(Artículo publicado en el Tribuna Express el 24 de abril de 2014)
No corren buenos tiempos para la letra
impresa. Impresa en papel, me refiero, ese papel que cobró vida y tomó forma
escrita al calor del gran invento de Gutemberg. La imprenta vino a tomar el
relevo de aquellos manuscritos que monjes pacientes llevaban grabando en
pergamino con rústicas pluma de ave. Hermosos, por otro lado documentos, que el
silencio de monasterios y el fervor religioso propiciaban, convertidos luego en
Códices de bella manufactura con valores de reliquia o de antigüedad. Monjes y
escribanos que habían sustituido a su vez a los grabadores en madera
antiquísimos, escultores de la letra y de signos jeroglíficos, maravillosos
artesanos de la primitiva lectura. Egipcios que ocuparon el lugar de los
nacidos entre el Tigris y el Eufrates, cuyos signos cuneiformes en tablillas de
piedra son el primer tesoro cultural del hombre.
A mediados del siglo XV (1450) Gutemberg
realizó su particular revolución diseñando un artilugio que iba a trastocar
nuestras vidas. La imprenta democratizó la escritura, la sacó de conventos y
palacios, convirtiéndola en el medio más
rápido y eficaz de comunicación.


Los antiguos conservamos en el fondo de las
neuronas más felices esos libros que han ido marcando nuestras vidas. Ese
endiablado papel que ha envejecido con nosotros, al que algún ratón ha podido
incluso saborear, sin destrozar del todo. La portada en color o negra que nos
llamó desde el estante de la librería, apremiando a ser acariciada. La
dedicatoria única que equivale a un beso prolongado. El perfume de sus años, de
una hoja ya seca que instalamos un día entre sus páginas.
Conservo con ternura infinita la cartilla RAYAS
donde, mi padre primero y después Dª Carola me enseñaron las primeras letras.
Era verde, aunque hoy parezca marrón parduzca. La Casita de Chocolate que se
abría como un teatro y servía para llevarme a la cama. Los tebeos de Pulgarcito
y la primera novela de Corín Tellado, con su chacha enamorada del señorito. Dos
libros de José Luis Martín Vigil que en la adolescencia me entusiasmaron
(prefiero de ellos “La vida sale al encuentro”), el famosísimo Edad Prohibida de Luca de Tena, de los
primeros premios Planeta. Habría de ser Contrapunto,
de Huxley, el que me impulsara a sentirme adulta, el que me diera
respuestas a preguntas incontestadas.
Amo la lectura, pero también el libro con
pasión inextinguible. Este 23 de abril lo festejaré como siempre a pesar de rumores
nefastos. Cada una de sus hojas son pétalos de una flor que puede llamarse
felicidad.
Ana María Mata
Historiadora y novelista