12 de enero de 2015

Soledad (3). Volver al sur



    Los cinco ríos verdes

En el viaje hemos cruzado cinco grandes ríos. Han sido mil kilómetros, dos llanuras sedientas que no te dejan escapar y cinco ríos verdes y anchos. Soledad parece quedar en el pasado remoto y sin embargo Fomo nos despidió hoy mismo al amanecer. Fomo. Acabamos de cruzar el quinto río y tenemos que conectar el aire acondicionado del coche, que ahora corre en paralelo a una eternidad de olivos. Fue solo hace unos días cuando me lo encontré sentado, serio y solitario, en un banco de piedra en la oscuridad de los soportales de la iglesia, con la mirada perdida en la profunda sinrazón del valle. 

Fomo. Quise saber qué significa. Desde el día en que recibí su primer correo sentí curiosidad por ese nombre, ¿no es de Soledad tu nombre, verdad Fomo?, sin embargo tú sí pareces de aquí. Escucha José María, los del sur sois muy raros, siempre vais en busca de lo desconocido, lo queréis saber todo, queréis respuestas a lo que no entendéis, se os va el tiempo intentando fisgonear lo que estarán haciendo los demás, y todo para removeros de rabia callada una vez descubierto, frustración de no haberlo hecho vosotros antes, por querer ser el otro. En el sur el otro quiere ser tú y tú quieres ser el otro. Y os empeñáis en cruzar los cinco anchos ríos y las agrietadas mesetas, en pleno verano, para llegar a la Soledad, pudiendo tenerla allí mismo, en el borde mismo de vuestro plácido espejo. 


Fomo y los ingleses

 Unos ingleses que vinieron a la aldea hace unos años me explicaron que significa mi nombre. Vinieron a Soledad cruzando las Montañas Ignotas, desde sus mundos de lo Olvidado y de la Impaciencia, más al norte. Cuando llegaron aquí estaba todo de blanco, y la nieve esparcía su silencio, primero por las noches y después cubrió cada día de la semana, uno a uno, incluso el cielo se hizo blanco. Y en el poco idioma que compartíamos me dijeron que venían buscando un sitio sin cobertura. Solo a la tercera chimenea conseguí entender que era la cobertura, internet, los teléfonos móviles y lo de las redes sociales. Idoia sin embargo nunca lo ha entendido. No lo necesita, con las manos resguardadas en su delantal, refugiada detrás del mostrador, siempre cae la tarde para ella en la penumbra del colmado, mírala José María.

Me explicaron que venían huyendo de la plaga que asolaba su mundo, el FOMO. Buscaban el aislamiento, venían enfermos de fomo. La locura que les ha entrado de querer ver lo que hacen los demás en cada momento, de mostrar al mundo la vida de uno hasta el más inútil detalle, la adicción a no perderse nada de lo que pasa ahí fuera, obsesión por estar  a la vez en todo y en todas partes. Fear Of Missing Out. A la quinta chimenea fueron ya capaces de contemplar callados, sin moverse, como caía lenta la nieve al otro lado de la ventana. A la sexta se quedaban dormidos frente al fuego con sus libros cerrados sobre el regazo. La segunda semana me los subí al hayedo de plata. Y allí lloraron rodeados del silencio del bosque. Como lo hice yo el día que la Idoia se me quedó callada y con las manos en el delantal.

  
Calles de olivos, colinas de almendros

Ya hemos dejado atrás los grises olivares y sus calles de perros perdidos, y estamos atravesando las colinas de almendros. Los almendros son los grandes solitarios del sur. 

Para mí volver significó siempre un largo viaje hacia el sur, un retorno al ajetreo y a la vida, un viaje por el tiempo, dejando por las ventanillas el paisaje del pasado, las caras asustadas de los familiares del campo, las pesadas manos surcadas de tierra diciendo adiós.  Volver lo fue siempre hacia un territorio bordeado por el límite azul oscuro del mar en un extremo y la espuma blanca de la ola cercana. Ahora ese viaje es un paseo lento y en blanco y negro al pasado. Un paseo que se repite con frecuencia y en el que redescubro rincones tragados ya por la memoria, las palabras que ya no se usan, la antigua casona de la familia, gentes que permanecían en la oscuridad y que por segundos consigo rescatar. Incluso animales que quise, caballos y perros; Española la noble yegua alazana y Duque mi setter irlandés.

Recuerdo el cambio repentino del tono de voz de mi padre al sobrepasar el último puerto de montaña después de tantos kilómetros de curvas y carreteras en mal estado, “niños, ya se ve el mar y la catedral, ¿lo veis?, mirar el puerto”. Y los cuatro, en el apretado asiento de atrás, gritábamos al unísono “¡siii!”, aunque tuviéramos que alzar las cabezas por encima de los asientos delanteros para atisbar solamente más campo amarillento, montañas calizas y mas curvas hacia el horizonte.


Autopista de peaje

La máquina escupe nuestra tarjeta de crédito y levanta la barrera, ahora volver es una autopista de suave pendiente, con enormes camaleones que enseñan la lengua pintados sobre la roca, con túneles y viaductos que sobrevuelan las montañas salpicadas de arboles y casitas blancas. Es un peaje hacia el mar, una larga pendiente en descenso gradual y sin altibajos hacia el mismo borde de ese espejo donde vivimos apiñados los indolentes sureños, ese sur en el que los días de calma se refleja el Otro Lado, el de la sempiterna sequía.

En mi vuelta de Soledad este año he visto de repente, alejándose velozmente por el espejo retrovisor, todos esos años pasados en el asiento de atrás con la cabeza vuelta y los ojillos medio cerrados para poder entender los misterios de la vida a esa edad, es decir, cómo se estrechaba misteriosamente la carretera en la que solo hace unos segundos cupo el coche con toda la familia dentro, y cómo se fundía con las últimas casas del pueblo que acabábamos de pasar, hasta desaparecer completamente, carretera y casas tragados por la ventanilla de atrás. 

Fomo. De querer entender todo lo que queda fuera de ti, de querer fisgonear lo que no alcanzamos, ser lo que no somos. De querer saber qué le pasa a ese hombre que anda por la cuneta arrastrando los zapatos y masticando su vida, mientras tú vas apretujado en la banqueta de atrás de un viejo Renault conducido por un padre que después de tantos kilómetros, al pasar la última curva, sonríe y grita que ya se ve Málaga. 

Y allí abajo por fin, de repente, la luz se abraza a un puerto abierto al mundo, el horizonte es brillante y de sal. La catedral de cobre azulado señala a un sol suspendido sobre el Mediterráneo.


José María Sánchez Alfonso. Enero de 2015






6 de enero de 2015

PRIMEROS PASOS



Se nos fue el maléfico e insoportable 2014 con un reguero de desgracias hasta el último minuto, como queriendo corroborar con aviones perdidos, barcos incendiados, y cantidad de atentados islamistas, su intención de hacer daño hasta el final, tal parece que era su misión durante los anteriores 364 días.
 Año nuevo, vida nueva, decíamos antes. Felicidades a todos los amigos, y en el caso (sería un gran honor) de tener enemigos, también a ellos. Sigue la vida, y por cierto, puesto que no existe santo al que adjudicarle nada, ni batalla memorable, me preguntaba tontamente antes de empezar a escribir, cual sería la causa de que nos empeñemos en que hoy sea el día último de un año cualquiera y al despertar el de un año diferente. ¿Quién decidió esa división del tiempo en años, meses y días? Afortunadamente Don Google estaba ahí,  al alcance de la mano. Alguien debería haberme dicho que ya los etruscos y otros pueblos romanos tenían un calendario lunar, el de los etruscos, basado en la luna llena. Que Rómulo, fundador de Roma fue el creador del calendario romano, con diez meses, de mayo a diciembre, y que entre este mes y mayo no había nada por la ausencia de labores agrícolas. Comprendido pues, era la agricultura la que generó la división de acuerdo con la siega y la siembra. Después Numa Pompulio, segundo rey de Roma, lo aumentó varias veces hasta el resultado que conocemos. Curiosidad satisfecha que les transmito como si fuese el Reader Digest ¿se acuerdan?... aquella revista pequeña en la que se aprendía un poco de todo, como en los crucigramas.
Convenciones aceptadas, el nuevo año empieza a dar sus primeros pasos. Titubeante aún, vacilante quizás, permitiendo copas de más, serpentinas, gorros, y besos por doquier en sus primeros minutos. Engañoso como siempre, hipócrita y malvado como la mayoría. Ocultando bajo el disfraz de espumillón y horripilante música televisiva de fondo, un maletín negro como la noche. Hinchado, efervescente como el cava, repleto de noticias futuras, esperadas o sorprendentes, la mayor parte de ellas solo buenas para periodistas carroñeros, deprimentes para el resto de ciudadanos que no sabemos si todavía nos cabrá alguna, si habrá un hueco para algo peor de lo que hemos soportado en nuestras sufrientes cabezas.
 Asoma un pie el llamado 2015, y ya estamos temblando. Las primeras letras escritas en prensa nos obligan a conocer el capital financiero de Amancio Ortega, que aunque no recuerdo con precisión, es inmenso, extemporáneo, monumental…agradable noticia, muy interesante para los desahuciados, junto al de Julio Iglesias, un poco menos multimillonario, el pobre, pero todavía resistente. O el de Carmen Cervera, baronesa Thyssen, feliz reconciliada con un hijo que puede hacerla salir de la lista euro a euro, beso a beso, como quien no quiere la cosa.  Noticias trascendentes, no digan, para empezar el año con alegría, y no como Urdangarín, el todavía Duque de Palma, al que se le ha puesto cara de ofendido, maltratado o todo a la vez, rostro color ceniza, cualquiera diría que está preparando la tez para la falta de sol que presupone…y eso que su amada no le ha abandonado como se esperaba, ¡que fuerza de amor, que entereza!, no habíamos visto nada igual desde los tiempos en que su digno suegro empezó a compartir almohadas con el famoseo…
Lástima que más abajo nos den nuevas noticias de Blesa, el infame banquero o lo que fuese, cara de ratón asilvestrado, chulo, y ladrón hasta las trancas, al que le han encontrado más maldades, cifras y más cifras sin que los jueces lo metan en el trullo antes de que se largue al paraíso de los sinvergüenzas, en el que a lo mejor descansa estos días Rato, el maravilloso ministro que casi nos gobierna antes de dejarnos sin blanca.
Pobre Pantoja, más baja en el escalafón, y a pesar de ello, encerraíta, aprendiendo idiomas y haciendo sus labores, para ejemplo de su preciosa hija, que la visita y llora, llora y la visita con cuidado extremo del rímmel.
Todos empezarían 2015, imagino, con la esperanza puesta en lo siguiente de la lista: Las elecciones de mayo, después las autonómicas y las generales. Lo vamos a pasar en grande de urna en urna, locos como estamos por votar, entusiasmados, gozosos. A lo mejor acabamos como los griegos, solitos, como antes, sin tonterías europeas, agarraditos todos y cantando viva la vieja peseta, viva España, viva….no, que porras, el no, dejémoslo donde está, no exageremos.            
El Guapo, el Coletas, la Lozana andaluza y el Alegre gallego serán el telón de fondo que hará del año  que comienza a andar uno de los años más completitos de nuestras vidas.
Amenizarán el cotarro con sus conocidas habilidades, derrumbando a Mota y Los Morancos  a quienes sustituirán, sin duda en las próximas fiestas de Año Viejo.
 Y ustedes que lo vean, ...pues servidora, si pudiera o pudiese comenzaba desde ahora a correr. Si no fuera ¡ay! porque a pesar de todo, quiero ver los ojos de mis nietos el día de Reyes….
Ana  María  Mata
Historiadora y novelista

23 de diciembre de 2014

EL PODER Y LA JUSTICIA



No es fácil ser libre. Es muy difícil y, a veces, heroico. No lo es para el hombre corriente, aquél que solo tiene que dar cuenta a sí mismo, y para quien el gran Erich Fromm dejó escrito su mejor libro “Miedo a la libertad”, en el que decía como algunos seres humanos se aterrorizan cuando tienen que ejercer su derecho a ejercitarla en ocasiones decisivas para su vida. Estamos tan habituados al yugo que suele ser el arma decisiva para el poderoso, disponer del convencimiento de que su voluntad imperará sobre la de los otros.
Hemos asistido en estos días a un episodio distinto y ejemplar. La de un alto magistrado que ha preferido dimitir a plegarse a las continuas injerencias de quien posee el poder político en este país. Tiene que haber razones de mucho peso para que un fiscal general deje colgado al Gobierno, apuntaba un magistrado del Supremo tras conocer la marcha de Torres Dulce, a pesar del telón eufemístico de sus razones personales. Con anterioridad, 13 de los 18 jueces de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo enviaron una carta al presidente del Poder Judicial, Carlos Lemos, para que reclamara el cese de las intromisiones del Ejecutivo en las decisiones judiciales.
El poder no admite que se discutan o alteren sus normas, especialmente lo que redunde en merma de ese mismo poder manifestado en electores y votos. Más de cuatrocientos años atrás un pensador, abogado y político de la Ilustración expuso con brillantez su teoría de la muy necesaria separación de poderes entre el ejecutivo y el judicial. A pesar de la celebridad de sus escritos, Montesquieu sigue siendo un nombre para el lucimiento en discursos, pero no un modelo a imitar. La coexistencia entre el poderoso y el pensador es, en el fondo, imposible porque los fines de ambos son opuestos: uno quiere gobernar, el otro se dedica a la reflexión política. Ya Alfonso Guerra dio por muerto al citado Montesquieu en 1984.
La gran tragedia de nuestra democracia y una de las razones de su deterioro consiste en que los diputados votan según ordene el jefe del grupo, los ministros obedecen sumisamente al presidente, y así en cadena, renunciando la gran mayoría a un deseado “no” si es que quieren ser promocionados en el futuro y alcanzar los privilegios del poder.
Así las cosas, Rajoy se encuentra ahora en una crisis institucional que ensombrece mucho sus mensajes triunfalistas económicos. Mensajes, por otra parte, y como era de esperar, discutidos y no aceptados por gran parte de los ciudadanos.
El hecho de que no sea la oposición, sino también un organismo de tal categoría como la Magistratura quien exprese su disconformidad, muestra la fragilidad del Gobierno, a quien en los últimos tiempos, los dedos parecen habérsele trocados en huéspedes. Más o menos esos parecen ser los airados jóvenes entusiastas del profesor con coleta, flecos caídos del P. P. y el P.S.O.E. todavía sin escándalos aunque con alguna pequeña mácula.
La tan cacareada transparencia es hoy por hoy objetivo inalcanzable, que nuestro escepticismo actual lleva a pensar en imposible. Por lo que vemos y a lo que asistimos es que el que manda quiere seguir mandando, cueste lo que cueste, y el que aspira a hacerlo en un futuro conoce, para nuestra desgracia, las triquiñuelas para hacer lo mismo.
Apañados estamos con un horizonte de ese calibre.  De momento, ¿sería mucho pedir que dejen actuar libremente a la Justicia?.
Ana  María  Mata
Historiadora y novelista


   

15 de diciembre de 2014

TIEMPO PARA PENSAR



Esplendor de luces, de música, regalos y dulces. La liturgia habla de Adviento y volvemos al ritual cada año repetido. Los niños lo disfrutan al máximo, lo viven intensamente, los adultos soportamos el hartazgo mirando una y otra vez los ojos infantiles, reconociendo en ellos los hoy envejecidos que en el pasado fueron iguales y poseyeron la misma esperanza. “Haceros como niños”, dice el Evangelio, y tal vez haya que intentarlo. Mientras, al menos, deberíamos pensar en algunos de ellos y el contraste de sus vidas con las de otros en estos días especiales.

El planeta, leo en un informe, se enfrenta a cinco grandes emergencias en Siria, Irak, República Centroafricana, Sudán del Sur, y el Ébola en África Occidental. La mayor diáspora de la Historia registra 282 millones de refugiados. El espacio de estas personas se restringe, con suerte, a dos o tres metros cuadrados por familia, resguardados de la lluvia y el viento por una estructura de palos y plásticos. Otros, bajo un puente o un árbol. No se incluyen los inmigrantes que se ahogan en el Mediterráneo. En todos los casos millares de niños viven en indigencia, con enfermedades, hambre y muchos para su desgracia, huérfanos. Han tenido la triste suerte de nacer en lugares donde solo impera la sequía, el fanatismo, la codicia o la guerra. Sus juguetes son armas en desuso, huesos corroídos por las aves, piedras. Con padres ortodoxos, musulmanes, o de sectas ancestrales africanas, puede que también cristianos, los une el hambre y la tristeza, sus imágenes parecen mostrarnos solo ojos enormes y vientres hinchados. No sabemos que albergarán sus pequeños cerebros, esas almas que, todavía incipientes, solo conocen el desgarro.
También para ellos debería ser Navidad. Porque olvidamos que el generador de estas fiestas, el “causante”, el Hombre que solo habló de amor e igualdad, nunca los hubiese descartado, jamás habría permitido que soportasen esta situación mientras en su recuerdo se dilapidaban víveres, regalos y dinero a mansalva. Me pregunto si quienes lo seguimos en sus enseñanzas reflexionamos lo contradictorio de las grandes algarabías occidentales y el mutismo de refugiados, o peor todavía, de desaparecidos y muertos en aguas de nuestras costas.   
Hermosa liturgia la de Adviento donde las velas encendidas se adhieren a cánticos, casullas rojas, árboles brillantes y bellos  belenes en iglesias calientes y confortables. Fieles abrigados y satisfechos con la opípara cena, niños felices con juguetes electrónicos a toda pastilla, caprichos de todo tipo envueltos en dorados trozos de papel y bolsas con dibujos alegóricos. Ojos encendidos de niños felices, revoltosos, alegres. Desconocedores de una parte diferente del mismo universo en que habitan, lugares en los que niños como ellos suspiran por un trozo de mandioca, o un vaso de leche. Niños que a lo más recibirán-si llega el caso- juguetes que otros niños desecharon y cuya mecánica les resultará difícil, extraña, alejada de su mundo diario de escasez.
Niños fallecidos en el Mediterráneo, sin que Alá mostrase compasión por unas vidas recién iniciadas y les permitiera celebrar cualquiera de sus fiestas, la del Cordero, el Ramadán o alguna similar que les mostrase  un poco de alegría, interrogándose en la asfixia de sus pequeños pulmones llenos de agua que mal habían hecho para sufrir un final tan trágico.
Navidad para niños de los que llamamos el Tercer Mundo, como si esa denominación nos concediera a los demás el arrogante título de primeros y segundos. Olvido más o menos involuntario de una Cristiandad que no parece luchar demasiado por cumplir el mensaje recibido. Políticos poderosos que asisten a ritos navideños, encienden árboles y nacimientos, cantan “Noche de Paz” en idiomas distintos y se sienten confortados con una fe que parece no exigir praxis alguna.
Todos somos culpables de que esa noche de diciembre millones de seres humanos estén excluidos de un poco del amor que hipócritamente llamamos Navidad.
Ana María Mata
Historiadora y novelista

3 de diciembre de 2014

SE IMPONE EL SHOW

A pesar de que pensamos y decimos que somos europeos, tengo la impresión de que en el fondo del alma de cada españolito pervive  mucho de la charanga y pandereta que tan oportunamente inmortalizara el verso de Machado. Más aún, aquel tufillo carpetovetónico que tanto solía distinguirnos, lejos de estar erradicado, parece hoy dispuesto a entronizarse de nuevo en el núcleo central de la sociedad española.
No podemos negar que lo gestual siempre nos ha gustado, las actuaciones teatrales y llamativas, cualquier cosa que se apartase de la normalidad en la que muchos parecen vivir a gusto, a nosotros nos aburre y acabamos por romperla. Nos hemos jactado tanto de que España sea diferente, que al final vamos a conseguir que lo sea.
Tenemos, por ejemplo, un mediador inesperado saltado a la palestra en las últimas semanas, cuyas características tan particulares solo podíamos aceptar aquí hasta el punto de reventar audiencias televisivas, ocupar portadas y ser el centro de tertulias que, por cierto no se ponen de acuerdo en  su verosimilitud o su falsedad. Sea como sea, el “Pequeño Nicolás” ya es parte del ideario nacional y representante o consecuencia de lo que llamaríamos, no sin tristeza, el estado de la nación.
En el polo opuesto, las imágenes del arzobispo de Granada echado en tierra cual soldado en trinchera para pedir perdón por los casos de pederastia realizados por clérigos de su diócesis…No me digan que dicha imagen no es resultona e incluso espectacular. El gesto que no falte, habrá pensado ante el escándalo suscitado, y si no he sido capaz de condenar a quienes actuaron así en su momento, al menos con este “cuerpo a tierra” en el centro de la Catedral puede que remedio en algo los graves errores cometidos (¿?). Charlotada absurda de un alto cargo eclesiástico, rayano en lo patético. El gesto nunca podrá suavizar el daño cometido, ni liberarle de su responsabilidad.
Hay quien dice que todo puede arreglarse con el advenimiento de jóvenes metidos a políticos que habrán de sustituir a los habituales, cansados y corruptos en gran mayoría. Que su líder, absolutamente mediático, dirigirá el país como parece hacer ahora con quienes le arropan : como si de un gran club de fans se tratara, al que él, con o ya sin coleta, les lanzará mensajes subliminales desde la seriedad de sus azules ojos. El dinero llegará a fuerza de entrevistas televisivas y si Europa se enfada, peor para ella que nos pierde. Tal vez dicho líder, el día que deba explicarnos algo como eso, se haya cambiado de camisa arremangada y lleve chaqueta color negro duelo. Todo es posible.
Se impone el show, como ven. La puesta en escena. Intento descubrir si  toda la parafernalia anterior acabará en un “más difícil todavía” como en el circo, o en la ceremonia de adiós del país, con bajada total de telón.

Ana  María  Mata  
Historiadora y novelista