En la década de los sesenta, tiempos en los
que Marbella dormía su plácida identidad, su clima y su paisaje como un don del
cielo concedido a unos pocos, la ciudad vecina a nosotros permanecía imbuida en
sí misma, recoleta y casi escondida en el único fragor de su cotidianidad. Mi
niñez de entonces recuerda, con el arrepentimiento que a posteriori proporciona
el gusto por lo morboso, la rivalidad existente entre los vecinos de las dos
comunidades, Estepona y Marbella, que se manifestaba especialmente en
competiciones deportivas, en las que no había ocasión sin puñetazos y hasta heridas
entre futbolistas apasionados y el gentío que les acompañaba.
Estepona era una ciudad tranquila y
silenciosa a la que el dios-turismo no había aún designado como receptora de su
imponente garra. Marbella, por el contrario, aleteaba ya con alas desplegadas
hacia un destino que, aunque su inmensidad se nos escapaba, era en su comienzo,
halagador y risueño.
Las cabezas coronadas empezaban a tomar
tierra en los aledaños de lo que se
llamó Marbella Club, junto a nobles sin cartera pero con el suficiente pedigree
como para codearse sin jactancia ante financieros recién aparecidos con
maletines repletos del vil metal que tan gran reconocimiento producía.
Marbella comenzó a crecer de forma irregular
y rompedora pero sin intención de detenerse. Como un virus benigno y
estremecedor su nombre alcanzó las fronteras del país, superándolas con creces
y atrayendo sobre ella a la mayor parte del Gotha europeo y a los yanquis que
le seguían, fielmente, sus pasos.
El pueblo, asombrado en un principio, se
acomodó pronto sin embargo a la nueva situación que les tocó vivir,
regodeándose en privado del azar que
inesperadamente había cambiado su vida. Poco a poco nos fuimos acostumbrando a
ser objeto de deseo y dirigimos nuestros hábitos en torno a eso tan etéreo que
llamaron glamour, y que para el nativo significaba, traduciéndolo con
pragmatismo, un aumento en sus arcas.
La
ciudad vecina, Estepona, nos contemplaba con aparente indiferencia mientras un
hilillo de envidia se deslizaba entre sus fauces.
Necesitaron tiempo y paciencia para que
también a ellos les llegase el momento de la remontada. Les llegó, con
parsimonia, pero siempre en un escalón más bajo que el nuestro, con menos
blasones y una clase de lo que llamaban “Jet Society”de más bajo precio y menor contenido.
Hemos ido caminando en paralelo, Marbella con
su vanidad y Estepona con su esfuerzo diario.
Hoy quiero referirme a una ciudad distinta de
aquella en la que vimos una vez una hermana menos afortunada. Una ciudad cuyos
logros actuales superan a los conseguidos por Marbella en varios aspectos,
producto, imagino, de una gestión de sus haberes afortunada y un
aprovechamiento de su presupuesto con lógica y buen tino.
Sus realizaciones, alcanzadas sin alharacas,
pero presentes para el visitante, van más allá del Auditorio Felipe VI, el Orchidarium,
espectacular edificio en el que se pueden ver cinco mil especies botánicas, las
Rutas de los Murales, con medio centenar de ellos repartidos por el Casco
Antiguo, junto a vías peatonales puestas en valor y bautizado como el Jardín de
la Costa del
sol, pavimentación y ornamentación espléndidas. En la actualidad el
Ayuntamiento construye una treintena de instalaciones deportivas gratuitas en
la zona de La Galera ,
puestas en marcha para acercar el deporte a los vecinos.
Estas instalaciones van dirigidas a todo tipo
de público porque son pistas donde es posible jugar en equipos y circuitos
donde entrenar de forma individual.
Todo ello unido al Estadio de Atletismo,
homologado para competiciones oficiales, en el que se pueden realizar
actividades de carrera, salto y lanzamiento, además de incluir un campo de
fútbol.
Estepona se ha despertado del sopor con un
planteamiento riguroso de la ciudad en que se ha ido convirtiendo, donde la
vida diaria del nativo y el visitante está más que ajustada a sus necesidades.
Chapêau al embellecimiento y creatividad de nuestros vecinos de los que podemos
aprender que el caché de los estereotipos no es, en el fondo, lo único ni lo
esencial.
Ana María Mata
(Historiadora y Novelista)
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