28 de septiembre de 2016

HÉROES SIN MEDALLAS



Competir es hoy una forma de vida, una actitud tan generalizada en todos los aspectos de la misma, deporte, economía, trabajo, arte…que no entendemos ya a aquél o aquellos que hacen algo por el simple deleite de hacerlo, o más extraño aún, para conseguir haciéndolo un beneficio  no personal, sino destinado a otros seres que lo necesitan y que a veces ni conocen ni son cercanos a ellos.
Mis líneas van destinadas a quienes he llamado “héroes sin medallas”, acostumbrados como estamos a que las proezas deportivas lleven aparejados cantidades de oro, plata, bronce y cualquier otro metal que enlace con una flamante medalla. No reniego de ellas, por el contrario creo que son estímulos importantes para que jóvenes –o no tanto- conviertan su vida en un canto al esfuerzo.
 Al primero de “mis héroes” lo conocerán en cuanto les hable de que posee unos ojos profundos y bellísimos que enmarcan una sonrisa inigualable. Es de Marbella, es deportista y joven. Se llama Pablo Ráez y tiene alterados a las redes sociales y a los medios con la campaña a favor de la donación de médula.
Pablo recibió un trasplante de médula para la leucemia que padece, pero recayó y desde el hospital Carlos de Haya donde fue nuevamente ingresado y en medio de vías intravenosas, quimioterapia y dolores que le han provocado una ceguera temporal, comenzó su llamamiento personal para conseguir, según sus palabras, llegar al millón de donaciones. Ni un día ha dejado de reseñar en las redes sus avances y retrocesos, aunque a veces el calvario sufrido se reflejase en su rostro pero no en su sonrisa.
Con su brazo levantado marcando músculo en señal de fuerza, su perfil de Facebook e Instagram es el más visitado por miles y miles de seguidores que hemos quedados atrapados en la valentía, la simpática sonrisa y el afán de Pablo en alcanzar su reto del millón de donantes.
Afirma que aunque a él no le llegue la médula esperada hay que seguir luchando por sus colegas enfermos, por todo aquél que se encuentre como él atrapado en plena juventud por un enemigo inesperado y cruel.  No tiene medallas, pero sí el apoyo y el cariño de todo el país.
Mi segundo héroe es malagueño y se llama Christian Jongeneel. La semana pasada se convirtió en el cuarto deportista de la historia y primer europeo en completar dos vueltas a nado a la isla de Manhatan. Empleó 20 horas y las últimas ocho horas estuvo nadando sin luz hasta completar los 98 kilómetros. No llevaba traje de neopreno. Las corrientes, el frío, un tirón en la pierna que –dijotuvo que llevar al final arrastrando´…
No lo hacía esta vez por deporte. Este ingeniero industrial trabaja en la Fundación Vicente Ferrer y la repercusión mediática de su hazaña beneficia los donativos para la Fundación y esta vez lo recaudado va destinado íntegramente al programa nutricional para mujeres de las áreas rurales con sida en la India
El último en esta admirable categoría es el director de la ONG de salvamento Proactiva Open Arms. Las imágenes de ahogados en el Egeo conmovieron de tal forma al barcelonés Oscar Camps, que harto de lamentos decidió hacer algo aprovechando su experiencia como propietario de una empresa de socorrismo. Ahora, a bordo del ASTRAL lleva con sus voluntarios más de 12,5OO rescates en la ruta mortífera de Libia a Lampedusa.
 Oscar tiene una larga lista de anécdotas trágicas que le hace derramar lágrimas al volver a contarlas.: dos hermanos de 10 y 11 años nigerianos que a pesar de estar ya a bordo de una lancha de salvamento no dejaban de llorar ni un momento. Una señora que viajaba en la misma barca le dijo que habían dejado a su madre muerta en la playa de Libia. Al final descubrió que el niño de 11 años era una niña vestida de varón con el pelo rapado para evitar ser violada.
Estos tres héroes, al menos, sentirán dentro de ellos el pequeño consuelo de la ayuda que ofrecen.
Por mi parte, ante estos hechos, no tengo palabras.

Ana  María  Mata    
Historiadora y novelista

16 de septiembre de 2016

LA CIUDAD DE LOS ARTISTAS



Ando pensando en que los años 60 del siglo pasado (escrito así suena antediluviano: “¡siglo pasado!”) fueron quizás los puramente decisivos para nuestra ciudad en lo que a futuro turístico se refiere. Muy especialmente lo pensaba en agosto, cuando el Ayuntamiento decidió celebrar lo que llamaron, creo, "Fiesta del Sol", rememorando precisamente lo que en 1960 se llamó “Semana del Sol”. Me quedé sorprendida cuando por más que buscaba en los medios, nadie, del Consistorio o fuera de él , tuvo el detalle de recordar a quienes fueron en aquél momento los auténticos creadores de dicha “semana”, y en concreto al hombre que las pregonó con una prosa tan bella como pocas veces después hemos oído por aquí.
 Algunos pueden que se acuerden de un hombre alto de figura oronda en la más plena acepción del término, que era nuestro huésped veraniego desde años antes y del que, se decía que era “muy importante”, aunque pocos supieran el motivo, cosa que por esos tiempos era bastante  habitual. Lo conocí personalmente y fue uno de esos afortunados azares que la vida a veces regala: Edgar Neville, conde de Berlanga del Duero, diplomático, pero esencialmente escritor, autor teatral, guionista y director de cine  llegó a Marbella a comienzos de los cincuenta. Le compró a Ricardo Soriano una parcela de la finca El Rodeo, próxima al mar y allí construyó una casa que llamó “Malibú” nombre de una famosa playa californiana que le recordaba su estancia en aquellas tierras, cuando en los años treinta fue contratado como guionista por una gran productora de Hollywood y se codeó con los grandes, como Charles Chaplin, Mary Pickford o Gloria Swanson.
En España alcanzó su mayor éxito con la obra teatral “El baile”, que estrenó con su compañera y musa Conchita Montes.
Se enamoró de Marbella en esos veranos de estancia, y lo plasmó en ese pregón que inauguró la Semana del Sol, acontecimiento que fue de gran relevancia porque Edgar, Mingote, Conchita Montes y Ana de Pombo se propusieron que lo fuera. En esa semana, me contó el propio Edgar, no solo debía haber verbenas y bailes, sino además deportes y actos culturales, con el fin de que Marbella sonara fuera de sus pequeños límites como una ciudad auténticamente pluricultural.
No me resisto a plasmar aunque sean algunos renglones de ese Pregón para que quienes los desconocen o lo olvidaron sepan de su forma y fondo. Decía Neville:
“Cuando llegaba a los bosques de las Chapas, después de la larga estepa, parecía como si ya entrase en un país con el que se sueña. Ya existía ese balsámico encanto que tiene Marbella, que cura al que llega y que es algo tibio, impalpable, de un dulzor amoroso con sabor a siesta…"
“Marbella ha de ser muy rica, pero ¡por favor! poco a poco, sin saltos, sin asustar, sin reducir vuestra clientela a los muy poderosos. Pensad que hay gente que son lumbreras en el país, que son los primeros pintores del mundo, los poetas, los autores y novelistas, los comediantes, los artistas de todas las clases, que llevan emparejados, desgraciadamente, una modestia económica que les impedirá quedarse si ponéis la vida por encima de sus posibilidades…"
“Marbella tiene una misión, ser la reunión de todo lo que es arte en España”….”Queremos una ciudad riente, una obra de arte del buen vivir…"
Un mínimo esbozo entresacado de un largo y admirable pregón que por desgracia, en el sentido principal, no ha resultado profético. No me voy a detener en las causas porque mis posibles e inteligentes lectores ya las deducen.
Edgar junto al citado Mingote, El Greco, Antonio el bailarín, Jean Cocteau y Ana de Pombo, Alberto Closas y Mª de los Ángeles Morales, cantante y esposa del dueño de Hispavox entre otros, quisieron hacer en Marbella lo que ellos llamaron “La Ciudad de los Artistas”, un núcleo o zona que albergase a todos los que tenían relación con un tipo de arte, músicos, escritores, actores…etc y en el que el ambiente fuese propicio para ayudar a los jóvenes. Cocteau estaba dispuesto a donar los paneles que hizo para La Maroma, a los que bautizó como “Suite flamenca”.
Por desgracia el proyecto no llegó a realizarse, aventuro que por la inviabilidad financiera o la falta de interés especulativo  que calcularía algún gerifalte de la época.
Marbella tomó otro camino, no digo que peor, pero más pobre sin duda desde el punto de vista del espíritu. Lo cual no debería ser óbice para que llegado el caso, como el de esta feria de verano, tuviésemos un recuerdo y un gracias para aquellos grandes intelectos que un día nos eligieron para sus sueños y alabaron nuestra belleza.
Ana  María  Mata    
Historiadora y novelista

4 de septiembre de 2016

EL LIBRO Y SU FERIA



Acabamos de clausurar la Feria del Libro en Marbella. Desconozco si exitosa o no, pero creo que al menos justa y necesaria. Pobre libro. Que menos que una feria para consolarlo de su momento actual. Para restañar las heridas que entre todos le estamos produciendo. Para animarlo en las que –dicen- pueden ser sus últimas jornadas.
Los augurios sobre el libro como objeto concreto de papel, materializado en hojas escritas y portada más o menos coloreada, son nefastos y deprimentes. No sé si auténticamente reales o propiciadas por aquellos a quienes les interesa la totalización de lo digital. De una manera o de otra, están ahí y no cesan cada día de informarnos de la agonía de ese montón de mariposas de tinta que, anidadas en un cubículo de cartón, nos han enriquecido la vida a tantos seres humanos.
 Hace casi un siglo y medio, un escritor francés entonces de actualidad, Octave Uzanne, formuló su teoría sobre la muerte de la imprenta, y anunció que “esos objetos anticuados” serían reemplazados por el fonógrafo ( hoy diríamos el audio-libro) que permitiría una lectura más cómoda. Según él, el hombre del futuro solo elegiría aquello “que fomente y halague la pereza”.
Extrapolando la idea de Uzanne, quien sabe si algún editor sin demasiados escrúpulos, pensó que dicha teoría podría resolver su negocio. De esa manera convirtió –convirtieron, pues han ido aumentando- el libro en un objeto de consumo masivo, creyendo que al convertirse en hábito multitudinario les rendirían opíparos beneficios. Y así, comenzaron a publicar gran número de bodrios que echaron para atrás a los verdaderos lectores. Más tarde intentaron extender el negocio al mercado digital. Pero este mercado, para su contrariedad, se les ha revelado como adversario, pues existe ya un montón de gentes que ejercen su “derecho” a la piratería.    
Es posible que la actualización imparable de la vida lleve más o menos tarde a la extinción del libro como lo hemos conocido hasta ahora. Le llamarán progreso y aceptaremos el envite como hacemos cada vez que pinchamos en un modelo nuevo de teléfono móvil o cualquier otro artilugio similar. Pero siempre quedará –o eso espero, cual guardiana retrógrada de mis cosas queridas- quienes sigan pensando en el libro como vigía del tiempo cuyas páginas esconden nuestra biografía, y que bajo su apariencia inerte nos brindan consuelo y compañía en momentos oscuros.
A la uniformidad inane de lo escrito en aparatos digitales, el libro opone, además de la posibilidad de guardarlo para siempre, matices que rondan sensaciones físicas como son el olor diferenciado de cada impresión, el tacto más o menos áspero de sus hojas, el color de las mismas, la portada gráfica sobre la cual artistas del diseño dejan su impronta personal…y un mínimo pero bello detalle : la hoja que la mano del lector mueve a su antojo según lee, y que señala con separador para poder continuar al día siguiente.
Sus fieles, entre  los que no creo que haga falta decir que me encuentro, todavía podemos sentir la emoción de encontrar un título nuevo de nuestro escritor preferido, a la espera del placer asegurado que su lectura pausada intuimos nos producirá. Como también la sorpresa ante el descubrimiento de alguien de quien no conocíamos su estilo y nos maravilla. Descubrir un libro, sea novela o ensayo, que no quisieras terminar pero que no puedes dejar de leer, es placer de dioses. Comunicarlo a los amigos, reflexionar y discutir sobre el autor y su obra, lo más interesante que puede ocurrirle a un buen lector .
Les contaré una anécdota ilustrativa: Me encontraba rastreando un día entre libros, cuando al tomar en mi mano uno de Philippe Roth, alguien desde atrás me espetó: ¿Lo ha leído, le gusta Roth? . Dije que sí y a renglón seguido con una sonrisa de complicidad  inmediata lanzó sobre mí una serie de autores, de los cuales unos pocos yo desconocía. Acabamos tomando un café y siguiendo la cháchara hasta que se nos hizo tarde.  Nunca antes lo había visto y hoy somos excelentes amigos. Gracias a su consejo conocí a Ian Mckwan, a Martin Amis, Alicia Gimenez-Barlett y otros más.
Además de lo anterior, olvidaba decir que el libro, mi agonizante amigo de papel, es un fabuloso generador de relaciones interesantes. Pruébenlo y verán. No les fallará nunca.
                                                                               
Ana  María  Mata
Historiadora y novelista 

20 de agosto de 2016

VERANOS MÁGICOS

Fue una gozada leer a Muñoz Molina hablando del verano de su infancia. Decía que había en él instantes mágicos que se difuminaban a lo largo de una década y luego se recuerdan como uno solo, idealizado a posteriori como algo insuperable y con el que soñamos en la madurez  creyendo que un trozo de felicidad nos fue en él para siempre arrebatada.
Del blog: Días de aplomo (Por Francisco Espada)
Dicen los poetas que en nuestros recuerdos  lo mejor de la niñez ocurre siempre en verano. La libertad de la calle, el mar, el campo o la montaña alcanzan su cenit cuando el sol los ilumina por entero. El amor, los amigos, las fiestas y las ganas de vivir a tope estallan en nuestro interior y nos convierten en antorchas vivientes.  Quien lo
 probó, lo sabe..
En este pueblo donde nos ha tocado vivir hubo también para quien escribe y para aquellos que están cercanos por cronología muchos veranos mágicos. Instantes insuperables como los del escritor ubetense. Veranos legendarios ya, que por serlo, forman parte de la nostalgia que últimamente trato de evitar.
Pero hoy no.  Con descaro respetuoso voy a dejarme llevar por las imágenes que mi retina grabó una vez y en ella quedaron para siempre. Si al autor de “Invierno en Lisboa” siendo como es premio de casi todo, no le importa que le recriminen por nostálgico, ¿por qué va  importarme a mi, ilusa imitadora  del maestro?
Tuve una caracola blanca que una tarde encontré, maravillada, entre las pequeñas conchas de la orilla, que por entonces solía coleccionar. Durante mucho tiempo, mientras la juventud se alargaba para terminar huyendo,  la ponía en mi oído de vez en cuando y era verdad que en ella se escuchaba el ruido del mar. La convertí en amuleto y aunque resulte cursi, la besaba cuando la tristeza me invadía. Juro que funcionaba mejor que los Prozac posteriores, que todos los anti depre del momento.
 Dentro de mi caracola estaba todo: Los chalecos de corcho para flotar, y el neumático salvavidas. Las alpargatas de cáñamo con cintas atadas. El quitasol de mi madre. La fiambrera con tortilla de patatas y jureles fritos dentro. Los sombrajos donde nos vestíamos al salir del agua.  Las lapas que arrancábamos del muelle de piedra. El “bajo” donde aprendimos a chorrar las olas. Los chumbos de Rita. El helado-mantecado que cantaba el Música. La campana del Latero en La Jaula. El silbato y la tarima de Potaje. Las cañas del Casino entre las que mirábamos las niñas las verbenas de disfraces. Los flechas del campamento. El primer bañador sin falditas. La ahogadilla por sorpresa del niño que te gustaba tanto… 
Todo era o así lo creíamos un presente eterno. Una estela de instantes que iban formando parte de nuestra corteza cerebral al ritmo primero de Juanito Valderrama y su pobre emigrante, de Antonio Molina, y los Angelitos negros de Machín. Después de Modugno, Elvis, Dúo Dinámico o Nat –King Cole.
Impagable hoy aquél puchero con hierbabuena con el que nuestras madres nos esperaban al volver con los pies enjuagados de arena en la Pila de los Peces. Los chanquetes crujientes y la ensalada de pimientos asados.
Fantasía parecen las tardes en las que las dunas de la Fontanilla nos servían de toboganes de arena finísima. Cuando las barcazas varadas eran  casitas para las muñecas, dormitorios, cocina,…entre redes y algas. Quizás cuando el ministro Girón se distraía desde su casa en el Vivero, imaginando que la España del Caudillo iba viento en popa. Y Don Rodrigo imaginaba puertos y bendecía a príncipes en la sacristía.
Años de ayer, cuyo esplendor en la hierba se ocultaba en los olores nocturnos de nuestros mayores sentados en las puertas de las casas, en plena calle, cuchicheando sobre los novios de los hijos y también de lo cara que Dionisia había puesto de pronto la mantequilla Flandes. Que el “Pelón” la tenía más barata y Paco Camacho tenía mejor la manteca “colorá”. Que había un veraneante nuevo y era necesario saber pronto como se llamaba y si era importante o no. Y que mañana igual sopla  otra vez Levante…
Veranos de una Marbella que era solo nuestra y se perdió. Era su destino y creo que lo ha cumplido con creces. Para bien de todos.
Quería dejar constancia únicamente de que los niños de esos veranos fuimos felices sin Pokemons, móviles y demás objetos ahora de deseo. Ya ven, servidora, con una simple, pero bellísima caracola blanca.


Ana María Mata
Historiadora y novelista     

2 de agosto de 2016

AL FUEGO VIVO


La cosa está que arde. Y no solo en el sentido estricto del término, las llamas que enmudecen nuestros montes robándonos parte del oxígeno tan necesario y tan escaso. Árboles que sufren también el terrorismo de mentes desquiciadas y obtusas, del descuido, a veces, cuando creemos que hacia la naturaleza solo tenemos derechos y no obligación de mantenerla.
Arde la política nacional y a punto está de arrasar con su fuego a sus protagonistas, hombres que parecen jugar al ajedrez con el país, intentando –o eso quisieran matar a la reina o en caso contrario guardar peones para una nueva partida. Ineficaces servidores del pueblo pero celosos guardianes de sus intereses, olvidando que el excesivo ardor puede acabar en cenizas inútiles.
Arde el mundo en una espiral de violencia tan ilógica como peligrosa cuyo calor puede prender en cualquier lugar y a la que no sabemos como enfrentarnos por su propia irracionalidad. Niza, Munich, Normandía son nombres elegidos aleatoriamente y no excluyen hogueras posteriores donde encender sus locuras, si no religiosas, si fanáticas.
Y con fuego distinto, por fortuna, arde nuestra ciudad a comienzos de un Agosto que se presume excepcional dependiendo de quien sea que lo observe y analice.
Excepcional les parecerá, y así espero que lo sea, para los comerciantes y todo aquél cuya subsistencia o ganancias dependa del número de personas que han decidido pasar aquí sus vacaciones. Excepcional pero en sentido opuesto ha de parecerles a policías, médicos y demás servidores públicos a quienes al calor se les une una multitud con exigencias.
También puede que lo sea para el Ayuntamiento y su corte, que presumirá de lo bueno de su gestión, gracias a la cual la ciudad puede seguir siendo bastión referencial del turismo costero.
“Apocalypse Now”, escribí hace años en fechas similares, parodiando el título de Coppola. Lo mantengo, aumentado y quizás corregido. Marbella en Agosto es un paraíso infernal. Un desmadrado desborde de gente, ruidos, tráfico, calor y falta de infraectructura para todo ello. Desde las playas hasta los atascos, desde las colas en bares y chiringuitos hasta la falta de aparcamiento, me recuerda a veces al cuadro del Bosco “El Jardin de las delicias” pero con sus figuras en movimiento rotativo desaforado.
Intenten, para dar un ejemplo, ir a Puerto Banús un día cualquiera a las doce del mediodía. O llegar por la general hasta Estepona con el tiempo justo. O meterse en la autovía desde una urbanización en Las Chapas. Busquen un aparcamiento en algunas de sus playas “presentables”, Costabella, Los Monteros, Cabo Pino. O más importante y necesario: tengan una urgencia que no sea de muerte y hagan acto de presencia en el Hospital Comarcal…verán como el deseado paraíso se tornará infierno y entenderán lo de “apocalypse”.
No quiero ser agorera en exceso, paro nunca acepté la postura de avestruz consistente en esconder los defectos bajo el ala. Porque amo una ciudad donde los años me hacen recapacitar de un modo más sereno, intento con líneas, no sé si desacertadas, exponer las necesidades que los mandatarios de uno y otro color se arrojan entre ellos para eludir responsabilidades.
A Marbella, que tiene lo esencial para ser la ciudad soñada, le faltan cerebros inteligentes que sepan buscar dinero, si hace falta, hasta debajo de las piedras. Tampoco tanto, solo lo imprescindible para que quienes vengan se marchen sin objeciones y con el fuerte deseo de volver.
 Marbella es un capricho de los dioses en cualquier momento que no sea Julio o Agosto. Entonces la toma de su mano Lucifer y consigue sin esfuerzo que muchos finalicen sus vacaciones maldiciendo el momento en que decidieron escogerla como lugar de vacaciones para la familia. Hay que evitar eso a toda costa.

Ana  María  Mata  
Historiadora y novelista  

18 de julio de 2016

HACER CIUDAD. Diario Sur 18.07.2016

Arturo Reque Mata

He empezado a colaborar con el Diario SUR con artículos de opinión quincenales.
Agadezco a Héctor Barbotta su apuesta y espero devolverle la confianza prestada con muchos lectores.

Como siempre ponemos a vuestra disposición nuestro blog para mantener abierto el debate sobre nuestro municipio.

Si no has podido leer mi nuevo artículo en papel puedes hacerlo en el siguiente enlace:

HACER  CIUDAD
http://www.diariosur.es/opinion/201607/18/hacer-ciudad-20160718012404-v.html


Artículo anterior:

DESDE  LA  CONCHA
http://www.diariosur.es/marbella-estepona/201607/04/desde-concha-20160704001203-v.html

8 de julio de 2016

PAISAJE DESPUES DE LA BATALLA



Lo más parecido a una batalla fue el engendro de las elecciones recientes en la que nuestros ineptos políticos nos obligaron a participar, incapaces en los meses anteriores de buscar una salida al hecho de formar un gobierno aceptable. Aceptable para ellos, quiero decir, debido más que nada a la constatación de que cuatro cabezas son muchas para que cada una fuese la destinada a mandar. Me explico: Todos querían la “corona”, el sillón, la vara de mando, la presidencia, pero los votos no consiguieron lo que cada uno de estos pesadísimos señores querían bajo el paripé de las urnas. Y de nuevo donde estábamos.
 Cada día los ciudadanos, entre los que me encuentro en primera fila, tenemos más claro el exceso de ambición de poder que los dirigentes de los cuatro partidos significados poseen a título personal. El interés por conseguir un gobierno que nos represente como nación digna y trate de solucionar, aunque sea poco a poco, los problemas reales de quienes habitamos esa nación, no es, dese luego la prioridad de sus intenciones. ¿Saben por qué? Porque de serlo, analizarían con rigor las diferencias y posibles similitudes entre ellos de acuerdo con el resultado de las urnas; humillarían un poco la cerviz ante el destinado a ser cabeza, enterrarían sus ambiciones hasta nuevo aviso, y se dejarían de parloteo inútil, de apariciones en los medios para decir una y otra vez los latiguillos que nos aburren, y  dedicarían  tiempo y voluntad a solucionar esta ingobernabilidad que ellos mismos han producido y en la que, cual laberinto nos han metido  y nos hace casi despreciarlos.
 Escogí el título de un libro de Juan Goytisolo no al azar, ni tampoco por la metáfora aparente. “Paisaje después de la batalla” es uno de los libros mejores del autor, aunque su dificultad de lectura rápida esté al nivel de su fantástico estilo literario. Y además, porque una de las frases que el propio autor dedica a su obra me parece definitiva para este momento que vivimos. Dice Goytisolo con una amplia sonrisa al ser preguntado, que reconoce, que el libro es en realidad “una acumulación descabalada de mugre”. Ninguna definición me parecería  mejor si me preguntasen como veo el momento post-electoral, y perdonen mi sinceridad.
También acepta en la misma entrevista que “Paisaje después de la Batalla” sea denominado como el libro de la confusión, si algunos quieren verlo así. Idem de idem, que solía decir un antiguo profesor de magisterio. Totalmente sumergidos en ella estamos los españolitos de a pie que hemos hecho el favor a los políticos de ir a las urnas. Me pregunto para qué, si estamos al día de hoy igual que antes de depositar el papelito en cuestión, lleno de nubarrones y discordias.
Dicen algunos de los citados que esta ha sido la votación del miedo. Puede. Pero un miedo zigzagueante, que iba de unos a otros, como boomerang infantil. El partido ganador consiguió serlo por el miedo que inculcó hacia la llegada de los novísimos, miedo al bolivarismo, a supermercados vacíos, a la segregación catalana. Y sus rivales azuzaron en contra del  PP a través del miedo a los recortes, al sofocante centralismo,
a una corrupción que también es compartida.
Ahora todos quieren mirar hacia otro lado bajo la apariencia de no contaminarse. Lástima que sea demasiado tarde para presumir de limpieza y de estar libre de pecado. Ninguno podría tirar la primera piedra, y parece mentira que no se den cuenta unos y otros que ya va a ser difícil engañarnos para otras elecciones, porque como en el cuento de Caperucita les hemos visto la patita oscura y peluda al lobo que representan.
Si es que hay quien se moleste en oír a la calle, conocerá de primera mano la opinión que de todos ellos tenemos como políticos que dicen querer representarnos.
Ninguno quiere pactar porque piensan que quizás nuevas votaciones les llevaría al trono de una vez. El guaperas del puño y la rosa, el enfadado progresista que ya se veía hasta con chaqueta, y el fino “intermedio” que se ha llevado la sorpresa del bajón, todos sueñan con la cúpula absoluta.
No se puede ganar batallas cuando nadie quiere ir siquiera de teniente o capitán. Todos desean ser general, o si me apuran, “generalísimo”.

Ana  María  Mata     
Historiadora y novelista