2 de noviembre de 2014

EL TIEMPO DE LAS COSAS PEQUEÑAS



Hay una frase del Eclesiastés en la Biblia, escrita por Salomón, que recuerdo con frecuencia por lo mucho que me gusta y lo acertada que me parece. Dice el Libro Sagrado : “Hay un tiempo para todo en la vida. Tiempo para la alegría y tiempo para la tristeza. Uno para el amor y otro para el desamor. Tiempo para sufrir y también otro para gozar”…Creo que la frase resume de forma extraordinaria el ámbito completo de la vida del ser humano. Si ya dijo también Heráclito que no podíamos bañarnos nunca en la misma agua, se entiende que el inmovilismo sea contrario al hombre, obligado por su misma esencia a vivir distintas etapas desde el nacimiento hasta su fin.
 La infancia sería la primera. Años que podíamos llamar de Iniciación, etapa para muchos definitiva en el anclaje de las coordenadas vitales y en el desarrollo de la personalidad futura. Tiempo igualmente de feliz irresponsabilidad, en el que todo parece permitido y solo necesitamos para un buen recorrido el suficiente afecto familiar. Doctores en la materia vienen reconociendo la excesiva idealización que de ella se ha hecho, ignorando las oscuridades que también encierra y que generan miedos no siempre confesados. Todos, a veces, quisiéramos volver a ser niños, pero es solo porque la memoria es benigna y sumamente selectiva.
En el imaginario colectivo no está menos valorada la segunda etapa o juventud, incluyendo en ella la breve pero a veces conflictiva adolescencia. Sería la llamada, de la Ilusión o de los grandes proyectos, pues es en ella donde múltiples factores se alían para concedernos un exceso de vigor, desde los hormonales y físicos hasta los que el cerebro se encarga de emitir como bandas sonoras en nuestra psique para hacernos creer que nada podrá con nuestra decidida voluntad de ser feliz o de dominar el entorno. El protagonismo lo encarna el sentimiento amoroso, fruto del ensamblaje hormonal y el cultural adquirido de generación en generación. Nadie puede eludir lo que siglos y siglos de enseñanza gratuita coloca en su interior. La literatura, la música y sus ritos conducen al  joven hasta el  amor, y después de él, todo, creemos, se ha de dar por añadidura.
No siempre ocurre así, para nuestra desgracia, y eso es lo que define la etapa siguiente, la de la madurez, o de Asentamiento. Una bofetada, en ocasiones de dura realidad, lleva al traste la breve pero intensa ilusión de conseguir ser lo que queríamos y amar o que nos amen del modo que nos hubiese gustado. La diosa razón impone su criterio y la vida comienza a mostrarnos sus primeras voces de alarma. Se acumulan las responsabilidades  y se nos exige no solo su cumplimiento sino hacerlo de forma concreta, a ser posible mostrando gran capacidad . Un hombre maduro no debe cometer errores. En la madurez hay que dar la talla en todo, léase ser honesto, valiente, fiel en el amor y luchar por el triunfo profesional.
Por suerte existe otra etapa, cuyo único fallo es ser la última. Por ahora, al menos…
Su nombre es tan duro como suele ser el talante con que nos enfrentamos a ella. La vejez acostumbra a estar tan denostada que hasta inventamos eufemismos para denominarla. Tercera o cuarta edad, Mayores. Ancianos. Nadie quiere desaparecer en juventud pero tampoco ser viejo. Odiamos parecerlo, simplemente.  Quisiéramos estancarnos en cualquier otra etapa anterior.  Quizás andemos equivocados y nos guiemos por voces externas, comerciales, interesadas en hacernos desaparecer, en transformarnos en invisibles. Craso error que puede ser evitado. Porque esta difícil, si quieren, etapa es la que llamo “de las Cosas Pequeñas”. Etapa especial para quien tenga la suerte de llegar a ella sano o casi. Nada nos oprime en ella más que la salud. Nada nos obliga a ser un triunfador, nadie espera nuestro esfuerzo desmedido, no hay por qué ser ya ni guapa/o delgada, ágil, ocurrente o simpático. Las valoraciones de los demás pierden importancia, y eso segrega tranquilidad.
Es nuestro auténtico tiempo. El de darnos cuenta de todo lo que nos hemos perdido mientras intentábamos agradar, seducir, triunfar en la profesión, ser buena madre, buena esposa, guardar la línea, o dar ejemplo. Lo llamo, a veces tiempo de Contemplación, de serenidad. Volver la vista a cuanto nos rodea, desde la naturaleza a la antropología de calle. Observar con intensidad  a la gente, la ciudad, el cielo, el gesto del viandante mientras imaginamos su vida, el de niños que pueden ser como los nuestros fueron, de jóvenes creyendo que siempre serán ágiles y bellos, el de mandatarios que se piensan irreductibles…y esgrimir una sonrisa de experiencia porque nosotros sí conocemos la verdad última.
Tiempo de libros y ratos en buscada soledad y ensimismamiento. Libros como compañía y conocimiento de otras vidas que multiplican la nuestra. Tiempo de nubes y mar, tiempo de flores, de verlas germinar y crecer, con el deleite del color, la variación, su mudo lenguaje tan expresivo en formas y belleza. Tiempo de reflexión sobre lo mucho que, a pesar de todo, hemos disfrutado. Que disfrutamos aún con los hijos de nuestros hijos, la felicidad máxima, lo más bello de esta última etapa.
Hay que subir esta gran montaña. Con las fuerzas tal vez disminuidas, pero la mirada será más libre y la vista más amplia y sincera.
Ana  María  Mata     
Historiadora y novelista

26 de octubre de 2014

Soledad (1): viaje al norte




“La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros”. Estas palabras, escritas por Marguerite Duras en un dramático momento de soledad auto impuesta, me provocaron el deseo irreprimible de viajar este año hacia un sitio auténticamente solitario. Para tomar notas en silencio, para caminar por bosques sin caminos, para observar calladamente, para poner en pausa la vida, para no pensar. ¿Y dónde sino en soledad es posible escribir un libro?, ¿en qué otro lugar se puede pintar un buen cuadro, destilar los mejores pensamientos, los mejores momentos de una persona? Definitivamente este tenía que ser el año de mi viaje a Soledad. 


“Sin embargo, en Trouville había la playa, el mar, la inmensidad de los cielos, de las arenas. Y era eso, ahí, la soledad. En Trouville miré el mar hasta la nada¨. Algo tan sencillo y tan bello lo escribió Duras unas páginas después, en la más absoluta y trágica soledad de su casa de campo recién estrenada. Una casa que decidió comprar nada más franquear la verja de entrada en su primera visita. La compró sobre la marcha, y la pagó del mismo modo, en efectivo.


Este año yo debía encontrar la soledad, mi casa de campo, aunque fuera en alquiler, pero en efectivo, efectiva soledad, la verdadera, exterior, interior, de gentes, de sitios, de ruidos, de todo. Me iría a las montañas, buscaría las más lejanas, las más altas, las más aisladas. ¿Por qué no?, ¿acaso no lo hizo Ricard?, ¿no dejó su puesto de investigador de bilogía molecular en uno de los institutos más prestigiosos del mundo, su magnífica casa en París, su envidiable posición social, renunciando a los privilegios por ser el hijo del famoso filósofo Jean Fracois Revel?, ¿no lo dejó todo de un portazo y se largó a la otra punta del mundo, a las imposibles montañas del Nepal, a la aldea más remota y miserable, al monasterio de Shechen, el más vacio y solitario, buscando la impenetrable y pacífica Soledad?, ¿y acaso no lo admiro?


Y tecleando en Google encontré algo que me llamó la atención, quizá fue el nombre del dueño de la casa, o la lejanía del lugar, quizá que la única foto que mostraban fuera la de Rufo, un mastín. Y me decidí a escribir un correo. Les conté que mi idea este año era hacer algo diferente, encontrar lo más parecido a la tranquilidad, silencio en estado puro, vistas al hayedo y sobre todo, más que nada, Soledad.


“Las Montañas Ignotas marcan la frontera norte de Soledad, y más allá están los mundos de lo Olvidado y de la Impaciencia”, así comenzaba el correo electrónico de respuesta que nos llegó después de varias semanas de espera durante las cuales, sinceramente, perdimos la esperanza de que nos llegaran a contestar desde la casa de aldea. No sabíamos que esperar de ese lugar, incluso sospechamos la posibilidad de que fuera un bluf, un timo más de internet, uno de esos sitios del cyber espacio en los que haces un pago para después comprobar con cara de tonto como desaparecen como el humo de un cigarrillo. Pero lo que no imaginábamos era una respuesta tan, por llamarla de algún modo, sorprendente. En mi primer email de contacto solo preguntaba si tenían electricidad, agua caliente y si había colmado en la aldea para comprar alimentos básicos, pero la respuesta del dueño de la casa nos intrigó tanto que mandé una transferencia de inmediato, sin dudar, para reservar un par de semanas de riguroso aislamiento. 


Seguía: “Sepa también, Sr. Sánchez, que cuando deje el sur debe evitar a toda costa desviarse hacia el oeste, en el que es fácil perder el rumbo ya que es una interminable extensión de marismas, dunas yermas y pinares que de repente se asoman y precipitan al Océano del Silencio, verde y profundo. Las autoridades de tráfico rodado siempre advierten de que no se hacen responsables de los que se internen por el oeste de Soledad. Y por si no lo sabía, le informo de los temidos Puntos sin Retorno; unos postes de madera erigidos súbitamente al borde de las carreteras avisan de esos Puntos cuando ya no hay tiempo apenas para dar marcha atrás. Usted, siendo un incrédulo Solitario del sur –esto lo escribió con evidente sorna–, se reirá como tienen costumbre de reírse de todo por allí abajo, pero créame que una vez que se lee un cartel de esos ya no hay vuelta atrás, y olvídese de su preciado teléfono móvil porque no hay cobertura. Una vez leído el poste se recibe un último sms en la pantalla que dice, en ese dulce idioma ignorado por los engreídos Solitarios durante siglos: Bem-vindo ao fim do mundo, sem retorno. Y zas, se acabó todo”. 


Pero el increíble correo continuaba: “Del este ni se preocupe, Soledad es el único país del mundo que no tiene, aunque lo tuvo, no se crea, era conocido por el Levante de las Tormentas Recurrentes, pero esta frontera se desdibujó año tras año, hasta acabar despareciendo por los efectos de la gota fría, de la invisible red de corruptelas y de la Cháchara sin fin”. Ni una palabra más sobre el este.


Según Fomo, que así se llamaba el peculiar dueño de la casa rural, yo vivo en “el sur profundo, el llamado Territorio de los Soles de Invierno, donde los Solitarios Sinsustancia –otra vez la ácida sorna del norte– viven apretados pero banalmente felices, al borde mismo de un espejo en el que, en los días de calmachicha, se refleja el Otro Lado o Lugar de la Sequía Sempiterna, según lo llaman también los impertérritos sureños”. 


Y así fue como salimos de viaje un soporífero 27 de julio, y fueron varias jornadas delirantes atravesando las ocres Mesetas del Tiempo Detenido.  Una sola carretera en línea recta y de asfalto gelatinoso cruzaba la desolación de estepas resecas y ventosas, una llanura de algo más de mil kilómetros, en cuyo centro flotaba una densa nube de polvo gris y contaminación que –según nos contaron después en una gasolinera de las afueras– encierra en su interior una gran metrópolis de Solitarios ávidos de poder: taxistas y camareros furibundos, diputados correveydiles, banqueros salivantes y la odiada casta de Mandamases del Reino de Soledad. Ah, y la peligrosa Hastiada Mayoría (así la llamó el gasolinero, marcando la H y la M, lo que me hizo pensar que pertenecía a este grupo). 


Llegamos a las Montañas Ignotas un tres de agosto, cuando ya apuraba el día y los picos aparecían irreales sobre el horizonte, como parte de un paisaje en sueños, suspendidos del cielo y flotando sobre colinas y campos que sí eran de verdad. La carretera ascendía sinuosa y estrecha, encajonada entre el río y las paredes de rocas, bordeada de helechos y largas varas de avellanos que trazaban arcos a nuestro paso. Nubes leves sobrevolando cielos limpios, de un azul desteñido, que parecían desprenderse de recuerdos remotos que se transformaban en más nubes, más leves, apenas ya sin recuerdos, sin memoria. 


La primera noche cenamos callados bajo las estrellas, fue una cena improvisada en un pequeña zona de hierba húmeda junto al río, frente a nuestra casa, las copas de las hayas movidas por la brisa que bajaba dando suspiros por entre montañas oscuras. 


Y así comenzaron dos semanas al norte de Soledad. 




José María Sánchez Alfonso

Octubre de 2014


11 de octubre de 2014

MODAS, TENDENCIAS Y DOCTRINA


(Artículo publicado en el Tribuna Express el 9 de octubre de 2014)

La vida es una sucesión de tendencias. Nos pasamos la mitad de ella luchando y perorando sobre la libertad para darnos cuenta un día cualquiera que libertad es una bella palabra, sonora y cargada de esperanza, pero no deja de ser una entelequia. Las tendencias salen de las mentes de diseñadores, políticos, modistos, compositores…y si salen de los obispos, la llamamos moral. También puede llamarse doctrina, si es múltiple y adquiere carácter pedagógico o aleccionador. Si acaba en los escaparates, toma el nombre de moda.
Nos creemos dueños de nuestros actos y deseos, incluso llegamos a culparnos a veces por algunos de ellos, pero sería interesante que hiciéramos análisis retrospectivo con el fin de ver como y quienes nos han llevado a la culpabilidad. Para llegar a la conclusión de que los cambios experimentados en determinadas tendencias y doctrinas han sido lo suficientemente aleatorios como para afirmar que ninguna era esencial o definitiva, y detrás de todas aparecerán los que ostentan suficiente poder político y religioso como  para constituir lo que llamamos Sistema.
 La peor de todas las dominaciones es la que se realiza sin ser vista, desde arriba, en silencio a veces, y con apariencia de bondad. La que nos dirige como un Gran Hermano preocupado por nuestro bien. Esa que llevamos sobre los hombros desde que tenemos conciencia de estar vivo.
Hagamos un pequeño recorrido, dedicado a los que ya no volverán a cumplir los cincuenta. Aquellos que fuimos adolescentes en la época que nuestro país comenzaba a despertar del trauma de una guerra y abrir ventanas en lugar de cerrarlas. Formábamos parte de un Sistema puntual que acabó eternizándose. La Doctrina de ese momento, crucial para muchos, la formaba un conjunto de principios que tomó el nombre de Nacional Catolicismo.  La moral que esos principios destilaba prohibía mucho más, pero algo quiero recordar:   Ser madre sin estar casada. Vivir en pareja sin sacramento matrimonial. Tener relaciones sexuales fuera o antes del matrimonio. A la mujer, vestir de manera inmodesta. Viajar sola con el novio. Usar el novedoso biquini. Besarse en público.
Anoto solo la parte referida al sexo porque en realidad era lo más importante desde el punto de vista de los célebres pecados que tanto remordimiento nos hizo acumular . No recuerdo ninguna prédica de esos tiempos en los que amar o ayudar al prójimo tuviese relevancia. El sexo de convirtió en núcleo doctrinal por excelencia, y la tendencia se llamó Pureza. La moda, si me permiten ponerme irónica, pudo ser la tan exaltada virginidad.  Lo malo es que lo que ahora puede hacernos sonreír marcó a una generación de por vida. A todas las que confundíamos moral con tendencias sin saberlo. A muchas que necesitarían otra juventud que reparase la que le tocó vivir.
Lo extraño es haber pasado el examen de la transición del ayer al hoy, no con aprobado, sino con matrícula. Para llegar a ser madre hoy de hijas, madres a su vez, pero sin marido, o divorciadas y con dos en su haber. De aceptar embarazos sin padre, hijos homosexuales, parejas sucesivas conviviendo en paz sin un libro de familia. No solo aceptar, sino ayudar si hace falta, observarles con agrado ( por no decir envidia) y propiciar sus libertades. 

Todo porque las tendencias nunca son eternas, y sí cambiantes,  favorecedoras o punitivas de acuerdo con quien encabece su dirección. Porque no hay moral de curas y obispos, sino conciencia interior muy reflexiva de hacer el bien o no. No hay doctrinas políticas, ni siquiera ideológicas, hay resultados de los que la ejecutan, sean honrados o corruptos, velen por nuestras necesidades o por sus intereses.
En la Edad Media se usaba el corsé como moda, la guerra como tendencia y la Inquisición como doctrina. La Iglesia, y los reyes estaban detrás dando luz al Sistema.
Nunca seremos del todo libres. La conciencia de ello nos debería empujar a estar al acecho de cuantos, hoy por hoy, nos dirigen  desde arriba.
Ana  María  Mata
Historiadora y novelista