Imagino que el alboroto y la jarana de estos
día navideños, cuya principal justificación encuentro en la alegría infantil,
es lo que me motiva a escribir hoy sobre la “santa infancia”, nuestros niños de
antes y de ahora unidos por dos caracteres similares a pesar de muchas otras
diferencias. La inocencia y la curiosidad. Los niños -el hombre-, nace curioso
a la par que inocente, aunque esa curiosidad la pierda más tarde sustituida por
un pragmatismo que en la mayoría de los casos no le abandona ya nunca.
Los niños tienen una robusta curiosidad que
les lleva a una etapa incluso especial, la llamada del “por qué”. Todos recordamos
la insufrible retahíla de preguntas que nuestros hijos nos hacían cada vez que
descubrían algo que para ellos era nuevo. Jamás quedaban satisfechos con la
primera o segunda respuesta, pegándose a nuestras faldas hasta que el último
por qué les agotaba. La inocencia infantil es inquisitiva al máximo y gracias a
ello el niño va logrando situarse en un mundo que le resulta bastante
incomprensible. Es un arma con la que vienen dotados de “extramuros” y que se
les concede gratis para contribuir al conocimiento.
Arma de doble filo en el momento actual y con
los medios disponibles. Porque nadie como ellos descifran el milagro
electrónico y aprenden a manejarlo mejor, a veces tan temprano que pareciese
que, ya en el útero materno hubiesen hecho prácticas en una especie de Internet
fetal.

Sin embargo, suele ocurrir que no es oro todo
lo que reluce y en este caso, que no todo es ventajoso para el niño del que
hablamos. Instalados en la citada atmósfera digital, no existe un niño de hoy
que a los siete u ocho años no posea una “maquinita” o un teléfono móvil y si
me apuran una tableta electrónica. La realidad en ocasiones es dura y otras
veces fastidiosa, pero es real, y la redundancia aquí está puesta a propósito.
No podemos luchar contra lo que nos supera porque, por muy en plan San Jorge
que nos pongamos, los dragones son, en este caso, gigantescos, universales y
malévolos. Siempre nos ganarían. Nos ganan, de hecho. Aceptémoslo, pues.
Pero si debería preocuparnos el hecho de que esos
artefactos que tan ágilmente mueven con sus dedos y manitas, sean usados casi
exclusivamente en sentido lúdico. Les divierte pero les va haciendo perder la
curiosidad ante todo lo que les rodea, centrando su atención solo en ellos y
sus hazañas. Por supuesto que, desgraciadamente, esas hazañas son bélicas,
futuristas tal vez, pero enormemente guerreras y sangrientas, fomentadoras de
conciencias que identifican victoria y poder con el gozo, y el anticipo de un
placer que interiorizarán alcanzado con enfrentamientos.
Uno de los más reconocidos sociólogos
infantiles, el alemán Danglay, señala que aún sin ser contrario a lo
electrónico en relación con la educación y el aprendizaje, nunca será igual las
respuestas obtenidas en una conversación familiar o un diálogo padre-hijo que
las conseguidas a través de preguntas en solitario a un artilugio digital de
último diseño. Otros psicólogos norteamericanos expresan su recelo al escaso
interés con que niños y adolescentes muestran ante el medio natural, por las
excesivas horas que pasan encerrados manejando tabletas y móviles. Les interesa
más cuanto pueda ocurrir dentro de la máquina que cualquier maravilloso paisaje
que tengan a su alrededor.
Lo cierto es que vivimos en un mundo que podíamos
llamar de transición a otro, del que únicamente sabemos que el hombre no
será tan necesario y sí observador o
actor secundario. Un mundo que hemos empezado llamando virtual y en el que las
ondas o cualquier cosa que sea lo que
hay detrás serán los protagonistas.
Mientras llegue, que no será muy tarde,
deberíamos alimentar de continuo el potencial de curiosidad que los niños traen
consigo, y hacerles ver que su entorno geográfico y social es tan interesante o
más que el contenido de sus máquinas. Hacerles notar el impacto visual de una
puesta de sol, la sonoridad de un caudaloso río o la ingente obra
arquitectónica de una catedral gótica. Fomentar el poder y los enigmas de la Naturaleza, la belleza
en directo, la aventura del viaje, el contacto corporal y el calor de la
familia y amigos.
Puede que me equivoque, pero me atrevo a
afirmar que los niños no llegarán a la
robotización total si padres y educadores luchan denodadamente con sus únicas
armas: hablar y jugar con ellos, dedicarles tiempo y abrazarles con todas su
fuerzas.
Ana María Mata
Historiadora y novelista
2 comentarios:
Desde luego el mundo que nos viene será tecnología pura, viviremos más en lo virtual que en lo real y seremos tan miopes de mirar las pantallas que no sabremos contemplar un paisaje allá en la inmensidad de lo lejano. Pero no todo será virtual afortunadamente, está demostrado que el aprendizaje a través de un libro electrónico no es igual que a través de un libro por ejemplo, aunque el mundo que viene a veces da susto. Leía el otro día que un escenario que se plantea dentro del turismo es el de personas que cambiarán la tradicional experiencia turística por una virtual en compañía de sus seres queridos que pueden que estén a miles de kilómetros. Viajes 100 por 100 seguros pero desprovistos del encanto sensorial de lo real. ¿O ocaso es lo mismo ver una paella en un ipad retina que comértela delante del rebalaje de nuestro mediterráneo? Como bien dices somos los padres quienes tenemos también que enseñar a los niños a disfrutar de la experiencia de lo real, y que más real que hacerlo junto a ellos.
La única manera de detener la regresión cultural que estamos experimentando es mediante la educación de nuestros hijos, la cual puede resumirse en inculcar valores de respeto y admiración por la naturaleza, en la que se incluye el Ser Humano. Con ese principio básico, se fomentará el desarrollo de la sensibilidad y, por tanto, también de la creatividad.
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