Resulta curioso como, en el amplio concepto que abarca la palabra “moda”, puede entrar desde lo más aceptado por el curso de los tiempos, que es el vestuario o la decoración, hasta el nombre de un autor literario o su última obra, para llegar incluso a determinarnos los lugares que debemos visitar. No sólo eso, sino que, ahondando en ello, de unos años para acá, nadie es nada, desde el punto de vista viajero ni logra el título de turista experimentado si no ha hecho al menos uno o dos cruceros internacionales en uno de los gigantescos y apabullantes barcos que numerosas compañías nos ofrecen a diario.
Aceptando desde el principio que esta opinión, totalmente personal, no sólo no va a ser compartida por muchos, (más bien pueden llegara a considerarme retrógrada o pedante) intentaré explicar mi desapego hacia el barco-hotel majestuoso de cuyas maravillas ya se encargan los operadores turísticos y folletos en propagar.
Viajar es en esencia, trasladarse de un lugar a otro. Nada que objetar en que bajo ese punto da igual el hacerlo en diligencia, como nuestros mayores recuerdan, ferrocarril, carretera o barco. Se trata de hacer un pequeño análisis de por qué y para qué viajamos y ello incluye el llamado viaje de placer, o sea, el viaje que hacemos para disfrutar de lo que cada cual entienda por eso. Lo digo, porque hay –al parecer- quienes encuentran agrado en los viajes de negocios en los cuales como aves migratorias vuelan de un sitio a otro en el menor tiempo posible, sin recordar después ni el nombre de muchos de los lugares donde posaron sus pies por breve tiempo. Hay por cierto una película reciente del bello G. Clooney que viene al pelo sobre el tema.
Quien escribe, sujeta durante mucho tiempo a servidumbres vulgares tales como un buen hotel, comida aceptable, temperaturas no extremas o cualquier otro tipo de comodidades, ha llegado a una edad sin número en la que, sin abominar de ellas del todo cree haber aprendido algo más sustancial y primario : el placer buscado en el hecho de viajar, consiste, especialmente en el conocimiento. Conocimiento en vivo y directo, que diríamos, y que va desde los tan afamados monumentos a la aparente sencillez de una calle en un barrio pobre o marginal. Es más, por encima incluso de las calles, plazas jardines o iglesias, puede resultar conmovedor la tristeza de unos ojos de anciano descansando en su banco habitual, la alegría del joven que besa apasionado a su pareja en el interior del funicular, la mujer que bocea pescado en una esquina del puerto o la vestimenta inapropiada de un transeúnte cualquiera. Hombres como nosotros pero diferentes en algo, el lenguaje, las expresiones corporales, costumbres…en definitiva, en aquello que el entorno le ha marcado, dejándole la impronta de la latitud en la que habita.
Y para ese tipo de conocimiento, perdonen, pero el crucero nos proporciona escaso tiempo, a no ser que gustemos de observar como suben y bajan, comen exageradamente, bailan y beben los propios compañeros del barco, lugar donde se realiza en verdad el viaje, acunados por las olas y con el Titanic presente en algunos agoreros.
Me parece que hay pocos cruceros que tengan a Oporto, en el vecino Portugal, como lugar de visita larga en sus folletos. Y es por eso que, después de una larga-corta semana allí, reivindico de corazón una buena excursión a esa capital del país vecino, cerca y lejos a la vez de nuestros itinerarios viajeros. Oporto proporciona tantas cosas al conocimiento y al placer que nadie puede abandonarla sin sentir un poco de “saudade”. Tal vez el Duero le regale ese tono dorado que envuelve a la ciudad y que se hace tierra en los bancales escalonados de sus cuestas, donde se produce el vino que da fama a su nombre, y la Torre de los Clérigos, cual Giralda barroca dominante sea el faro conductor para llegar a la Plaza de Batalha, a la Catedral y después bajar hacia Vila Nova de Gaia y pasear por la avenida Gustavo Eiffel. El impresionante desfile humano de la avenida peatonal de Santa Caterina puede distraer al viajero incluso de sus hermosas tiendas y cafés, donde el Majestic muestra su señorío. ¿Y qué decir de la ciudad que posee la Libreria Lello, considerada la más bella de Europa? Una joya cuya visita justifica por sí sola el viaje.

Oporto está considerada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Su aparente decadencia en el Casco Antiguo, conservada expresamente, se complementa con su desafiante arquitectura vanguardista. Es de verdad, una ciudad de ensueño, aunque no aparezca mucho en los cruceros. O como decíamos antes, una ciudad “de cine”. Me siento en el deber de aconsejarla como destino de viaje.
Ana María Mata
Historiadora y novelista