26 de mayo de 2016

HAY QUE SALVAR EL PATRIMONIO



Una ciudad puede mirar de frente y a los ojos a quien la habita o al visitante si posee como aval la riqueza de un Patrimonio histórico y cultural. Debe ser su guardiana y cuidar de él como tesoro y herencia que recibirán quienes habrán de venir después. La Historia se escribe en piedra, papel o lienzos que muestran a través de su contenido lo más parecido al sentir y el obrar de cuantos vivieron en un preciso espacio de tiempo y dejaron huella en ello.
En algunas son tan evidentes que a veces necesitamos cerrar un instante los ojos para no deslumbrarnos con su belleza. Córdoba, Granada, Sevilla o Toledo son las mejores embajadoras de nuestro país por todo el planeta, sin que al nombrarlas haga falta añadir palabra alguna.
España es rica patrimonialmente porque su situación geográfica la hizo punto de mira especial para quienes deseaban ampliar sus fronteras y su comercio. El Mediterráneo nos trajo naves fenicias que crearon Malaka y Gadir, ambas depositarias de la costumbre vinícola de sus hombres. Roma nos alcanzó de pleno y tanto en la Citerior como la Ulterior toda la península fue romanizada hasta llegar a ser cuna de emperadores como Trajano, Adriano y Teodosio.
 De manera sucesiva la Historia nos presenta un feliz caleidoscopio de restos y costumbres que constituyen el mejor ajuar que una novia feliz desea mostrar a su amado. 
Lo negativo es que tal ajuar no ha sido conservado como debiera y en algunos casos, como el de Marbella, ni es bien conocido ni se le ha prestado el cuidado y la atención que merece. La inmediatez de nuestro presente, la rapidez del cambio sufrido en los últimos tiempos puede ser causa, pero no la única, de que nos hayamos convertido en una ciudad donde solo parece importar el “aquí y ahora”. La juventud actual nos podría decir que le debe a lo digital el saber algo de ese patrimonio que no hemos sabido mostrar ni conservar bien.
 La Villa Romana de Río Verde, posible hábitat de señores cuya dedicación a la actividad de salazón de pescados les concedería el status de adinerados, posee una colección de mosaicos con motivos geométricos y culinarios que causa la admiración de cuantos estudiosos la visitan. La triste, tristísima actuación de malhechores que causaron el destrozo del rostro de la Gorgona central pesa sobre nuestra responsabilidad de ciudadanos, y la de los mandatarios especialmente, al no haber dotado al lugar de los medios necesarios para su protección. Su antigüedad está fechada en el siglo II antes de Cristo, y su valor es absolutamente incalculable.
Mejor suerte parece correr, hasta el momento la basílica Paleo-Cristiana y visigoda de San Pedro. Confiemos en que su protección sea la adecuada.
Los árabes construyeron una amplia fortaleza, cuyas piedras son visibles desde el mismo centro de la ciudad, de la que se conserva restos de una torre, y en cuyos restos amurallados se construyó en los años cincuenta un grupo de viviendas y el colegio de monjas salesianas. Como verán  magnífica actuación del arquitecto y técnicos, y de quienes dieron los permisos oportunos. Ignorar la historia ha sido una constante demoledora y maligna.
Avanzando en el tiempo, tras la Reconquista, la ciudad cae en manos cristianas y aparecen capillas, fuentes y la iglesia mayor, restos hasta ahora en pié aunque no sabemos cuantas trifurcas generaron su conservación en los feroces años del cemento.
En el siglo XVII se construye el Trapiche del Prado, fábrica azucarera que habría de ser el primer paso industrial de la ciudad y que, tras diversos avatares, sería fábrica después de licor y llegaría al siglo XX bajo la propiedad de Mateo Álvarez. En su testamento la donó al pueblo para que en sus terrenos se construyese una residencia para ancianos. Los años desde la muerte de Mateo Álvarez han ido pasando y el Trapiche es hoy una hermosa ruina que amenaza con caerse del todo si de verdad la Junta y el Ayuntamiento no ponen manos a la obra de restauración como solicita la plataforma recientemente constituida para su defensa.
El Trapiche es un resto valioso del inicio industrial marbellí y su pérdida significaría una vergüenza para todos los que pensamos que nuestra ciudad es  algo más que un lugar donde enriquecerse, tal y como en los pasados tiempos de la “burbuja” la concibieron muchos.
No olvido la torre de El Cable, igualmente símbolo de nuestro pasado minero, construida en 1957, cuando aún los tambores del turismo sonaban suaves y algo lejanos. Servía entre otros elementos para conducir el mineral del Peñoncillo hasta los barcos que los transportaban. No debemos dejar que el mar y los meteoros la destruyan. También hay grupos de apoyo para ella. Como los debe haber para condenar las pintadas de algún descerebrado sobre una de las Torres Almenaras en los últimos días. La estupidez se convierte en delito.
Dije una vez y me reafirmo en ello, que no surgimos por generación espontánea ni nos inventó ningún arribista de pacotilla, a lo más nos descubrieron cuando ya la historia se había encargado de dejarnos un legado que es deber nuestro y de quienes nos gobiernan, proteger al máximo.
Ana  María  Mata
Historiadora y novelista

14 de mayo de 2016

LA ACTUAL MOVIDA POLÍTICA

Recordarán la década de los ochenta en la que el llamado “viejo profesor”, Enrique Tierno Galván, potenció el vocablo “movida” y lo hizo suyo en Madrid hasta extremos que quizás chocaran un poco con la personalidad e imagen que de Tierno teníamos hasta ese momento. En especial cuando desde el balcón municipal lanzó la célebre frase “Colocaos todos los que no lo estéis…¡y al loro! “, frase que le acompañó hasta la tumba no sé si como epílogo triunfal o como rémora.
 Podía parecer que muchos de aquellos jóvenes a los que el alcalde aconsejó “colocarse” sienten aún la nostalgia de ese  tiempo agitado, perturbador y un tanto arbitrario que llamaron movida. Como algunos, imagino que formarán parte de los actuales partidos de nueva creación, incluso puede que parte destacada, no hay duda que intentan repetir o copiar algunas de las formas o características cuyos vapores aún tienen interiorizados.
Digo esto empujada por las noticias en todos los medios de cómo está comenzando esta desgraciada repetición de las elecciones, únicas hasta ahora  en la historia del país, y tan reñidas o más que las que no han servido para nada.
Al parecer, para los partidos en cuestión, España solo tiene al día de hoy un problema importante: los pactos que deberán hacer una vez pase el 26 de junio próximo. Y a continuación la difícil repartición de escaños, sillones o varas de mando, (para el caso es igual), si se consigue formar gobierno. No hay un solo partido que se interese, hable o propugne alguna cosa sobre los muchos, muchísimos problemas reales de los ciudadanos. Ninguno hasta el momento ha señalado ni por asomo alguna iniciativa para solucionar las cosas que de verdad nos importan y necesitamos la gente de la calle. Una gente que son los que, sin  ganas y a la fuerza, vamos a ir a votar, más que nada, por cumplir con un deber que consideramos imprescindible. 

Y habremos de hacerlo, ya verán, sin conocer nada más que las líneas muy generales de estos partidos que hoy derriten sus sesos no en preparar soluciones a nuestros problemas sino en pensar cual será el contrario que más votos le proporcione en un supuesto pacto para llegar al poder.
Serían capaces de aliarse con el diablo si se presentase, afirmando que también Lucifer es válido para una España progresista y diferente. Lo de diferente lo repiten como un eco que suena al final de cada una de sus actuaciones.
 Siguen pensando que los españoles tenemos un grado de imbecilidad a tono con su afán de mando. Que no nos hemos dado cuanta todavía (¿?) de sus verdaderas intenciones y pueden seguir engañándonos con diferentes artimañas. Las sonrisas estereotipadas, por ejemplo, mostrando dentaduras completas cada vez que consiguen un aliado, caso de los líderes de IU y de PODEMOS. Abrazos que casi rompen espaldas, mostrando su mutuo cariño y lo bien que lo van a pasar si alcanzan lo que hasta ahora les ha sido negado.
Me gustaría saber cual sería en realidad esa nación tan diferente en que nos convertirían si obtuviesen el deseado poder, si en una repetición de Grecia, una Cuba trasnochada o una Venezuela tan “beneficiosa” para sus ciudadanos. ¿O acaso tienen bajo la manga un as sacado de algún principio de Lenin que nos conduzca al camino de la felicidad?...
Quisiéramos que, aún a riesgo de nuevos engaños, mostrasen algo de lo que piensan realizar y esté todavía virgen de acción por parte de los anteriores gobiernos. Algo útil, básico, y que nos aproveche a la mayoría.
Tal vez en su euforia de pactos olviden que Europa no está por aguantar demasiadas cabriolas extrañas en sus países socios, y sí por que cumplamos los plazos referidos al déficit. Que las aventuras seudo-románticas, si es que lo son, consecuencias muchas de antiguos efluvios y elixires de la “movida” de Tierno, casan mal con la realidad prosaica del día a día de cada cual, y que un país es mucho más que un conjunto de frases oportunistas o gestos estudiados que puedan generar votos de ignorantes.


Ana María Mata   
Historiadora y novelista

1 de mayo de 2016

LA AVENTURA DE LEER

El hombre es un ser limitado. Solo su cerebro, ese órgano casi desconocido a fuer de complejo, puede conducirle hasta caminos lejanos y transitar por ellos sin que el resto de su corporeidad quede resentida. También es finito, y sus acciones, sueños y deseos están sometidos al imperio del tiempo, cruel e implacable para quienes pretendan vivir intensamente y sin cortapisas.
Desde el principio de su existencia este hombre ha necesitado comunicarse y dejar constancia de sus avatares, utilizando para ello desde las tablillas de arcilla que aparecieron en Mesopotamia sobre el siglo IV antes de Cristo, con las que Sumerios y Arcadios dieron comienzo a la escritura, pasando por los papiros egipcios, delicados pergaminos repletos de jeroglíficos que continuaron existiendo larga vida hasta que los árboles nos ofrecieron el papel y Gutemberg la imprenta.
 La letra impresa corresponde a idéntico deseo de inmortalidad que las religiones nos ofrecen cuando hablan de la otra vida. La imperiosa necesidad de no morir del todo ha impelido a  mojar plumas de ave con tintes extraños en la antigüedad y a dejar huella de uno mismo en hojas impresas de tinta.
Siempre necesitamos más, que ya dijo Heidegger que “el hombre es un ser de lejanías”. La literatura responde al principio Heidergeano y quizá  en ella podamos encontrar ese más allá que nuestra propia vida no puede ofrecernos. Los libros siempre han servido para mucho más que la simple y ancestral distracción y divertimento de que nos cuenten una buena historia.
Leer sirve desde la infancia como una herramienta para fortalecer el pensamiento abstracto, estimular la imaginación y comprender la percepción del paso del tiempo, para que se cuestionen o potencien nuestras ideas y creencias y sobretodo para evadirnos de la prisión de nuestros días en busca de paisajes y experiencias que difícilmente podríamos explorar desde nuestras casas o nuestras oficinas.
La literatura es como un catálogo de posibles existencias que nos pueden ayudar a formar o conformar la nuestra.
Una frase atribuida a Borges resulta explicativa al máximo: “Un lector vive cientos de vidas antes de morir. El hombre que no lee vive solo una”. Inmejorable definición de la aventura de leer a la que algunos afortunados somos incapaces de resistirnos. Cada vez que el lector toma en sus manos el libro casi siempre soñado (aunque a veces denostado más tarde) siente que dentro de él se abren unas puertas inmensas en las que cabe todo, y que puede llegar a sentir con sus personajes sentimientos paralelos de turbación o alegría, de miedo o belleza.
El no leer, en cambio, no tiene ninguna ventaja y sí muchos efectos residuales. Como el actual y muy en boga de jóvenes emitiendo caracteres, palabras abreviadas, emoticonos o selfies acerca de asuntos por lo general de poca o ninguna trascendencia. Mirar una pantalla no es lo mismo que ver y, mucho menos  que leer. Aunque tal vez muchos podrán decir, con razón, que el contenido siempre será más valioso que el continente, y si en una pantalla aparece, por ejemplo “Cien Años de Soledad”, “Madame Bovary” o “Un mundo feliz”, esa pantalla puede transformarse, para los amantes del papel, en un feliz sucedáneo de nuestro artilugio preferido. 
La discusión no resuelta de papel o lectura digital entra en otro ámbito, donde cuenta más lo personal que la esencia de lo que se lee. Es cierto que nada puede reemplazar el olor y el tacto de unas hojas que caminan contigo sobre la historia que cuentan, reposan sobre una cubierta anticipadora y te ha acompañado durante toda una vida como amuleto y objeto sagrado.
Es verdad que los tiempos son distintos y deberíamos acoplarnos a esas diferencias, porque el inmovilismo acaba consumiéndonos. Pero lo es igualmente que más de una vez podemos pensar ante tantas variantes, que estamos en la era de la distracción sin más, donde impera aquel “demasiado de nada” que recuerdo oírle a Bob Dylan en el que se lamentaba del fin de la lectura.
Sin embargo no olvido la máxima escrita por Borges en la que dice que “el verbo leer como el verbo amar y soñar, no soportan el modo imperativo”, y ateniéndome a ella, afirmo que jamás debe ser la lectura una obligación o un deber, ni siquiera para los niños. Siempre una satisfacción, una necesidad, y por descontado, la más fiel aventura.

Ana María Mata
Historiadora y novelista

18 de abril de 2016

DE ARQUETIPO A PRESO HONORIS CAUSA

Somos el pueblo más variado de Europa y parte del extranjero. A la hora de epatar no hay quien nos gane, díganme si no que país puede presumir de tener en chirona  o a punto de, a un alcalde, un ministro, una noble, un director de cine y un financiero reincidente, que para más I.N.R.I tiene en su haber una titulación Honoris Causa por la Universidad Complutense.
Casi nada para los medios en este mes de abril, del que ya dijo Elliot, el poeta, que era el mes más cruel, en su célebre Tierra Baldía. Parece que tenía razón, a tenor de lo que hasta ahora sabemos del tema de siempre. Casi me produce hastío escribir la palabra “corrupción”, pues a fuerza de oírla y leerla, nos resulta ya tan familiar como papá o mamá al chavalín.
 Me interesa el doctorado ilustre por su constancia. Al parecer en todo. En los estudios, el trabajo, los números, el robo…y la cárcel. Se puede decir cualquier cosa de él pero no lo de veleta o falto de voluntad. Insiste, insiste, y acaba consiguiéndolo. Así logró ser el número uno de su carrera, la dirección de Banesto, la fama de dandy de la economía, la de orador de tertulias, la de escritor, la de modelo para jóvenes decididos, y el homenaje de la Universidad. No sé si ustedes lo han olvidado pero aquella foto de don Mario Conde con el birrete universitario del más alto nivel dio la vuelta a Europa y fue mostrada en colegio como modelo a seguir. Los infantes aplicados querían ser como él de mayor. Triunfador en la mas deseada de las categorías: el dinero. Entre todos lo convirtieron en arquetipo, y doy por supuesto que él se lo creyó. Hasta el punto de ser el conferenciante más solicitado al salir de la cárcel y el mejor pagado.  Lo siguiente fue presentarse a candidato a la presidencia del gobierno español.
Ha vuelto de donde no debió salir, o sea del trullo, donde  deberían estar  todos los que roben y no devuelvan lo robado. La libertad hubiera debido valer el número exacto de euros que tenía en Suiza, y los demás paraísos, Panamá, –tan de moda–, incluido.
En el entreacto le ha dado tiempo a mucho: enviudar, casarse, divorciarse, fundar una serie de tapaderas con el trapicheo de cosmética basada en alóe-vera, sociedades múltiples, además de recorrer el país  contando a quienes querían oírle el gran error que fue su detención.
La avaricia rompió una vez más el saco, y en lugar de ilustre doctorado, hoy es uno de los muchos proscritos que por otro lado, tenemos en este país de cloacas.
La pregunta que está en boca de todos es la de por qué la gente que todo lo tiene desea tener más. Si algún sociólogo o analista descubriera la respuesta, aplaudiríamos, aunque fuese solo por la curiosidad acumulada en tantos casos que últimamente nos rodea. 
Todos los que por motivos similares andan imputados o en la cárcel tenían más dinero del que podían gastar. Conde, Urdangarín, Soria, Blesa, Bárcenas, Roca…etc, deberían haber pensado en algún momento, aunque solo fuese un minuto, que podían cogerles y acabar detenidos. ¡Qué terrible debe ser la codicia absoluta capaz de trastornar la mente hasta el extremo de hacerle creer al que la posee que él va a librarse!   Porque todos caen en el mismo dislate: “Yo lo haré mejor, lo tengo estudiado” o “soy tan inteligente que podré zafarme, a mi no me cogerán”.
Ser Honoris Causa al parecer no evita esos envite de soberbia. Tal vez al contrario. Cuando uno se siente superior a la ley, suele caer en la tentación de incumplirla. Y hasta ser capaz –no me extrañaría– de seguir diciendo que se han vuelto a equivocar al apresarle.
Sueños de la razón enferma que crea monstruos. Una sociedad la actual que propicia fenómenos como el señor Conde por el afán de mercantilizarlo todo. Regida y dominada por el dinero y el poder ambos fundidos en tétrica amalgama.
Esperemos que sea cual sea el tiempo que dure su encierro, no se moleste ninguna Universidad en colocarle un nuevo birrete.


Ana María Mata
Historiadora y novelista

8 de abril de 2016

M. VARGAS LLOSA Y SUS CINCO ESQUINAS


Que ochenta años no son nada lo dice no solo la antigua canción sobre los veinte, sino el rostro y la figura del hombre a quien hoy quiero felicitar por ello y a quien dedico las líneas de mi artículo.
Con todos los premios literarios existentes en su haber (ninguno de ellos concedido en falso) y un curriculum de publicaciones aplastantes, Vargas Llosa podía decir adiós a la novela y dedicarse a esa nueva vida que sin tener que explicar, todos sabemos de qué se trata y con quién comparte. Solo con los Doctorados Honoris Causa, homenajes, conferencias y algún que otro artículo en periódicos relevantes bastaría para llenar sus horas libres, si es que los periodistas acodados en el portal de su nueva casa se lo permitían.
 Pero el autor de “La Casa Verde”o “La Ciudad y los Perros”, por nombrar sus  dos primeras novelas, el peruano mitad cochabambino que aterrizó un día en Barcelona y cayó en los amplios brazos de la gran agente Carmen Barcell, no quiere o no puede vivir sin escribir, como el mismo contó en su fiesta de aniversario y unos días antes en la presentación de su último libro, la novela “Cinco Esquinas”.
Repitiendo una y otra ves su “mantra” al confirmar que el día más feliz e importante de su vida fue el día en que aprendió a leer, Don Mario, con la elegancia de un dandy del novecento y la templanza que caracteriza su voz, afirmó que ha escrito esta novela porque nunca va a perdonar a su antiguo rival Fujimori y a quienes les hacían de consejeros el daño que su actitud prolongada produjo al Perú y a los peruanos.
Buen conocedor de esa época política en la que tomó parte activa, Vargas Llosa utiliza  la escritura quizás como catarsis personal de aquel momento en el que una determinada prensa que califica de “amarilla” era manipulada por el poder para intimidar a los críticos y de esa forma silenciar lo que de puertas adentro el gobierno de Fujimori iba tramando.
También en la novela la prensa rosa  recibe lo suyo, quien sabe si no solo por lo de entonces sino por el momento  -curiosos vericuetos personales que el azar reúne- actual que sufre y, según propia afirmación, soporta con resignación por ser el precio que debe pagar ante una felicidad inesperada.
 Como no es cosa de seguir por ese camino y pisarle los pasos al ¡Hola! escribiré como lectora apasionada de este hombre imparable que un día, además escogió Marbella para sus vacaciones y a quien hicimos, si no recuerdo mal, Hijo Adoptivo con todos los honores.  Su elegancia de aquél día en el que por suerte estuve presente, quedó impresa en sus palabras de agradecimiento, como siempre lo han estado en las líneas de sus libros, por difíciles o extraños que algunos, los de su comienzo, pudieran parecernos.
Confieso que de los tres primeros de él, La Ciudad y los Perros, Conversaciones en la Catedral y La Casa Verde, solo pude acabar este último, quizás por la sencilla razón de que al haber estado como el protagonista en un internado, comprendía ciertas cosas, que solo entienden quienes la han vivido directamente.
La oscuridad latente en esos libros –que por otra parte fueron muy aclamados por los críticos- tiene una cierta connotación con los avatares del autor en su infancia y adolescencia. Avatares que según propia confesión le llevó a días amargos por la pérdida de un padre que desapareció de golpe sin que nadie le explicara su ausencia. Le llevó también –contó en cierta ocasión- a errores afectivos en la primera etapa de juventud, confundiendo sentimientos familiares con los amorosos.
Paulatinamente fue cambiando de registro hasta llegar a Los Jefes, Elogio de la Madrastra, El Paraíso en la otra Esquina, La Fiesta del Chivo y un etcétera de prodigios literarios en estilo y fondo.
Cualquiera de ellos vale para reconocer en él el genio creador de un hombre que se hizo Nobel, como afirmó sonriendo una vez, en España, y que a sus ochenta años, además de escribir una nueva gran novela, se atreve a vivir con apasionamiento una historia que a otro con menos estilo y valor, le dejaría amedrentado.
Felicidades maestro.

Ana María Mata  
Historiadora y novelista

31 de marzo de 2016

ESPLENDIDO ANTICIPO



Los profesionales del Turismo suelen decir que la Semana Santa es el anticipo o prólogo del verano. Esperemos que estén en lo cierto porque de estarlo, habría que contar con ambiente festivo en nuestra industria principal y única. Tendríamos un verano como los anteriores a la crisis, repleto de visitantes que a su vez supone lleno en la hostelería, restaurantes y comercios.
 Hay que ser sincero y reconocer que Marbella está preciosa cuando está completa de aforo, cuando gente desconocida recorre sus rincones, por lo general alabándolos, y se muestran felices de estar en nuestro pueblo, que para muchos es la Itaca que llevaban años esperando conocer.
Con la Primavera instalada, las flores hablando con su único y especial lenguaje, ese que hace al recién llegado inspirar con fuerza para que llene sus pulmones, el cielo azul brillante, el mar entregando su espuma y el sol reinando sobre todo, nuestras callejuelas no son reales aunque lo sean. Están pintadas por Monet, Cezanne o cualquier impresionista que nos conociera de una vida anterior. Ancha, Chorrón, Carmen o Lobatas. V. de los Dolores, Salinas, Peral, Alderete, Pasaje…todas rinden homenaje a una montaña altiva y magnánima a la vez, guarda del misterio de nuestro clima, defensa de vientos y tormentas, conocedora de nuestros secretos desde que al nacer ponemos por vez primera los ojos en ella.
Estos días santos hice una prueba que siempre dio vueltas en mi cerebro. ¿Cómo sería Marbella vista por vez primera, con ojos vírgenes de recién llegado? ¿Cuál sería nuestra impresión si abandonábamos el lastre y el gozo de los años vividos en ella?...
No es fácil pero lo intenté, y estoy contenta del resultado, de la pequeña experiencia.
Me encontré un pueblo que no ha perdido del todo el carácter de tal, aunque lo disimule con muchos añadidos. Calles empinadas que acaban en plazuelas aún de piedra con ermita incluida. Casas solariegas y andaluzas que son utilizadas para menesteres distintos de los que fueron creadas, pero con sabor a burguesía temprana, a siglo XIX, a realengos o mayorazgos; circundadas por callejones moriscos, estrechos y serpenteantes. Una Iglesia del XVII, cuyo campanario alberga ojos vigilantes de cuanto a su alrededor acontece. Restos de un castillo árabe, quien sabe si con base romana. Una planicie arbolada con estanque blanco que llaman Alameda. Detrás de ella el mar, al alcance de la mano. Playas largas que debieron ser anchas antes del terremoto turístico.
Gente blanca, negra, aceitunada o con ojos rajados. Babel idiomático. Apariencia de alto nivel de consumo. Sencillez y un pelín de altanería. Bloques como en todos los lugares de hoy. Aroma a salitre y flores variadas. Noches de envidiables estrellas.
En ello estaba cuando un tambor resonó en mis oídos. Había olvidado que era semana de procesiones. Me dejé llevar y esperé. Con resignación porque me gusta la fé por dentro y casi a escondidas. El dolor exhibido siempre me pareció tétrico. Adornarlo con joyas y trompetas, patético.
A lo lejos una imagen de Jesús soportando el peso de la cruz sobre los hombros se dejó entrever.  Bella imagen del Nazareno al que acompañaban sus penitentes. Capirote morado, quien sabe cual será el origen de ese extraño sombrero. Expectación de todo tipo de gente. Emoción y extrañeza. Extranjeros fotografiando el espectáculo que muy raramente podrán comprender. Una voz espontánea. Grito de la saeta a su Señor.
Tras él la madre bajo palio. Aparente desequilibrio entre la soledad del hijo y el brillo cegador del trono y los aderezos de la madre. Lágrimas en sus ojos, bajo la alta corona, el collar y las perlas.
Bajan por una calle empinada y estrecha. La noche es espléndida. Los padres alzan a sus hijos en brazos, le indican el nombre de Jesús y el de su Madre. Una música no muy triste suena, serena, reconfortante.
El pueblo es un griterío de voces llegadas de los más diversos lugares de la tierra. Los nuevos disfrutan del jaleo procesional como antes del sol y la playa. Parecen felices.
A mí, como visitante falsa, me ha parecido una ciudad que merece la pena. Ha hecho que hasta la procesión me gustase. Volvería, estoy segura.
Y la próxima vez puede que fuera para quedarme.

Ana María  Mata 
Historiadora y novelista