no haya invertido ni un euro en un departamento tan esencial que visitan más de la mitad de los que llegan a esta ciudad de renombre.
Debo repetir lo que ya se está convirtiendo en una constante de mis líneas. Marbella es deficitaria absoluta en infraestructuras, correspondan estas al Ayuntamiento, a la Junta o al Estado. Inmersa en su deseada imagen de lujo, ha abandonado los cimientos que deberían ser sólidos y solo se preocupa de la fachada, del brillo de lo exterior, la megalomanía que parece envolver todo en un aparente y frágil celofán.
No les deseo que tengan una experiencia similar, por razones obvias, pero sepan que nuestro cacareado prestigio cosmopolita se da de bruces con un solo habitáculo de la Comisaría de Polícia Nacional. Como para llorar por ello.

Ana  María Mata 
Historiadora y novelista        

4 de agosto de 2018

PAISAJES CONTRASTADOS


Sabemos que la amplia geografía de nuestra piel de toro es de las más variadas de Europa y su litoral rico en contrastes y rincones diferenciados. De Norte a Sur y de Este a Oeste, España desarrolla una urdimbre de tierras y paisajes tan diferentes entre sí como la población que la habita.
Me gustaría analizar hoy las existentes entre dos núcleos que las circunstancias vitales me han llevado a conocer bien.
Playa de Amio. Pechón
Desde hace muchos años cada verano la familia entera hacemos maletas y retomamos una y otra vez el camino del norte. Allí, entre Asturias y Santander, un rincón exótico y verde, recoleto y de nombre curioso nos espera para regalarnos una vez más todo lo que le pertenece por derecho de la caprichosa naturaleza. La belleza de su vegetación, arboleda, flores y acantilados es tan especial como el nominativo que nadie sabe de que manera le fue adjudicado: Pechón es un pueblito pequeño, circundado por dos grandes rías, Tina Mayor y Tina Menor, que se yergue humilde y orgulloso a la vez en una colina cuyos pies desembocan en un Cantábrico generoso que da forma en sus playas a formaciones rocosas como la muy bella denominada El Castril.
El paisaje divisado desde su punto más alto es de una belleza espectacular que  deja al visitante con un gesto de asombro, cuya desaparición solo llegará a fuerza de repetidas visitas.

Todo sería perfecto en estas vacaciones norteñas, si no fuera ¡ay! por la presión a que el tiempo nos somete. El climatológico, me refiero. Los dioses debieron pensar que lo ab soluto solo a ellos pertenece y consintieron en donarle una variadísima ración de nubes, tormentas, lluvia fina y gruesa…en general de días otoñales en pleno mes de julio.
Nada es perfecto, dicen ellos, en su  encomiable aceptación al cubrirse con chubasqueros y paraguas, mientras contemplan como el cielo sigue gris oscuro sin ánimo de ayudar al veraneante.
Me admira el carácter del paisano norteño, renqueante ante las tormentas, pero sin resignarse a que un chirimiri pegadizo les estropee su día de juegos en la playa, adonde se dirigen con presteza aunque lo hagan con un paraguas en la mano.
Pechón es la balanza de mis divagaciones paisajísticas. Mientras en mi lugar de origen sudaban la gota gorda y corrían como almas que lleva el diablo a playas y piscinas, en mi rincón de aislamiento, la gente comenta con naturalidad el bello “orballo” que riega sin cesar sus prados, suspiran mirando el cielo, pero sin perder la sonrisa, resignados a perder momentos playeros a sabiendas de que ello servirá para que el verde lo sea más intenso aún con cada gota que caiga.
Cuando alabamos los de fuera  sus frondosos bosques de árboles y helechos, la sensación selvática algunas veces sentida entre ellos, siempre hay alguien que con voz pausada paro firme exclama : Para que existan hay que pagar una cuota a veces dura, y esto es el aguacero intermitente.
Paya de las Arenas. Pechón (Foto: Pablo Sánchez Reque)
Tienen razón. Su paisaje es tan diferente del sureño, tan excepcional para alguien de la meseta, de los páramos interiores, que lo menos que nos piden es comprensión para entender como puede llegar a formarse una frondosidad tan inhabitual por nuestras tierras.

España múltiple y rica en excesos de todo tipo. También la forma de ser de los nacidos en una u otra región lo proclama. Frente a nuestra exuberancia verbal, la algarabía que nos arrastra a veces, ellos representan el contraste modular en sus voces, la sonrisa frente a la carcajada.
Extraordinario país donde se puede pasar en un mismo tiempo del verano de fuego a un invierno suave, lleno de esperanzas. Alegría de paisajes contrastados.
                                                                                                
Ana María Mata       
(Historiadora y Novelista)

2 de julio de 2018

EL ESTADO DE LA CIUDAD


Uno de los escasos  triunfos que se obtiene con los años es el derecho al escepticismo. Un escepticismo ganado a pulso a fuerza de desengaños, mentiras y falsedades en torno a cuanto rodea la vida cotidiana. No digamos nada de la vida política, eje principal sobre el que descansa la falta de confianza y el sentimiento de frustración.
Hoy por hoy, nadie  me hace creer lo que los partidos pretenden: que no existe error alguno en sus propias filas, ni mérito alguno en el adversario. Con estas dos premisas se mueven entre ellos criticándose mutuamente los logros, y dejando al personal asombrado de su desfachatez. La de los dos, que en esto no existe diferencia apreciable en ninguno, cada cual dispuesto  a convencernos de ser el mejor, y para ello, la eficacia –creen-, es hundir al contrario.
El Ayuntamiento de Marbella celebró el pasado jueves el debate sobre el Estado de la Ciudad, y esta sesión, obligatoria para las grandes ciudades, sería el momento ideal para sacar a la luz las fortalezas y debilidades del municipio, y de acuerdo con ello, establecer líneas de acción en las que se planteen objetivos colectivos y soluciones a los asuntos más importantes.
Sin embargo, y de acuerdo con las primeras líneas escritas, el debate se convirtió en una merienda de negros, en argot popular, o dicho de otra forma, en visiones unilaterales de los problemas del municipio, sin concesión alguna a la autocrítica o la mínima al adversario. De tal manera, que los intervinientes parecían vivir en dos ciudades diferentes: la primera hundida hasta que llegó la moción de censura, sin concederle ninguna acción favorable a quienes ocupaban el sillón municipal y la otra, afirmando que la de hoy es una ciudad sucia, insegura y sin rumbo, regida despóticamente por quienes ahora son sus gobernantes.
Mientras, los asuntos auténticamente necesarios de resolver, cuyas denominación hasta un niño de pecho conoce, léase ampliación del Hospital Comarcal, necesidad de ambulatorios nuevos, problema de arenas en las playas, solución a la bocana del puerto pesquero, falta de colegios…y algunas más menos urgentes, quedaron en el aire impregnado de insultos y ataques mutuos, como si de un partido de fútbol se tratara.
Me pregunto si los políticos, intervinientes o no en el debate, se darán cuenta de lo que significa para la ciudad y sus ciudadanos ese tipo de actitud, que ya parece una regla rígida e inamovible en la política, que la denigra y hace que los problemas se eternicen mientras unos luchan contra otros en una orgía de desencuentros.
Es triste que todo se reduzca a eso, copiando, es cierto, lo peor del parlamento tanto autonómico como nacional. Si en algo debería diferenciarse la política municipal de la de sus hermanos mayores debería ser en la facilidad para conseguir consensos a partir de necesidades urgentes, concretas, y cercanas de los vecinos.
  Creo que es fácil de comprender el inicio de este artículo cuando escribía sobre el escepticismo. En estas condiciones y con estos “parlamentarios” ya me dirán si merece la pena molestarse en saber cuales son sus requerimientos y las respuestas. Dicho de otra forma: Quienes de los que intervinieron fueron más locuaces en sus críticas y quienes más desmelenados y feroces.
Tal vez ustedes quieran mantener así y todo, la esperanza. Permitan que el escepticismo siga gobernando mis días.                                                   

Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)