17 de enero de 2017

ADIÓS A UN GRAN PROFESOR Y AMIGO

Tendemos a evitar que la muerte ocupe espacio en nuestra vida cotidiana, siendo como es lo único definitivo que en realidad poseemos. Por eso, sin duda, yo creía que Vicente no iba a dejarnos nunca. Me ha pillado desprevenida, lo confieso. Estaba tan acostumbrada a nuestro rato diario de conversación en la Librería de mi hermano, tan habituada a sus comentarios lúcidos y a veces jocosos de casi todo, a su sosegada voz, siempre ecuánime, a su interés por cuanto podía pasarle a los amigos…que esos cinco días de ausencia no fueron suficientes para hacerme creer que no volveríamos a vernos más.
Foto Diario SUR
 Se fue ayer y ya lo echo de menos. Hoy, cuando volvíamos mi marido y yo de su funeral en la Encarnación –su iglesia, nuestra iglesia de siempre, donde él tanto ha colaborado– no he podido mirar la silla vacía que, rodeada de libros, seguía esperándole. Las lágrimas rodaron espontáneas, sintiendo junto a ellas la presencia frágil de Vicente Ramón Ortega, Don Vicente para sus alumnos, su sonrisa auténtica, el conocido maletín donde guardaba los periódicos y los libros, algún encargo de Maruja, un cuento quizás para su nieta.
Me cuesta creer que se haya ido definitivamente el hombre cuyo corazón le asustó infartándose hace años y logró superarlo. Como superaba una y otra vez el Cintrón, dichoso medicamento que hacía sangrar su nariz, para evitar coágulos. Me había acostumbrado a su paseo diario hasta reunirnos en la Librería, que era para él un segundo rincón familiar, una parada durante años y años, obligatoria y deseada.
No tuve la suerte de ser su alumna, pero a posteriori he aprendido mucho de él. Me gustaría imitar su templanza, su rectitud moral, su profunda fe y religiosidad, su gran vocación pedagógica. Desde aquí le agradezco sus enseñanzas.
Vicente había nacido en Melilla, y llegó a Marbella desde Valencia, donde efectuaba estudios de Doctorado en Química Orgánica. Era el año 1958, en octubre. Se incorporó al cuarto curso del por entonces Instituto Laboral, sito en la anterior escuela de los Flechas Navales. Fue nombrado director al año de llegar, y más tarde, cuando se inauguró el que llamaron I.B Sierra Blanca, continuó allí su labor hasta la jubilación, anticipada porque su corazón le exigía tranquilidad.
Volvió a Valencia para casarse con su novia de siempre, Maruja, la mujer de su vida, la rubia más guapa de allí, que quiso aceptarme, solía decir, entre risas y recuerdos de juventud. Pero nunca más se fue de Marbella. Aprendió a conocer la ciudad desde sus profundas raíces históricas, de las que tanto hablábamos, conocía sus costumbres y conocía a su gente, porque tenía una curiosidad sana y fértil por los demás. No era un cristiano solo de rito y rezos. Colaboró fuertemente en la fundación de “Cáritas” de Marbella, y trabajó dentro de la organización, dando clases para emigrantes y refugiados.
Recordaremos siempre la figura pequeña de Vicente leyendo cada domingo la epístola desde el atril del altar mayor de la Encarnación. La Iglesia tuvo en él un exponente de los buenos, de los que con su fe sin alharacas, te invita a creer.
Fue el profesor de una generación hoy canosa y metida en nietos, que esta mañana lloraban su pérdida en el funeral. Les enseñó Química a algunos de ellos, pero sobre todo les enseñó a ser buenas gentes. Periodistas, médicos, arquitectos y restauradores de hoy, tuvieron en él a un hombre que supo vivir a fondo la transformación de Marbella desde los tiempos de La Jaula y el Salduba, pasando por Don Rodrigo, Banús, La Jet society y hasta Jesús Gil, que, como él me decía…”de todo por lo visto tiene que haber en la viña del Señor”.
Descansa en paz, Vicente. Nunca el título de Hijo Adoptivo estuvo mejor concedido que cuando te lo dieron a ti. Sabes que lo digo de verdad.
Echaré de menos nuestras pequeñas tertulias. Miraré tu silla vacía y desde ella, te mandaré casi diariamente un gran abrazo por tu sincera amistad.
Ana  María  Mata

Historiadora y novelista

3 de enero de 2017

QUÉ SERÁ DE ELLOS

Es uno de Enero, y pienso que ahora que ya tenemos la panza llena y nos salen los langostinos, el jamón y los turrones casi por las orejas, es posible que no me critiquen demasiado por lo que voy a escribir, llamándome aguafiestas, agorera o inoportuna, tres adjetivos que admito en el caso de que dicha crítica apareciese. Pero ruego admitan también mis sufridos lectores una opinión sentida, humilde, desde luego, y de esas que no puedes rechazar porque te quema por dentro.
Con las uvas todavía a punto de ahogarme, y el bienestar de un hogar con las necesarias comodidades, tomo uno de los periódicos que el jaleo del fin de año me impidió leer ayer y no más abrirlo, una serie de imágenes devastadoras llegan hasta mí con toda la fuerza de la crueldad y el horror con que acostumbran a hacerlo. Pero hoy es Año Nuevo y veo las cosas de forma un tanto diferente: La cabeza vendada de un niño que además, cojea ostensiblemente, se une a la de otro con ojos fijos en mí y lleno de cenizas, desgarraduras y tristeza. Un poco más atrás, un padre sujeta en sus brazos a un bebé, del que no se si está muerto, aunque lo parece por el dolor con que lo mira y el exceso de ropa tapando su rostro. A su lado una mujer lleva de la mano a dos más, cuyas lágrimas parecen mojar las hojas del periódico. Otro interroga con la mirada al fotógrafo quien sabe con qué preguntas posibles. Alrededor solo tierra  y muros vacíos.
Frío y desolación. Un soldado se ve a lo lejos, esperando disparar.
Pero es Navidad. Se acaba el año y una gran parte del mundo “civilizado” está de fiestas. De comilonas costosas, bailes, regalos, juguetes, delicatessen y alegría. Celebramos los más de dos mil años del nacimiento de un niño como los descritos arriba de Alepo, ciudad no muy lejana de la de este otro Niño, en Oriente, también, que a pesar de la sentencia de Herodes, después de nacido pudo huir a Egipto y salvarse. ¿Qué hubiese pasado si no consiguen sus padres escapar? ¿Si no les hubieran permitido pasar la frontera? ¿Si hubiera muerto?...¿Cual sería la historia de la humanidad si al Niño de Belén lo hubiesen herido romanos o egipcios, si no hubiese podido llegar a convertirse en el Cristo que muchos adoran?
Paralelismos que llegan a la cabeza en este día de año nuevo, mientras abandono por impotencia y dolor las imágenes del periódico. A la vez que pienso qué para qué porras nos sirve la tan cacareada globalización , además de para mostrarnos imágenes desoladoras y saber lo que pasa minuto a minuto sin que nadie, ninguno haga algo para detener esta barbarie que nos retrotrae a imágenes del siglo pasado, cuando en una guerra infame morían y desaparecían en el frente y los hornos personas a
millares, sin que la vida se detuviera,, como pasa ahora con Siria, mientras nosotros comemos turrón y bebemos champagne francés.
Navidades hipócritas para el mundo cristiano que canta al amor y deja morir a inocentes bajo las balas. Que no quiere refugiarlos por miedo y cobardía. Que permite a dos o tres hombres sin piedad -sean sirios, turcos, rusos o americanos, poderosos y absortos en intereses crematísticos-, que manejen el mundo como mejor les parezca. Estados fantasmas, islámicos de todas las facciones, que insuflan en sus gentes ideas fanáticas desde la niñez, asesinos sin más.
Miles de de seres humanos vagan por las fronteras como animales entre alambradas bajo la noche y en lugar de estrellas o luces navideñas solo pueden pensar en las almas de los anónimos miles de muertos que tal vez brillen para ellos, y , ¿quién sabe? A lo mejor les llegan las miles de campanadas de occidente, sarcástico llamamiento cristiano a la misma alegría repetitiva y artificial de todos los años.
Mientras vea una foto como las del periódico de ayer, no pienso cantar ni un solo villancico más. No puedo. O sí.  Fíjense en este, por muy cruel que les parezca:
“Pero mira como mueren los niños en Alepo”… Pueden ponerle música.

                                                                                                  
Ana  María Mata
Historiadora y Novelista 

23 de diciembre de 2016

ANDALUCIA SUSPENDE EN EDUCACION

El llamado Informe PISA sobre la Educación ha dado como resultado que los andaluces estamos a la cola no solo de Europa, también de España en lo que a esa materia se refiere. Si ya es desalentador el diagnóstico, la reacción de la Junta, y en concreto de la Consejera de Educación, Adelaida de la Calle, es para echarse a llorar, a pesar de que a la maquinaria propagandística de dicha Junta ya estemos acostumbrados. Era de esperar, ya que a la escasa autocrítica suelen unir una amplia operación de marketing político bajo cuyas alfombras pueden esconder sus indicadores de miseria.
Vean si no como puede la Consejera argumentar como contrarréplica al Informe, las causas y factores que, según ella han dado lugar a ese resultado negativo. 1º causa: “Han cambiado el tipo de pruebas”, olvidando que también lo han hecho en el resto de comunidades, y Castilla y León están en la cabeza y Andalucía en la cola. 2ª: “Los escolares seleccionados pertenecen a colegios de nivel económico bajo” Pero a ver, ¿no quedamos en que tan igualitario es el sistema andaluz educativo que lo mismo aprende un niño en La Palmilla, por ejemplo,  que en El Palo o un colegio del Opus?
El argumento del nivel socioeconómico de las familias de los colegios analizados es como la tierra que cae encima de uno mismo, puesto que la misión de la Consejera debería consistir precisamente en reducir esas diferencias. Quedarse en estas absurdas explicaciones para justificar la realidad es frustrante, o debería serlo, para ella y para nosotros que asistimos mudos a este tipo de absurdas justificaciones.
Lo cierto es que educar dentro del tipo de enseñanza que PISA exige, resulta más costoso y más necesitado de cambios si queremos seguir participando en dicho ranking. El Consejero de Castilla y León, comunidad con mejores resultados ha dado algunas de sus recetas que son perfectamente aplicables, como reforzar materias troncales en las que se fija PISA y ser exigentes en la formación y selección del profesorado.
  No es nada nuevo que el problema educativo es uno de los más urgentes y necesarios que todo el país padece y que necesita una solución, consensuada (como se dice ahora) si quieren, pero efectiva. Estamos hartos de decir y oír que los escolares de hoy son las hombres que el día de mañana habrán de ser nuestros gerentes económicos, empresarios, políticos, gobernantes, médicos…y un etc que todos comprendemos. Pero a la hora de actuar, nos quedamos en la retaguardia, porque siempre alegan que tenemos otros problemas más acuciantes. Y así pasamos de un gobierno a otro con idénticas deficiencias que van generando, de un lado, estudiantes cuasi analfabetos a su llegada a la Universidad, y de otro, algunos licenciados en especialidades, por ejemplo de ciencias, sin tener la más remota idea de Humanidades, o al contrario, humanistas que no saben dividir por dos cifras.
Hace verdadera falta una concienciación conjunta de políticos con mando efectivo, profesores de todos los niveles, sicólogos y familias para entre todos dedicarnos a los escolares primero, y los estudiantes de más nivel, a continuación. Revisar los planes de estudios, en su mayoría anacrónicos y en excesivo conservadores,  para ponerlos al día en todas la cuestiones, incluida la tan traída y llevada de lo digital, electrónico, o dicho de otra forma, las nuevos materiales que rigen el mundo y a los que no podemos rechazar solo porque los que debían enseñar a usarlos necesitan antes que les sea enseñado a ellos.
Claro que es más fácil continuar como hasta ahora, con profesorado sin reciclar, desconocedores de idiomas extranjeros, abusadores de la memoria y cansados lo suficiente como para no crear estímulos en sus alumnos.
El Magisterio en sus diversos niveles no es asunto para resolver tan solo con el examen de conocimientos al futuro profesor. Debería ser obligatorio evaluar periódicamente a quienes lo ejercen, y valorar más de lo que se hace la creatividad, la  innovación y cómo insuflar en el niño, desde que empieza, un alto grado de curiosidad.
Claro que, a renglón seguido, igualmente debería ser retribuido con un sueldo no solo digno, sino superior a otras profesiones, entendiendo que trabajar con seres vivos es, no solo más difícil, sino más serio y esencial que hacerlo con máquinas.
Mientras nada de esto se lleve a cabo, lo único que nos queda, al menos en Andalucía, es borrarnos del Club de los del Informe Pisa.
                                                                                                
Ana  María  Mata
Historiadora y Novelista

11 de diciembre de 2016

SAN FIDEL DE LA HABANA

¡Cómo nos gustan los muertos…! no solo a nosotros, españolitos necrófilos que en cuanto algunos de los que atizamos duramente en vida, llamándoles de todo, se le ocurre morirse, corremos a venerar su figura, haciendo, la mayoría de las veces, apología intensa de una vida que, mientras la vivía, detestábamos. Ignoro el sentido auténtico de este curioso fenómeno, pero ni que decir tiene que,  el hecho de sentirse benévolo cuando ya el finado no nos puede fastidiar en aquello que lo hacía, nos genera una placidez casi, casi, sincera.
Ha muerto un hombre en cierto modo singular. Aunque solo fuese por que fue capaz de mantenerse en el poder casi cincuenta años, vivir a pesar de todos y de las diversas formas en que quisieron matarle, desafiar al gigante americano y ser llamado todavía por algunos, el padrecito de los cubanos, después de sus incontables fechorías humanas y políticas…solo por eso hay pensar que el hombre que acaba de morir no era un dictadorzuelo cualquiera, no era uno más de los que han ensombrecido la vida de los países de Iberoamérica.
 Fidel Castro, muerto en olor casi de santidad, fue, desde luego muchas cosas más que el presidente de una nación constreñida y pobre. Fue lo que quiso ser, aunque tal vez el día en que entró en La Habana junto al –posteriormente– celebérrimo Che Guevara, sus intenciones fuesen otras, y hasta, concedámosles la posibilidad,  mejores para el pueblo al que salvó de un elemento como Batista. Pero el tiempo todo lo altera y con él no hizo excepción. Mal gestor de la economía, pésimo administrador de los bienes con los que contaba, ni siquiera su platónico amor con la Rusia de entonces logró aminorar la decadencia en la producción, que año tras año fue cayendo en picado.  
El mito de sus logros en materia de salud y educación, aun con una incipiente base, no justifica que demasiados médicos tuviesen que recetar medicamentos inexistentes en la isla, o la falta de profesorado competente en unas escuelas caídas a trozos y casi en ruinas.
Pero Fidel Castro tenía sus trucos, claves para conseguir el éxito popular que se le atribuye. Uno de ellos fue la adhesión a los ritos paganos-cristianos de las naciones que le ungieron con su adhesión. Los santuarios de la macumba brasileña, del vudú haitiano, del winti de Guayana, todos tenían la imagen de Castro junto a las más diversas deidades. Así se alcanza una veneración que difícilmente se consigue con hechos, o en un ámbito cultural desarrollado.
Otro tema distinto es la realidad de las persecuciones castristas. A una poetisa, María Elena Cruz Varela, opositora al régimen, le hicieron rodar por las escaleras, y, ensangrentada, la obligaron a comerse sus poemas. Un ejemplo entre los miles de encarcelados, intelectuales o no, o de los muchos que perdieron la vida dentro del saldo oficial de 3.216 desaparecidos y asesinados.
El castrismo, además exportó su modelo hacia casi toda la América Latina. En Venezuela, las bandas criminales que hoy siembran el terror y se han cobrado miles de vidas fueron entrenadas por Cuba. Lo que no deja de resultar curioso es la diferente vara de medir  que muchos diarios y articulistas han usado en la hora de la necrológica. Mientras los dictadores militares que asolaron Chile y Argentina, fueron considerados en el exterior como lo que eran, y en general, rechazados, a Fidel una vez alcanzada la provecta edad de noventa años, y familiarizados con sus últimas fotos en chándal, ha logrado que los titulares encabecen en muchos casos sus crónicas llamándole simplemente “El líder de la Revolución Cubana”.  Un abuelito encantador que todavía era capaz de arengar durante cuatro o cinco horas, a pesar de la barba rala y los párpados caídos
No parece sino que dicha revolución hubiese sido ejemplar y llevado al país a una democracia  auténtica.
Lo dicho. ¡Cuánto nos gustan los muertos! Y que fácil resulta idealizar, a veces, a quien en vida, abolió de un plumazo, además de lo  escrito anteriormente, la libertad.


Ana  María  Mata 
Historiadora y novelista

27 de noviembre de 2016

TRIUNFO DE HECHICEROS POPULISTAS

Escribe el periodista A. Lucas que el populismo “es la expresión comercial de una política sin márgenes definidos donde cabe cualquier cosa”. Mucho se ha dicho en estos días sobre esta forma de gobernar que, aunque creamos nueva es tan antigua como la misma Biblia, por ejemplo, que desde la estrategia religiosa, recalificaba el terror, prometiendo cielos e infierno a los creyentes.  El filósofo Popper lo bautizó como “la llamada de la tribu” donde factores como el racismo, la xenofobia, el proteccionismo o la autarquía se unen para dar una especie de marcha atrás , asustados por todo lo que la libertad y el progreso han traído de cambios en el mundo global.
Ahora, con la llegada de Trump, el populismo puede llegar a conseguir cotas tan altas como peligrosas. Que sesenta millones de norteamericanos le hayan creído y respaldado indica la necesidad de todo un continente de volver a sentir la fe en sí mismo, aunque para ello renuncien a la racionalidad y empiecen de nuevo a creer en brujerías, chamanes y recetas vomitivas.
La verdad es que da la impresión de que lo del populismo es un rodeo perverso, una metáfora desquiciada para no decir fascismo o comunismo de nueva hornada. Una necesidad casi agónica de muchos de encontrar apoyo a su rencor, una base colectiva a lo que llamaríamos ajuste de cuentas. El votante de Trump encuentra en su verborrea, sus desmanes grotescos y sus promesas, la compensación a la represión que sobre sus sentimientos de rechazo a los diferentes, le imponía la “jodida democracia” y perdonen que utilice el adjetivo exacto de un xenófobo convencido. Alguien que cree con fe de carbonero que las crisis económicas sufridas, son producto de una falta de proteccionismo hacia los productos propios y defienden una especie de autarquía como medida ejemplar para solucionarla.
Que en pleno siglo XXI, con la tecnología en sus más alto estadio haya quien reclame y desee una vuelta atrás para que cada país se recree en la visión casi única de su propio ombligo bajo la feroz mirada del salvador omnisciente, sería para echarse a reír si no fuera porque los resultados de esta visión pueden con rapidez hacernos llorar de impotencia y rabia.
A quienes vivimos en este soleado pueblo o ciudad nos toca de cerca el tema, todo lo de cerca que resulta de haberlo sentido en nuestras propias carnes, como decían los antiguos. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que dijimos necesitar un “redentor”, un mesías que nos liberase del yugo del desastre político que parecía haberse instalado en nuestro Ayuntamiento. Llorábamos tanto que el cielo oyó nuestras súplicas y dijo: Ahí va. Os lo mando. A ver que hacéis juntos.  Y la ciudad aumentó su tamaño, sus paseos, sus estatuas, sus flores, incluso muy particularmente, su fama. El salvador gritaba, reía, hacía y deshacía, colocaba a sus hombres y nos prometía el  paraíso. Una, dos, tres veces fue votado porque solo mirábamos hacia él y sus grandezas. Cerramos los ojos al cuarto de atrás, a lo que se guisaba bajo fondo de reptiles. Era populista. El más famoso de España, el invencible. Se parecía ligeramente a Trump. Usaba sus métodos.
Conocimos el trastero podrido cuando ya era demasiado tarde. Cuando a su más fiel vasallo lo llevaron esposado a los tribunales. Y a muchos más que le habían hecho la corte. Al abrirse la Caja de Pandora y encontrarla repleta de truenos con los bolsillos a reventar de nuestro dinero. El día que el fenómeno Malaya nos hundió en la más profunda vergüenza y miseria.
Estamos viviendo un tiempo de desagradables recuerdos. Trump versus Gil. No saben los americanos lo que les espera. No se si lo sabe Europa, pero los habitantes de un lugar idílico llamado Marbella, lo sabemos muy bien. Por desgracia.

                                                                                               
Ana  María Mata
Historiadora y Novelista

12 de noviembre de 2016

DELITOS DE ODIO

Por si fuesen pocos los delitos que el Código Penal alberga, en los últimos tiempos se ha sumado a ellos uno nuevo, cuyo nombre posee algo de literario, más en la línea de lo emocional que de la razón o lo económico. Más triste, por ello, más incomprensible y dramático, y desde mi punto de vista, aún más deleznable.
Se trata de los llamados “delitos de odio”, cuya definición responde a una conducta violenta motivada por prejuicios. Cada semana se da a conocer un hecho violento en algún lugar de nuestro país, calificado como delito de odio. Y esta última ha sido detenida en Estepona una mujer por rociar con insecticida a la hija pequeña de su vecino guineano. Es la segunda vez que esta mujer española arremete contra su vecino y familia por el color de su piel. Las anteriores llamaba a altas horas de la madrugada al portero automático, o bien a la puerta del domicilio, y cuando alguien de la familia abría, se dedicaba a insultarlos, diciéndoles que volvieran a su país.
Racismo y xenofobia son cuestiones mucho más serias y hasta peliagudas de lo que a simple vista solemos considerar. Nos hemos acostumbrado a vivir con un grado de animadversión a todo aquel que sea contrario a nosotros, ya sea por el color se su piel, (especialmente a estos), raza, o por diferencias de costumbres, nacionalidades, o idiomas. El análisis es necesario hacerlo desde el punto de vista de que no son las personas de bajo nivel, cultural estatus económico o social, las que ejercen esta patología anímica, sino gente con reconocida mundología, acostumbradas a viajar por variados continentes y conocedoras de las múltiples,  incontables variedades humanas que el Dios, en el que muchos de ellos creen, ha puesto en este pequeño planeta.
El hecho de que seamos iguales ya fue puesto en tela de juicio en los lejanos tiempos imperiales, cuando algún que otro conquistador llegó incluso a afirmar que los indios no tenían alma, asunto que, sin embargo no les impedía catequizarlos a fuerza de cruz o espada.
Todos nos creemos en el fondo superior al otro. Como si una tez clara, unos ojos azules o una partida de nacimiento, que no son sino azares involuntarios, concediesen patente de corso para rechazar al que no posea estos factores que aceptamos como absolutos y no simplemente diferenciales.  Debe ser cierto que el hombre es el único ser creado que tropieza dos veces en la misma piedra. Con consecuencias horrendas que deberían habernos vacunado para siempre del pecado de la intolerancia. Si un Hitler, un Holocausto, y millones de víctimas no son suficientes para que llevemos grabado como estigma humano cuanto puede surgir del odio al contrario, creo que la humanidad no tiene solución como ente moral.
Reconozco haber vivido una infancia de rechazos. A los gitanos, a los “moros”, a los negros y oscuros, fuesen paquistaníes, hindúes o de otras nacionalidades. Pertenecía al acervo cultural inculcar a los niños ese rechazo como algo lógico, para que se cuidase de ellos. Los “oscuros”, en general servían mucho para la fiesta del Domund, con su hucha de cabeza de negrito, para las misiones, y para hacernos ver lo inferiores que eran a nuestro lado. Pero nada más.
Abomino hoy de aquella educación chauvinista y poco cristiana, mezquina y pobre hasta la médula. Abomino de  unas prédicas con angelitos alados, rubios y sonrientes en altares desde donde se nos asustaba sobre todo lo referido al sexo y sus derivados, junto a un silencio casi total acerca del eje principal del Evangelio, la justicia y la caridad.
De aquellos polvos han surgido los lodos de hoy, la terrible situación de refugiados y emigrantes, millones de seres deambulando por tierras inhóspitas, cada vez más rechazados, con cadáveres de niños que impactan pero se olvidan pronto, con personajes actuales poderosos como el impresentable recién elegido presidente de EE. UU., a cuyo amparo no subsistirá nadie que no tenga como referente el pelo y la piel color zanahoria.
Quieran o no, el mundo es multirracial, y por consiguiente multicultural, y eso, en lugar de un problema, debería ser un signo de riqueza para cuantos habitamos el planeta.
Los elitismos y  las purezas de sangre, solo conducen tarde o temprano a nacionalismos más o menos feroces, capaces de exterminar incluso, para que sus teorías se lleven a la práctica.
El hombre negro que nos mira desde su bella piel de ébano, posee, aunque a veces lo olvidemos, una cultura propia, un idioma, una familia y un corazón que siente. Lo único que le diferencia de nosotros, es, para su desgracia, la mala suerte de haber nacido en un país injusto.

                                                                                                    
Ana María Mata      
Historiadora y Novelista
   

31 de octubre de 2016

PREMIOS


Octubre no solo trae la caída de las hojas con  su bello cromatismo de ocres y naranjas, o la despedida de un verano que en ocasiones se resiste y amenaza con volver. Envueltos entre las gotas de sus lluvias primeras aparecen igualmente en el panorama cultural un saco importante de premios. De todas las clases y en todos los géneros. Desde aquel con el que un profesor llamado Alfred quiso compensar su más famoso invento, o las consecuencias derivadas del mismo, la dinamita, pasando por el muy prestigioso en la actualidad, el llamado ahora Princesa de Asturias, para acabar con uno, solo literario, y si me lo permiten, menos prestigioso, pero no por ello desdeñable para un escritor: el Planeta, de cuantía económica alta y con el que la familia Lara, además de promocionarse, pretende incentivar, o eso dice, la lectura y el libro en general.
Empiezo por el que más ha dado y sigue dando que hablar, además de ser el más destacado. Este año, como saben, el Nobel de Literatura ha  sido concedido al cantante Bob Dylan. La Academia Sueca afirma que la calidad de las letras de sus canciones son merecedoras de situarse al mismo nivel de todos los libros escritos por Vargas Llosa o Philips Rhott, en el caso de que al último se le hubiese otorgado de una vez, como las encuestas predicen y se equivocan cada año. Lo curioso es que al día de hoy, el señor Dylan no se ha puesto ni al teléfono para informarse al menos de la distinción, por lo que oficialmente, es como si no lo sabe o estuviera muerto. Perdonen mi atrevimiento, pero el segundo hecho, el de no contestar, me parece una más de las groserías con las que Bob Dylan acostumbra a “castigar” a sus acérrimos seguidores, como lo es el de no decir en ningún concierto ni el más elemental Buenas Noches.
Una comprende que la calidad no tiene por qué ir pareja con una exquisita educación, pero sí debería estarlo con el mínimo respeto. Y en cuanto a sus letras, no seré yo quien diga que no me gustan, al menos las más conocidas, y que puede ser el “trovador moderno” que algunos afirman. Pero entonces debería existir otro galardón, no el de Literatura, que premiase a los trovadores, cantautores y demás compañeros del antipático señor galardonado esta vez. Por mi parte y sin que me lo pregunten, propongo a Joan Manuel Serrat.
Verán, componer letras para ser cantadas es un bonito oficio que por descontado, unos hacen mejor que otros, pero equiparar esas letras con el enorme aval literario de obras como las de los antes citados…me parece, cuanto menos, un ligero error, por muy modernos y alejados de las normas que algunos quieran estar.  ¿Sería comparable El Quijote  con la canción, por ejemplo “My Way”, de Sinatra, e incluso  con “Imagine” de los Beatles?...
En relación con los otros premios, mi modesta opinión es que el Princesa de Asturias de las Letras está merecidamente otorgado a un gran novelista de la vida cotidiana americana y por ende, de la de la mayoría de la gente, como es el genial Richard Ford. Si no lo conocen, corran a buscar algo suyo. Admirable.
No conozco la calidad literaria de la galardonada con el Planeta, de apellido Redondo, y autora de una saga de novelas (editadas en Planeta, of course) de enorme éxito de ventas. Intentaré leer la premiada, y en ella espero encontrar menos efectos mágicos-oníricos que en las citadas, motivo de mi ausencia de sus libros. Siento no ser adicta a la ciencia-ficción.
Deduzco que la literatura da para mucho, incluso para equivocarse premiándola. Pero mientras siga llamándose literatura, confío en que olviden a personajes como el de Dylan, porque la Academia Sueca, si se olvidó de Borges, hoy de Rhott o Murakami…¿Acabará premiando en los próximos al autor o autora de Cincuenta sombras de Grey?
                                                                                
Ana María Mata
Historiadora y Novelista