25 de abril de 2015

AMONTONADOS EN SU ARENA



Lo escribió Serrat, que parecía presagiar la llegada de este horror. De esta tragedia humana. De esta vergüenza que nos descalifica como seres humanos semejantes, aunque al parecer no deseamos serlo. De esta responsabilidad de la que abjuramos en nombre de otros que a su vez la empujan hasta el vacío.
No importa el número de los que mueren o desaparecen, aunque es tan alto que caemos en la incredibilidad. Importa que sigan llegando y muchos todavía continúan en espera en las costas con las que compartimos Mediterráneo. Ahora el lugar más peliagudo es Libia, donde hasta la caída de Gadafi, abundantemente pagado y financiado por los gobiernos europeos, su régimen se encargaba de contener parte del flujo de inmigración. Derribado Gadafi, la guerra civil libia ha aumentado el caos. Bruselas, después de la anterior tragedia en Lampedusa que impulsó la operación Mare Nostrum con visita del Papa incluida, la sustituyó en invierno por otra llamada Tritón. El presupuesto se reducía al mínimo limitándose a patrullar a 30 millas de la costa.. El horror volvía de nuevo.
Hay un argumento, pueril, pero al parecer efectivo para lavar conciencias, que se llama “efecto llamada”. Otro, más real que es atribuir a la actividad de las mafias el alto número de inmigrantes que prefieren perderlo todo –incluida la vida si le aseguran un lugar en cualquier embarcación.
Estoy con Hector Barbotta, nuestro corresponsal del diario SUR, en que ambos argumentos “solo pueden servir para aquellos que hayan abdicado de la obligación intelectual de intentar comprender por qué suceden las cosas”. Se trata de recordar a Europa que una vez saqueamos el continente de origen y esclavizamos a sus habitantes, para abandonarlos después en la más absoluta confusión. Que Occidente ha aprobado invasiones allí, generando guerras de las que ahora escapan sus víctimas. Que igualmente países de nuestro lado son socios comerciales de dictadores que tienen sometidos a sus súbditos. Y que han construido barreras de aranceles para que los productos de aquel continente no puedan entrar en Europa.
Nos decimos que no podemos hacer nada y seguimos tomando una fresca cerveza mientras apagamos el televisor que nos muestra escenas de la tragedia. Europa entera y Estados Unidos intentar minimizar el horror con la excusa de no interferir en políticas internas, olvidando las muchas ocasiones en que la intervención fue un hecho, aunque los motivos fuesen diferentes.    
La hipocresía política alcanza su record en la cuestión de los inmigrantes. No queremos ser llamados racistas, a pesar de que eso es precisamente lo que somos. Consideramos en nuestro fuero más oculto que ellos no son como nosotros, y llegamos a la barbaridad de aceptar 800 ó 900 muertos como algo habitual, y por tanto rozando lo normal en “aquella gente”.
¿Nos hemos preguntado alguna vez que pasaría hoy, si en lugar de ser de raza negra, los cadáveres y desaparecidos fuesen blancos y occidentales?  Si la caída desgraciada de un avión en Europa sume a todas sus naciones en llantos, lamentaciones, búsqueda de las causas, alarma general, dolor profundo…¿por qué la muerte repetida de seres humanos de otro continente se convierte pronto en laxitud y olvido?
Los tan cacareados Derechos Humanos deben serlo solo para una parte del planeta, y me río de todas las declaraciones grandilocuentes que a partir de ellos se hagan en cualquier foro público. El mundo no tiene interés en solucionar el problema africano. Verdadero interés. Si lo hubiese, los múltiples despachos de Naciones Unidas, cuyo gasto en mantenimiento es incalculable se dedicarían con interés primordial a buscar alguna efectiva solución, como por ejemplo el destinar una gran partida en buscar cultivos de algún tipo especial que puedan realizarse en esas tierras, crear pequeñas industrias, e incluso pelear contra los sátrapas que los someten y roban el dinero y las ayudas que llegan.
Me avergüenzo como ser humano, y como cristiana, por la dejadez de quienes vivimos en abundancia.
Y por último, una nueva pregunta: ¿Se imaginan que pasaría si uno de nuestros tan necesarios turistas al intentar avanzar nadando, se encontrase de golpe rodeado de unos cuantos cadáveres de esos que el mar esconde y vomita cuando las mareas lo impulsan…?
Seguramente habría entonces quien tomara cartas en el asunto.
 Ana  María  Mata 
 Historiadora y novelista

16 de abril de 2015

ENTRESIJOS DE LA HISTORIA



En mi época universitaria tuve un profesor de Historia Contemporánea cuyo nombre omito por respeto, pero que se hacía notar por dos cosas bien distintas: por una parte era el típico “hueso” a la hora de examinar y calificar, y por otra tenía una afición curiosa a escapar de los cánones establecidos en cuanto la ocasión lo propiciaba. En estas escapatorias solía contarnos “anécdotas y cotilleos” de la época estudiada que nada tenían que ver con los manuales al uso, y que en el fondo a todos nos divertían bastante. Era un experto historiador, hombre solitario y algo huraño, que quizás encontraba en su faceta de “voyeur” un pequeño placer que le compensaba la carencia de otros.
Al encontrar de golpe aquella carpeta de anécdotas me he sentido impelida a contarlas en el blog de vez en cuando para compartir con quienes me lean lo que he llamado “entresijos de la historia”.
El citado profesor era especialista en el reinado triste de Fernando VII, el que empezó como deseado y acabó cual bellaco por su absolutismo terrible. A propósito de Fernando VII, recuerdo como contó la casualidad que significó en los pocos haberes de su vida de rey  la creación del Museo del Prado. Parece en verdad extraño que un berzotas como Fernando se preocupase de temas de tan elevado gusto artístico. Lo suyo era derogar la Constitución, recortar libertades, atentar contra su padre (Carlos IV) y agrupar a su lado gente que lo halagase sin fisuras (de ahí el dicho “así se las ponían a Fernando VII, referido a los juegos de billar donde le dejaban ganar) antes y después de condenar a muerte a sus contrarios.
La historia oficial dice que fue Carlos III quien tuvo la primera idea de lo que hoy es el Prado, y le encargó al arquitecto Juan de Villanueva la construcción de un Gabinete de Ciencias Naturales, pero que luego Fernando VII ordenó convertirlo en museo de pintura. Fue inaugurado en 1819. Pero si el Prado está ahí no es ni gracias a Carlos III ni mucho menos al séptimo de los Fernandos.
La que se empeñó en que España tuviera un gran museo de pintura fue una reina que reinó poco porque murió enseguida. Era Isabel de Braganza, segunda esposa y a la vez sobrina del rey bellaco. No era rica ni guapa pero amaba el arte y era una mujer cultivada. El rey solo se casó con ella para buscar un heredero. Cuentan que a su llegada a España se encontró con una coplilla que corría por la corte y decía : “Fea, pobre y portuguesa…¡chúpate esa!”. Era apocada y obediente, y como el rey no le hacía caso y andaba de cama en cama,  Isabel dedicó su tiempo y empeño en conseguir un lugar donde los españole pudieran disfrutar del arte.
No le fue fácil al principio, pero cuentan que el rey, harto de su petición y agobiado por su presencia continua para tratar de conseguirlo, le dijo un día :”Que sí, mujer, que te hago el museo, no se hable más” con el objetivo de quitársela de encima. Isabel de Braganza puso en marcha el Prado y contribuyó personalmente a que se colgaran los primeros trescientos once cuadros. Lástima que no remató la faena porque murió de un mal parto meses antes de su apertura.
 Isabel de Braganza fue una mujer sin suerte, cuyo destino parecía estar unido al sufrimiento. Perdió a su primera hija y en su segundo embarazo cuentan como el parto se complicó en demasía y al perder el conocimiento la reina, el médico optó por una cesárea en vivo, creyendo que la alferecía ( escrito así, textual en los libros) que sobrevino a Isabel no era tal, sino signo de fallecimiento. Al cortar a la parturienta, para extraer el bebé la reina dio tal grito que se oyó en todos los rincones de palacio. La hija nació muerta.
Parece que la falta de belleza, junto a una educación exquisita por parte de los jesuitas condujo a Isabel desde su adolescencia al estudio de las formas distintas de belleza en el arte.  Al llegar a España, y en medio de una desastrosa vida marital, su afición permanecía intacta cuando encontró en los bajos del Escorial cuadros y esculturas de los monarcas anteriores en no muy buen estado. Eran obras en su mayoría del Renacimiento italiano y con ellas daría comienzo a su particular lucha porque los españoles pudieran disfrutar de una buena exposición.
Entresijos de la historia, que diría mí ahora ya –supongo viejo y huraño profesor. Detalles no muy conocidos pero que nos indican algo. Si detrás de un gran hombre hay una gran mujer, ocasiones existen en las que detrás de un mal rey puede haber, como en este caso, una excelente y cultivada reina.  Gracias majestad por el Museo del Prado.
Ana María Mata
Historiadora y novelista

9 de abril de 2015

PELIGRA NUESTRA SALUD MENTAL



Creo que fue a finales del pasado siglo XX cuando comenzó el fenómeno llamado “culto al cuerpo”, constituido por una invasión de consejos y normas relacionados con la salud y la estética, que se conjuntaban entre sí para que consiguiésemos estar  más sanos y bellos que nunca. No habrá ni uno entre mis lectores que no haya oído hablar de dietas milagrosas, píldoras novísimas, ejercicios que te conducen por la senda de Matusalén, cremas a veces asquerosas (de veneno de serpiente o  baba del caracol) y consejos, millones de consejos en revistas  para estar en forma todos los momentos del día .
No crean que estoy en contra del cuidado corporal aunque en ocasiones me tome en broma a algunos de sus “gurús” por las tonterías repetidas que proponen. Soy de las que piensan que las exageraciones no son buenas para nada (ni siquiera en el amor y menos en el sexo, a pesar del éxito de “Cincuenta sombras de Grey”), y que en el término medio suele ir mejor casi todo. Pero no está de más que tomemos conciencia de que durante mucho tiempo tal vez hayamos comido mal, no hicimos el ejercicio que nuestros huesos y músculos necesitaban y, por descontado, a todos nos apetece un rostro y formas elegantes.
 Lo que parece que hemos olvidado es que en ese mismo cuerpo que desearíamos sano y  estilizado existe un órgano primordial llamado cerebro, mandatario general del resto y necesitado también de atención. Afirman los neuro-científicos que el cerebro posee dos grandes sectores, el cognitivo y el emocional, y que solo el equilibrio de ambos puede producir eso tan apetecible que algunos llaman, exageradamente felicidad, y otros, entre los que me encuentro, armonía.
Lo que apedillamos “mente” es un fenómeno incluido en el cerebro que nos hace superior al resto del mundo animal, y a través del cual hablamos, reímos, lloramos y tenemos el placer infinito del conocimiento.
Tantas digresiones para constatar que en nuestro país - la “querida España” que cantaba
Cecilia-  estamos a punto de tener problemas graves de salud mental. Me explicaré mejor: Somos adictos en mayor o menor escala a la televisión. La cajita negra que colorea al darle al botoncito es el más fiel compañero de las horas de reposo. Por desgracia no encuentran muchos idéntico placer al pasar hojas de un libro, por suerte canallesca o educación inútil, pero sea como sea, la tele suele arrasar en los hogares españoles. Y ocurre, que sin paliativos, la televisión aquí, es un canto a la vulgaridad entre anuncios. Tal como lo escribo. Las cadenas televisivas sirven a diario tertulias pandilleras, series malísimas y “reality shows” con reflujo gastroesofágico incluido. Como el personal aceptamos la telebasura sin disimulo, las audiencias se benefician y los de detrás del aparatito mantienen su apuesta de saldo.
Me preocupa que las nuevas generaciones consuman de forma mayoritaria los formatos actuales de televisión que les obligan a aceptar que lo vulgar debe formar parte siempre de sus vidas. Y dentro de ello, el morbo, lo sensacionalista y el escándalo, dando especial relieve a la intromisión en la intimidad de las personas y lo que es peor aún, a la exposición pública de la misma, sin pudor ni respeto alguno.
La libertad de expresión les permitirá la realización de programas como Gran Hermano, pero no impide la calificación de bazofia vomitiva. Cuerpo, rostro y ademanes de su última ganadora, famosa nacionalmente por su particular estilo en vestir, hablar y relacionarse con sus compañeros de elegancia similar, no me digan que tiene un solo átomo de algo que produzca en nuestro cerebro una sensación placentera. Y si hay a quienes se lo produce debe inspeccionar su mente por un galeno no sea que esté a punto de convertirse en un pequeño estercolero.
Nuestra sociedad será cada vez más débil y vulgar si alimenta a los suyos con esta telebasura, cuando podría ser un medio para alcanzar la simbiosis entre los dos sectores nombrados antes, el cognitivo y el emocional.
No tengo reparo en afirmar rotundamente que nuestra salud mental empeora bastante cada vez que la mal llamada “princesa del pueblo” asoma morros y exabruptos en determinado canal o canales de televisión. Y junto con ella, periodistas y tertulianos que parecen sentirse ufanos y felices por ese abominable camino.
           
Ana  María  Mata
Historiadora y novelista






29 de marzo de 2015

LA CRUEL CRUCIFIXIÓN



La colectividad cristiana celebra en estos días su semana mayor, la llamada Semana Santa. Durante ella se conmemoran los duros días que Jesús de Nazaret pasó desde el momento en que fue acusado por el prefecto romano Pilatos de insurgencia al poder, la condena posterior a muerte y el camino que hubo de recorrer hasta llegar al Monte Calvario, donde tras larga agonía fue salvajemente crucificado.
Los cerca de tres mil años que han transcurrido desde entonces nos han habituado a celebrar el tremendo magnicidio en tonos muy distintos a los que en los momentos reales el Nazareno y su gente  debieron vivir. El tiempo hace de lo lejano a veces, símbolo o metáfora, y en muchas, como en esta ocasión,  celebración y festejos.
Especialmente en nuestro país, el sentimiento lleva a una exacerbación del ritual transformando el cariño, y  la pena en exageración de imágenes a las que revestimos con todo tipo de esplendor, luces, tronos, palios, flores y demás aderezos, en una intención clarísima de dejar constancia de que nuestro fervor y amor al Hombre de la Cruz es más fuerte que ningún otro del planeta.
 La Semana Santa es una muestra de fervor popular y de la mal llamada fe del carbonero, puesto que la fe, de sentirla, no admite distinción alguna entre sus poseedores. Consagrada ademas como fenómeno cultural y antropológico, con solo apreciar la belleza de tallas y la emotividad que generalmente produce se entiende que a la semana mayor se le considere como un renombrado bien de la cultura nacional.
Sin embargo no son las procesiones ni los ritos litúrgicos lo que motivan estas líneas de hoy. De no ser por el atrevimiento que supone, diría que tienen un ligero trasfondo teológico, pero líbreme Dios de ser mas papista que el Papa, y acéptenlo como reflexión personal e íntima escrita a voces, sin ninguna intención de provocar.
Hemos aprendido desde niños (especialmente grabado en los que ya peinan canas suficientes), que desde lo de Adán, Eva, la manzana y la serpiente, nacemos con un pecado, de nombre “original”, heredado a la fuerza de aquellos a quienes llamábamos “primeros padres”. Este hecho motivó la indignación divina hacia el género humano de todas las épocas por la desobediencia de su primera mujer y la capitulación de su pareja.
La única solución al desastre era una especie de compensación al Creador, cosa difícil tratándose de alguien tan superior. 
Leemos la Biblia, y vemos como Jehová decide al fin mandar a un Mesías para salvar al pueblo del pecado y redimir a la especie humana. Ese Mesías será su propio hijo, encarnado en hombre a través de una mujer llamada María. De esa forma, nacerá Jesús que deberá redimirnos de la gran falta a través de su muerte.
Hasta aquí lo aprendido y aceptado por las instituciones cristianas. Nace el Jesús Redentor, y como ya conocen, después de una corta vida de misericordia, enseñanzas y amor,  llega el inmenso misterio de la Pasión, origen de la Semana Santa.
Pido perdón de antemano a los estrictamente ortodoxos, pero “¿Les parece que no pudo haber otra salida al dichoso pecado de Adán y Eva que no fuese la cruel crucifixión de Jesús de Nazaret …?”
¿Como comprender y aceptar con tanta facilidad que el único hombre cuya huella en la tierra es por encima de todo de amor y convivencia en paz, el Hombre sabio que curaba, perdonaba al pecador, odiaba la violencia y el rencor, hubiera de morir por algo tan sutil como un pecado viejo, cometido por recién llegados incautos?
¿No podría el Creador Padre haber sido magnánimo y perdonar a los hombre con su tan cacareada misericordia, o al menos, en esa misma línea imponer una reparación que no hubiese sido tan cruel?
No deseo que me cataloguen de “sacrílega”, y de seguir mis reflexiones por este camino podría haber quien lo pensase .
Creo haber dejado claro, a pesar de ello, que no entiendo ni acepto la crueldad de la Crucifixión del Nazareno, y me fastidia íntimamente  que desde niña me hayan querido hacer cómplice de ella.
O nos lo han explicado mal o debo entender a quienes dicen que la nuestra es la religión mas dura porque bendice el dolor y le gusta demasiado la sangre. Es la religión de la culpa llevada a su  máximo extremo.
Tal vez Machado pudo captarlo bien y por eso siempre me entusiasmó una se sus estrofas :”No quiero cantar ni quiero a aquel Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar”. 
El Nazareno que nos enseño el Amor no debería haber muerto en la cruz, ni toda la humanidad al completo  mereceríamos un sacrificio tan horrible.
Insisto en que no pretendo escandalizar, y que son simples reflexiones de una cabeza con las neuronas disparatadas.
Y por supuesto que ningún sevillano o malagueño piensen que me hubiera gustado privarles de sus admiradas procesiones…

Ana María Mata
Historiadora y novelista 

 

18 de marzo de 2015

COMO DECÍAMOS AYER…

     Ocurre que al final va a tener razón Carlos Marx cuando dijo que “la historia puede repetirse dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa”, y quien dice la historia dice también algunas cosas relacionadas con ella, por ejemplo las promesas que políticos de diversa índole hacen a los ciudadanos, bien en campaña electoral, o en otra ocasión que se le parezca.
Dice la ministra Pastor que desde hace quince años, la Junta de Andalucía viene prometiendo el célebre tren litoral, sin que hasta ahora exista ni un atisbo de que van a cumplir la promesa. Tiene razón. Pero el asunto tiene más INRI, como decimos los de pueblo, vean si no  lo que relato a continuación.
 Cuando servidora era pequeña, y después, en los primeros años del turismo, mi padre, hombre absolutamente de fiar, decía de vez en cuando, si la ocasión lo propiciaba o se hablaba de los problemas con Portillo, que siendo él jovenzuelo (nació en 1904) ya se hablaba de traer hasta Marbella un tren de cercanías que facilitaría la ida y vuelta a Málaga de viajeros, turistas o no.
Todavía hay más. Según contaba, su padre igualmente le hablaba a él de que el recién creado ferrocarril (1848) iba, con el tiempo a tener unos ramales costeros. En ambos casos, los políticos del momento, en el caso de mi padre el dictador Primo de Rivera, prometían al inocente hombre de la calle, algo que por su envergadura no era para el día siguiente, y con lo que podían soñar hasta que el sueño se desvanecía, como ocurría una y otra vez.
Es decir, que “nuestro” anhelado tren litoral no es un conejo que la Junta o Fomento se hayan sacado ahora de la chistera de donde, cuando es necesario, los que mandan, cual mago prodigioso, suelen sacar sus promesas y mentiras. Lo que sí parece el tren es un buen artilugio para ocultar muchas otras necesidades, menos útiles para el ensueño, pero también antiguas y urgentes.
Que desde el siglo pasado y hasta de finales del anterior nos hablen del tren como si del vulgar chocolate del loro se tratara, el caramelo con que calmar la llorera, el regalo de Papa Noel, o los juguetes de los Reyes Magos…dice poco, poquísimo de los políticos en lo que a imaginación se refiere, pero dice menos aún de la consideración que nos tienen como seres pensantes y racionales.
No sé ustedes, pero estoy harta en grado superlativo de que unos simples candidatos y gobernantes se adjudiquen ellos mismos la potestad de engañarnos desde tiempos inmemoriales, con total impunidad, además de hacerlo de manera tan repetida y vulgar. Cada vez que quieren el voto o la gratitud del personal acuden al trenecito de marras, como si no supiéramos que de todas las promesas, la más difícil de cumplir va a ser precisamente esa, aunque solo fuese por el coste.
Oí decir hace unos días a un grupo de arquitectos e ingenieros que en vez de decir chorradas para niños de pecho, intentasen al menos, en lo que al tráfico se refiere, hacer de una vez los tan necesarios carriles de desaceleración, en las autovías existentes, con lo que muchos accidentes podrían evitarse.
No quiero olvidar que en relación con el tren, unos le llaman tren litoral, para toda la Costa del Sol, con grandes pretensiones como la conexión con el aeropuerto. Otros, más humildes, tren de cercanías, imagino que como una prolongación del de Fuengirola. Y -afirman- que el gobierno va a trabajar con cinco alternativas en el plan de viabilidad. Me pregunto que cada alternativa tendrá supuestamente para ser estudiada un plazo parecido al que tenía el tren que Primo de Rivera prometió a la generación de malagueños entre los que se encontraba mi padre. O sea, que cinco por…X, podemos esperar que para cuando elijan la definitiva , mis biznietos, tal vez se suban a sus vagones y hagan el viaje feliz del que sus antepasados también les contaron. 
De momento estén contentos si cuando lean estas líneas han acabado una acera más de las muchas comenzadas. O un trocito de calle.  Como cada año electoral.
Hagamos que nos creemos el interés por la ciudad.  Así el engaño por lo menos será mutuo. Pero igualmente absurdo, desde luego.


Ana  María  Mata
Historiadora y novelista   

16 de marzo de 2015

Onda Cero Marbella. La Tertulia de los Viernes

 13 de marzo de 2015

En esta ocasión bajo la dirección de Julio Rodríguez hemos tratado temas candentes de la semana como las obras públicas que nos rodean por todas partes y el anuncio del pliego para la nueva concesión del transporte público.

Pincha en el siguiente enlace. (A partir del minuto 30)

http://www.ondacero.es/audios-online/emisoras/marbella/marbella-onda-onda-cero-viernes-marzo-2015_2015031600012.html




14 de marzo de 2015

LA ETERNA PRIMAVERA DE LAS ELECCIONES

La primavera llegó. Todo se llena de verde, las plantas de vivero engalanan recién plantadas las jardineras públicas, las calles se enlucen, los pasos de cebra y bordes de la acera recobran su color original, el asfalto se derrama por la ciudad como un manto suntuoso, en las carreteras aparecen unas líneas blancas que nos recuerdan unos límites casi perdidos y brotan siglas políticas al candor húmedo de los votos

Las obras en los barrios aparecen como los tulipanes, donde ayer no había nada hoy aparece un socavón y una cuadrilla de operarios dispuesta a someterlo al indulto. El país deja la convalecencia, las provincias se conectan, el paro se acaba, la economía se recupera felizmente, el talento fugado retorna, los desahucios de familias se eliminan,  las playas vuelven a ser de verdad, los trenes llegan a Marbella, el déficit de infraestructuras, equipamientos educativos y sanitarios se terminan.

Todo o casi todo de repente se arregla y por arte de magia la ciudad se regenera y se transforma, al menos en el imaginario político. Los políticos se vuelven muy amables de repente. El que no te miraba antes, ahora te mira y casi te sonríe. El que no se paraba a saludarte ahora parece amigo de toda la vida. Se sientan contigo cuando no lo hacían en meses, te escuchan, te piden hasta las propuestas. Montan mesas por las calles para hacer los programas de forma participativa. Los correos electrónicos donde te recuerdan que están ahí se agolpan en tu bandeja de entrada. El tándem “participación ciudadana y política” se acerca a lo que sería deseable en cualquier momento de la vida pública de una ciudad. ¡Cuánta simpatía y buen rollo por doquier si no fuera porque se siguen tirando los trastos a la cabeza entre si! ¿Qué ocurre en la ciudad y en el panorama nacional? ¡Eso es! Vienen elecciones, no me había dado cuenta. Se me ocurre una propuesta que podría ser deseable, poner elecciones de forma continua para tener políticos empáticos con su ciudadanía y dispuestos a escucharnos en cualquier momento, una eterna primavera para la ciudad  y que todo cuanto nos rodee se vuelva estupendo.

Fuera de esta nube en la que se vive antes de unas elecciones, en año clave electoral y a una semana vista de las siguientes, las autonómicas y del hastío que supone este proceso, somos muchos los ciudadanos que desearíamos que en las elecciones se omitieran esos burdos juegos: las escenas de cara a la galería, las guerras dialécticas continuas entre ellos, sus descalificaciones, las promesas imposibles, las recurrentes, las medias verdades que son medio mentira aunque piadosas, para ellos claro. Un auténtico juego de sombras chinescas donde nos quieren hacer creer que no se trata de una función, lo cual es lo más triste. Es verdad, hay ciudadanos como espectadores, que en lugar de una representación piensan que todo lo que ocurre, en las tablas de unas elecciones, es cierto y verdadero. Materia fértil para los que les gusta sembrar promesas.

Somos más ciudadanos los que desearíamos que las elecciones fueran de otra manera, con otro tipo de discursos, otras actitudes y, sobre todo, que fuera de las elecciones existiera esa vida política, eso sí bien repartida en los otros tres  años de las legislaturas, más cercana al pueblo y ya puestos, más cargado de autenticidad y de propuestas consensuadas. Quizás sea mucho pedir. El cinismo nos invade.

Javier Lima Molina