Tenemos mucho que resolver en este recién
inaugurado 2016. Como principal asunto me gustaría hacer una pregunta que desde
antes de que el anterior año se marchara da vueltas en mi cabeza con incisiva
preocupación: Desde los alrededores del 20 de diciembre, más o menos y hasta el
momento presente, en España, ¿podría decirme alguien quien gobierna el país y
se interesa por los asuntos necesarios e imprescindibles del ciudadano de a
pie?, ¿alguien en todo ese tiempo ha
intentado resolver algunos de los problemas acuciantes, cotidianos, pero
que no pueden esperar?...Y no me digan que Rajoy, el presidente ahora en
funciones, porque bastante tenía el pobre con pensar en cuantos le votarían o
no, y en las sombras, ambas suficientemente alargadas, de Pedro Sánchez o el
ínclito Pablo Iglesias.

Todos quieren el mando. Me río cuando oigo
que el poder desgasta y es agotador. Si así fuera, tendríamos a los políticos
más masoquistas del planeta. El poder los obnubila de tal forma que algunos
olvidan mirarse en el espejo interior donde verían el espectáculo que significa
contemplar, por ejemplo, al señor Más casi arrastrándose a los pies de la CUP para que lo elijan de una
puñetera vez y entierren sus añejas ideas de político conservador de
Convergencia. O a Pedro Sánchez encendiendo velas para que PODEMOS retire lo
del Referendum y se conviertan en amigos-socios, única manera de alcanzar el
sillón. Rajoy no sabe ya como explicar
que el único salvador de la economía es él y nadie más que él, y que cualquier
otro, incluso de su mismo bando no lo conseguiría.
Lo único cierto es que nuestra cultura
democrática es tan pobre que no sé si sabrá anteponer el interés nacional por
encima de los míseros intereses de partido, cosa que hicieron, sin alharacas los
franceses en tiempos de Mitterrand, cohabitando con una derecha que albergaba
los restos del gaullismo, y los alemanes que llevan dos legislaturas legislando
a dos manos. Nos falta el espíritu imprescindible y nos sobran formas de mala
educación y exceso de protagonismo personal.
Nuestro país no es, por suerte o por
desgracia, ni Francia ni Alemania, y en consecuencia, nuestros políticos no
tienen la talla de los suyos, por ello las deliberaciones pueden caer en punto
muerto antes de que sean capaz de borrar de sus mentes uno y otro lo de
“indecente” o “miserable”. Pero tal y como han salido las cosas después del 20
de diciembre, solo un gobierno de concentración entre las fuerzas
mayoritariamente ganadoras puede resolver el problema de la gobernación.
Mientras eso ocurra o no, el tercero en
discordia, sigue frotándose las manos con el regocijo de tener suficientes
votos para entrar en el Congreso y dar la vara, o todavía más, a la espera de
que un desvencijado PSOE le pida su ayuda y sus votos.
El embrollo está ahí y no sabemos como y
quienes lo desembrollará. Tanto es así que en un principio iba a titular el
artículo en lugar de “embrollo”, la Escopeta Nacional”
en recuerdo a la película célebre del gran Berlanga, donde, además de cazar,
los protagonistas parecían dispuestos a dispararse unos a otros, en cuanto la
ocasión lo propiciase.
La próxima vez que lea o escuche aquello de
que los políticos están para “servir al ciudadano”, una de dos: grito como posesa o lanzo la más grande de mis
carcajadas.
Ana María Mata
Historiadora y novelista
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